Canto al amor
Juan Ignacio Pereyra
Miles de personas pasan a diario en Nápoles por la Via Calabritto, una calle que mira de cerca al mar Mediterráneo. Allí, la voz de Souleymane Drame y el sonido de su guitarra resuenan encajonados en toda la cuadra. No llena estadios pero tiene un sueño. “Uno nunca es completamente feliz fuera de su tierra. Aunque, en realidad, el mundo es un solo país”, dice este músico senegalés de 40 años sentado en un escalón en la vereda con una tienda Gucci a su espalda. Artista callejero por elección, ofrece a cada rato una sonrisa blanquísima que contrasta con su piel. Unas rastas cuelgan de su cabeza y se hace llamar King Salomon: “Simboliza la paciencia y la sabiduría”. Llegó a Italia en 1999 como periodista para un congreso sobre agricultura biológica en Florencia. En medio viajó a Nápoles para visitar a un amigo; inmediatamente se enamoró de la ciudad y se quedó a vivir: “Me encantaron los jóvenes y la espontaneidad de la gente. No sabía italiano pero igual me hablaban”. Se las rebuscó como obrero y vendedor ambulante: “Trabajé de cualquier cosa para sobrevivir”. Había grabado un disco en Senegal y sentía que lo suyo era otra cosa: “Todos los inmigrantes necesitamos un arma para luchar. La guitarra era la mía, así que preferí intentar una aventura como músico. Después aprendí a diseñar sitios web y a hacer gráfica. Eso también me ayuda ahora en lo económico”. Salomon vive en Forcella, un barrio marcado por la camorra: “Ahí conocés a los napolitanos verdaderos”, dice y asegura que la famosa mafia no le afecta: “No entro en dinámicas del bien y el mal. Con el reggae, que es una música llena de energía y rebelde, canto al amor, no a la violencia. Es un medio de comunicación para darles voz a los que no la tienen”. Salomon vuelve seguido a Senegal, donde lo esperan su mujer y sus dos hijas, con las que habla todos los días: “Son mi motor”. A corto plazo se quiere instalar en su país y para eso puso en marcha un plan: una escuela de música para sacar de la calle a los jóvenes. Lleva recolectados unos veinte instrumentos musicales usados. Mientras, sigue tocando en la calle y en bares en Nápoles para reunir fondos. “La migración es complicada, no es un paraíso. Después de todas las experiencias positivas y negativas hay que volver al origen, a las raíces, para cerrar un círculo. Tiene que servir para aportar algo a los jóvenes y al país”, sostiene y comparte su sueño: “Estar con mis hijas y vivir de productos orgánicos propios. Me gustaría escapar del mundo de la plata, de los diarios, de todo”.