Caminos sin fronteras

Subimos a las bicis y dejamos las cataratas atrás. Avanzamos por el norte de Misiones y su mixtura de acentos e historias. Y conocemos la hospitalidad de las personas, lejos de cualquier bandera.

Redacción

Por Redacción

Suple Voy

Son las nueve de la mañana y todavía seguimos en Iguazú. Nuestro plan de salir con “la fresca” de las 6 a. m. no pudo ser porque siempre, por algún motivo, nos demoramos. El problema no es ese sino otro: si a esta hora el sol arde no queremos imaginar lo que va a ser a las tres de la tarde. Sentimos nuestras piernas como dos plomos: hace once días que no pedaleamos. Recordamos lo que dijimos ya unas cuantas veces: “Si nos quedamos más de dos días en un mismo lugar hay que salir a pedalear para no perder el entrenamiento”. ¿Entrenamiento? ¡No nos engañemos más! Ninguno de los dos resiste un archivo. Dejamos la ciudad y partimos hacia al sudeste misionero. 17 km después llegamos a un puesto de Gendarmería y la única ruta para continuar nuestro viaje es la 101 que cruza el Parque Nacional Iguazú.

Jimena Sánchez

Escuchamos las voces de dos hombres cuando la puerta de madera se abre. El gendarme nos advierte la presencia de tigres salvajes y nos recomienda no acampar en la selva. No está en nuestra lista de aventuras por vivir este tipo de experiencias extremas, así que le respondemos que la idea es llegar al próximo paraje marcado en el mapa. Empezamos a pedalear por un camino de tosca y tierra colorada. “Hay tigres”, me repito una, tres, cinco veces. Andrés nota que pedaleo más rápido de lo normal y sin vergüenza le confieso que quiero salir lo más pronto de acá. Escuchar la caída de las cataratas a nuestras espaldas me relaja y a pesar del aviso un poco exagerado del gendarme, disfrutamos del silencio del camino sin tigres a la vista. 40 km después salimos del Parque Nacional y no es necesario ningún cartel de despedida porque el desmonte marca la diferencia entre un terreno protegido y otro explotado.

¡Queremos sombra! Estamos empapados por la transpiración. El sol nos hace arder la nuca y estimamos que los grados rondarán en unos 30. Son las dos de la tarde y es una locura seguir pedaleando con este fuego húmedo. Ya hicimos 60 km y es todo un logro. Frenamos a una moto y un señor de pelo blanco y ojos claros nos cuenta que el único almacén abierto está a 2 km… en subida. Después del esfuerzo llega el edén: una casa de maderas gastadas, tres árboles enanos con varias ramas y la sagrada sombra. También hay gallinas, perros, una cancha de bochas y un pool. Nos acercamos a la ventana del almacén y nos saluda una mujer rubia de ojos claros. Le preguntamos si podemos usar su sombra y nos llevamos una gaseosa de limón. También nos da hielo del tamaño de dos ladrillos pensando que el refresco del día sería un tereré (o la clásica bebida del noreste argentino a base de yerba mate, jugo y muchísimo hielo), pero la idea es tomar lo que sea y pronto.

Son las nueve de la mañana y todavía seguimos en Iguazú. Nuestro plan de salir con “la fresca” de las 6 a. m. no pudo ser porque siempre, por algún motivo, nos demoramos. El problema no es ese sino otro: si a esta hora el sol arde no queremos imaginar lo que va a ser a las tres de la tarde. Sentimos nuestras piernas como dos plomos: hace once días que no pedaleamos. Recordamos lo que dijimos ya unas cuantas veces: “Si nos quedamos más de dos días en un mismo lugar hay que salir a pedalear para no perder el entrenamiento”. ¿Entrenamiento? ¡No nos engañemos más! Ninguno de los dos resiste un archivo. Dejamos la ciudad y partimos hacia al sudeste misionero. 17 km después llegamos a un puesto de Gendarmería y la única ruta para continuar nuestro viaje es la 101 que cruza el Parque Nacional Iguazú. Escuchamos las voces de dos hombres cuando la puerta de madera se abre. El gendarme nos advierte la presencia de tigres salvajes y nos recomienda no acampar en la selva. No está en nuestra lista de aventuras por vivir este tipo de experiencias extremas, así que le respondemos que la idea es llegar al próximo paraje marcado en el mapa. Empezamos a pedalear por un camino de tosca y tierra colorada. “Hay tigres”, me repito una, tres, cinco veces. Andrés nota que pedaleo más rápido de lo normal y sin vergüenza le confieso que quiero salir lo más pronto de acá. Escuchar la caída de las cataratas a nuestras espaldas me relaja y a pesar del aviso un poco exagerado del gendarme, disfrutamos del silencio del camino sin tigres a la vista. 40 km después salimos del Parque Nacional y no es necesario ningún cartel de despedida porque el desmonte marca la diferencia entre un terreno protegido y otro explotado. ¡Queremos sombra! Estamos empapados por la transpiración. El sol nos hace arder la nuca y estimamos que los grados rondarán en unos 30. Son las dos de la tarde y es una locura seguir pedaleando con este fuego húmedo. Ya hicimos 60 km y es todo un logro. Frenamos a una moto y un señor de pelo blanco y ojos claros nos cuenta que el único almacén abierto está a 2 km… en subida. Después del esfuerzo llega el edén: una casa de maderas gastadas, tres árboles enanos con varias ramas y la sagrada sombra. También hay gallinas, perros, una cancha de bochas y un pool. Nos acercamos a la ventana del almacén y nos saluda una mujer rubia de ojos claros. Le preguntamos si podemos usar su sombra y nos llevamos una gaseosa de limón. También nos da hielo del tamaño de dos ladrillos pensando que el refresco del día sería un tereré (o la clásica bebida del noreste argentino a base de yerba mate, jugo y muchísimo hielo), pero la idea es tomar lo que sea y pronto. Mientras tanto vemos que ellos juegan. Son cuatro hombres de diferentes edades que no se dieron cuenta de que los estábamos observando. Leemos el puntaje anotado en un papel: van seis a dos en un pool eterno que empezó a las 11:30 de la mañana en esta casa-bar-almacén del pueblo Cabure-í. Las reglas son diferentes a las nuestras como lo es su lengua: si fuese por ellos conversarían en portugués todo el día, todos los días. Hablan en español sólo con nosotros y es que nosotros les recordamos que están en Argentina y no en Brasil. Sus rasgos son como sus orígenes: al ser descendientes de europeos son flacos, altos, rubios y de ojos verdes y celestes. Dormimos una siesta bajo la sombra pero nos es inevitable escuchar sus discusiones sobre puntos a favor y en contra al ritmo de un portuñol con sabor a apuesta: la pareja perdedora debe pagar la suma de todo lo tomado, comido y jugado. A las cinco de la tarde empieza la ronda de cervezas. Y a las siete, suman seis. Y a las doce, dieciocho. La cuenta cierra en 520 pesos argentinos. Fin del juego. PORTUÑOL Al otro día llegamos a San Antonio a las seis de la tarde. Paramos en frente de un bar-comedor llamado Cinco Hermanos y un argentino y un brasileño nos hacen señas para que nos sentemos en su mesa a compartir unas cervezas. El brasileño no habla ni una décima de español pero viste con orgullo una camiseta de Argentina. El argentino tiene la misma cara y voz que la Hiena Barrios. Los dos conversan con euforia y no dejan de repetir que son hermanos a pesar de las diferencias. Adentro del bar hay un pool como en todos los bares limítrofes: es la excusa, el punto de encuentro para conversar sobre desencuentros amorosos y oportunidades que Dios le dio a unos y no a otros. Se acerca Jorge, el dueño del bar, y entre cerveza y cerveza nos convida un mate grande como un florero. Él, con 23 años, dejó de trabajar en un aserradero y abrió su propio comedor hace menos de tres semanas porque no soportaba ni la explotación ni la falta de empatía de sus jefes. Después de charlar le preguntamos si no hay inconvenientes de dormir en el terreno que hay detrás del comedor y nos contesta con una sonrisa: “Claro que sí, ¡esto no pasa todos los días!”. Brindis espontáneos En este punto del mapa la Ruta 14 sube y baja las serranías misioneras con tramos de asfalto, ripio y tosca. El sol arde más que ayer así que coincidimos que tomar una cerveza helada cuando lleguemos a Cruce Caballero sería un excelente premio al esfuerzo. Subimos una lomada y el pueblo de pocas manzanas nos remite a los pueblos-domingo: casi que no hay autos ni personas ni ruidos pero sí un almacén abierto. Pedimos una cerveza, nos sentamos. Dos hombres, uno de piel negra vestido como gaucho y otro de tez blanca como cowboy se bajan de una moto amarilla, la estacionan y nos dan un apretón de manos. Se sientan en la misma (y única) mesa que nosotros y percibimos que el calor del ambiente tiene sed de charla. Se piden una cerveza, nos convidan. Conversamos sobre viajes y rutas brasileñas, hablamos del mar, del Matto Grosso, de su vida como camioneros, de un futuro reencuentro. Tomamos tres cervezas en 40 minutos. El que habla en portugués grita y al otro que charla en español hay que leerle los labios porque no se le entiende ni una sola palabra. Nos piden permiso para subirse a nuestras bicicletas y dan una vuelta. Se ríen y despiden diciendo: “Somos Jorge Fernández y Bernardo Rodríguez. Gracias por su atención, acá nadie presta atención”. Una vez solos, pensamos en las fronteras. Y llegamos a la conclusión de que no son más que líneas en un mapa político o territorios en tránsito delimitados por puestos de aduanas. En Misiones esos límites se desdibujan porque Misiones es Argentina pero también Paraguay pero también Brasil. Las fronteras fueron impuestas y los hombres las cruzan como veredas. Ellos son sólo historias: no hay banderas ni pasaportes ni diferencias.

PORTUÑOL Al otro día llegamos a San Antonio a las seis de la tarde. Paramos en frente de un bar-comedor llamado Cinco Hermanos y un argentino y un brasileño nos hacen señas para que nos sentemos en su mesa a compartir unas cervezas. El brasileño no habla ni una décima de español pero viste con orgullo una camiseta de Argentina. El argentino tiene la misma cara y voz que la Hiena Barrios. Los dos conversan con euforia y no dejan de repetir que son hermanos a pesar de las diferencias. Adentro del bar hay un pool como en todos los bares limítrofes: es la excusa, el punto de encuentro para conversar sobre desencuentros amorosos y oportunidades que Dios le dio a unos y no a otros. Se acerca Jorge, el dueño del bar, y entre cerveza y cerveza nos convida un mate grande como un florero. Él, con 23 años, dejó de trabajar en un aserradero y abrió su propio comedor hace menos de tres semanas porque no soportaba ni la explotación ni la falta de empatía de sus jefes. Después de charlar le preguntamos si no hay inconvenientes de dormir en el terreno que hay detrás del comedor y nos contesta con una sonrisa: “Claro que sí, ¡esto no pasa todos los días!”.

Brindis espontáneos En este punto del mapa la Ruta 14 sube y baja las serranías misioneras con tramos de asfalto, ripio y tosca. El sol arde más que ayer así que coincidimos que tomar una cerveza helada cuando lleguemos a Cruce Caballero sería un excelente premio al esfuerzo. Subimos una lomada y el pueblo de pocas manzanas nos remite a los pueblos-domingo: casi que no hay autos ni personas ni ruidos pero sí un almacén abierto. Pedimos una cerveza, nos sentamos. Dos hombres, uno de piel negra vestido como gaucho y otro de tez blanca como cowboy se bajan de una moto amarilla, la estacionan y nos dan un apretón de manos. Se sientan en la misma (y única) mesa que nosotros y percibimos que el calor del ambiente tiene sed de charla. Se piden una cerveza, nos convidan. Conversamos sobre viajes y rutas brasileñas, hablamos del mar, del Matto Grosso, de su vida como camioneros, de un futuro reencuentro. Tomamos tres cervezas en 40 minutos. El que habla en portugués grita y al otro que charla en español hay que leerle los labios porque no se le entiende ni una sola palabra. Nos piden permiso para subirse a nuestras bicicletas y dan una vuelta. Se ríen y despiden diciendo: “Somos Jorge Fernández y Bernardo Rodríguez. Gracias por su atención, acá nadie presta atención”. Una vez solos, pensamos en las fronteras. Y llegamos a la conclusión de que no son más que líneas en un mapa político o territorios en tránsito delimitados por puestos de aduanas. En Misiones esos límites se desdibujan porque Misiones es Argentina pero también Paraguay pero también Brasil. Las fronteras fueron impuestas y los hombres las cruzan como veredas. Ellos son sólo historias: no hay banderas ni pasaportes ni diferencias.


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