Campaña vacía
Editorial
Hasta hace aproximadamente un año, la Argentina amenazaba con convertirse en un país de campañas electorales permanentes en el que la terminación de una sólo significaría el inicio de otra, con las escalonadas contiendas provinciales cumpliendo un papel no tan distinto de aquel de los partidos de fútbol «amistosos». Sin embargo, en las semanas que siguieron a la renuncia a la vicepresidencia de Carlos «Chacho» Alvarez esta situación, que tanto complacía a quienes sabían muy bien que las campañas servían para hacer menos visible su propia carencia de dotes administrativas, cambió de manera notable. Al profundizarse la crisis financiera que ponía al país al borde del colapso y hacerse cada vez más patente el desconcierto de la clase política en su conjunto, se produjo una suerte de tregua: aunque los candidatos nunca dejaron de formular declaraciones rimbombantes, casi todos se sentían cohibidos por los riesgos que corría el país y también por la conciencia de que el desprestigio colectivo de su gremio bajaba a niveles propios de fases pregolpistas, de suerte que no insistían en sus «denuncias». Entonces, justo cuando parecía que el país, protegido una vez más por el FMI, estaba por permitirse una campaña breve, se concretó el ataque terrorista contra blancos ubicados en Estados Unidos, lo cual sirvió para que a pesar de la proximidad de las elecciones el país se distrajera una vez más. Por lo tanto, ya es nula la posibilidad de que antes de ir al cuarto oscuro la ciudadanía asista a una serie de debates inteligentes en torno de las opciones realmente factibles.
Puede que a muchos el escaso interés de la ciudadanía por la campaña que está en marcha y los esfuerzos poco impresionantes de los políticos por instruirla sobre el estado del país hayan sido motivo de más alivio que preocupación, pero no es del todo saludable que el pueblo vaya a las urnas en un clima signado por la confusión ocasionada no tanto por las circunstancias mismas, cuanto por la incapacidad de tantos «dirigentes» para comprenderlas y para articular respuestas convincentes o, lo que es peor, por la negativa de muchos a intentarlo. Tal como están las cosas, todo hace pensar que el 14 de octubre una proporción importante del electorado aprovechará la oportunidad para protestar contra el statu quo votando en favor de candidatos que encarnan nada más constructivo que la indignación. Aunque la actitud así supuesta puede entenderse, se trata de una manera de eludir responsabilidades porque, al fin y al cabo, es necesario exigir a un legislador o funcionario que desempeñe un rol que no sea meramente testimonial. Por comprensible que sea la indignación, no equivale a una «solución» sino que, por el contrario, ayuda a impedir el cambio por constituir una especie de válvula de escape.
Como es notorio, en estos momentos es virtualmente imposible encontrar entre los candidatos a escaños legislativos una sola persona que represente cabalmente al gobierno nacional. ¿Se debe a que por ahora el país está en manos de una camarilla de excéntricos totalmente aislados que están comprometidos con políticas que cualquier otro gobierno abandonaría enseguida, reemplazándolas por medidas que reflejen mejor el sentir de «la gente»? En absoluto. Aunque a raíz de los resultados electorales el presidente Fernando de la Rúa se viera obligado a resignarse a un rol meramente decorativo y un nuevo jefe de Gabinete nombrara un equipo de origen muy diferente del actual, los más dan por descontado que el gobierno así modificado no tardaría en proclamarle al mundo su voluntad de continuar por el mismo «rumbo» que, de más está decirlo, fue elegido a regañadientes porque todas las «alternativas» hubieran resultado incomparablemente más difíciles. Si existen algunas dudas acerca de esta cuestión fundamental, los adversarios verbales más vehementes de dicho «rumbo», Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde, se han encargado de disiparlas: mientras que el ex presidente ha hecho saber que le gustaría ver a José Luis Machinea de vuelta en el Ministerio de Economía, el ex vicepresidente, gobernador bonaerense y candidato presidencial peronista ha insinuado que si dependiera de él bien podría optar por conservar a Domingo Cavallo.