Candidatos en carrera

A menos que Ruckauf retire su candidatura, la campaña para el 2003 será una de las más sucias.

Puesto que el año 2003 les parece inminente, diversos personajes han celebrado el comienzo del 2001 anunciando su propósito de competir en las próximas elecciones presidenciales. Es lo que hizo el ex director técnico de la selección nacional de fútbol Carlos Bilardo, sin duda por creer que lo que el país más necesita es un buen entrenador. Un político de currículum vitae más tradicional, Carlos Ruckauf, también nos informó que “voy a ser el próximo presidente”, oficializando de este modo una campaña que se inició en 1995 cuando Carlos Menem lo eligió como su compañero de fórmula. Otros que no han intentado disimular sus ambiciones son Carlos Reutemann y José Manuel de la Sota, aunque este último cree que aún es un poco prematuro hablar de candidaturas. Asimismo, Domingo Cavallo, Carlos Menem y otros dignatarios, algunos de ellos serios, la mayoría no tanto, están preparándose para intentar alzarse con el premio que, a juzgar por la experiencia del presidente Fernando de la Rúa, puede brindar al eventual ganador más dolores de cabeza que motivos para festejar.

Dadas las circunstancias, parece sensata la cautela de los que, como De la Sota, están dispuestos a esperar un poco más antes de anunciar su candidatura. Como De la Rúa sabe muy bien, la opinión pública es veleidosa: en menos de un año, su propia imagen se convirtió de la mejor del país en una de las peores. Así las cosas, no es del todo inconcebible que Ruckauf -el que, por motivos no muy claros, logró conservar a través del año 2000 un nivel de popularidad envidiable- se encuentre a mediados del 2002 con un índice de aprobación similar al disfrutado últimamente por De la Rúa, lo cual, es de suponer, sería suficiente como para desbaratar sus proyectos personales. Por cierto, su gestión en la provincia de Buenos Aires ha dejado mucho que desear: hay más delincuencia que antes, la conducta de la policía es más brutal, no se ha olvidado por completo la designación aberrante del patotero Aldo Rico como ministro de Seguridad, ha crecido la burocracia y las dificultades financieras “heredadas” de su antecesor, Eduardo Duhalde, se han agravado.

Aunque ya era de dominio público el deseo de Ruckauf de regresar a la Casa Rosada como presidente, el que lo haya formalizado a más de dos años y medio de las elecciones previstas es una mala noticia para el gobierno de la Alianza y para el país en su conjunto. Lo es no sólo porque Ruckauf es un populista tradicional de trayectoria sumamente turbia que no entiende mucho del mundo actual, sino también porque significa que de ahora en adelante el gobernador de la provincia más importante subordinará su gestión al logro de sus aspiraciones, dedicándose a exigir más dinero a De la Rúa y tratando de achacarle la responsabilidad por todos los problemas que surjan. Es del interés de Ruckauf que la Alianza fracase, de suerte que se verá tentado a intensificar los conflictos existentes y de provocar otros, resistiéndose a gobernar con la disciplina fiscal necesaria, con el propósito de figurar como el defensor de “la gente” contra el FMI, el neoliberalismo y la globalización. Huelga decir que de producirse una crisis realmente grave en su jurisdicción, sus intentos desesperados de impedir que afectara a su candidatura resultarían en su traslado casi instantáneo al resto del país.

Otro peligro evidente consiste en la voluntad manifiesta de Ruckauf de aprovechar el miedo al crimen erigiéndose en el máximo paladín de la violencia represiva sin límites, de la política de “meter bala a los delincuentes” -es decir, del gatillo fácil- y de fomentar divisiones religiosas ensañándose con todos aquellos que no comparten su versión particular del catolicismo. Tales tácticas le sirvieron muy bien en las elecciones de 1999, cuando, además de forzar a Duhalde a poner fin a la reforma de la “maldita policía”, se encargó de satanizar a la “abortista” y “anticristiana” Graciela Fernández Meijide, y no existen motivos para dudar de que las empleará en la lucha que ha emprendido por la presidencia de la República. Así, pues, no es necesario ser profeta para prever que, a menos que por algún motivo Ruckauf se sienta obligado a retirar su candidatura antes, la campaña del 2003 estará entre las más sucias de la historia del país.


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