Cerca del cielo
Nuestra travesía por la provincia de Córdoba continúa. Ahora es el turno de las Altas Cumbres, un camino difícil para las piernas pero espectacular para los sentidos.
Después de varios días en Córdoba capital (donde descansamos, donde dejamos las bicis en los “boxes” de Venzo para hacerles unos cuantos mimos y donde dimos una charla en un biciespacio), abandonamos la urbe para adentrarnos en Villa Carlos Paz. Si algo nos gusta de viajar son los reencuentros con amigos y, si bien a él no lo conocíamos en persona, ya le teníamos cariño virtual. Por eso nos desviamos hacia la Villa: para conversar sobre la vida y los deseos de cada uno.
Sergio siguió nuestro primer periplo en bicicleta desde Ushuaia hasta La Quiaca allá por el 2013. Fue la primera persona que nos depositó dinero en nuestra cuenta bancaria por el solo hecho de hacerlo y porque también soñaba con viajar, algo que en ese momento era un imposible para él por su trabajo y sus raíces en Tierra del Fuego, donde vivió más de quince años. Verlo llegar con su bicicleta lista para su larga aventura hasta Alaska mientras lo esperábamos en una estación de servicio fue sublime. Porque si hay algo que también disfrutamos de este estilo de vida que elegimos es el efecto contagio: si nosotros podemos, todos pueden. El momento de cumplir cualquier anhelo que tengamos es ahora.
Camino a la cumbre La Ruta 14 zigzaguea hacia el suroeste de Córdoba. Es un serpenteo de curvas y pendientes de asfalto que tensan nuestros músculos a más no poder. El calor tampoco ayuda: el agua en las caramañolas está caliente y el sudor resbala en la frente.
A pesar del esfuerzo físico que implica intentar alcanzar los 2.000 metros de altura, la necesidad imperiosa de silencio luego de varios días de ciudad es impostergable. Uno no se da cuenta del ruido que lo persigue hasta que se mete en el silencio de la montaña: una quietud penetrante pero imperceptible que cala huesos. La hora mágica (esa que es perfecta para la fotografía de paisajes y que coincide con el amanecer y el atardecer) nos encuentra en Cóndor Copina, un camino de curvas y contracurvas donde el verde, el canto de los pájaros y la ondulación de los cerros son los protagonistas. Tendemos la carpa en el único lugar viable que encontramos: justo delante de la tranquera de un corral. De noche vemos las luces de la ciudad mientras el farol que cuelga en el techo de la carpa ilumina tan solo nuestro metro cuadrado.
Decisiones Muchas veces es la ruta la que nos pone entre la espada y la pared, o mejor dicho, entre la difícil decisión de elegir un camino A o un camino B. Frenamos cuando la carretera se bifurca: para la derecha continúa la Ruta 14 que a partir de este punto se convierte en una huella de arena y piedras, y para la izquierda la Ruta 34 de asfalto casi nuevo.
Lo positivo de la primera opción es que solo debemos hacer 18 km a diferencia de la segunda alternativa de 34 km para seguir hacia Mina Clavero. Nos guiamos por nuestra intuición y experiencia: los caminos más vírgenes suelen ser los más mágicos. Decidimos continuar por la derecha y serpentear un terreno lleno de obstáculos para tocar la cima de las Altas Cumbres.
Poco (bici) amigable Los primeros kilómetros son llanos, pero después de tres vueltas de pedal, la inclinación de la ruta supera los 10 grados. Los cambios de la bici se ven forzados a descender y la velocidad no supera los 8 km/h. Sí, el camino es bellísimo, pero a medida que vamos subiendo, los surcos y las piedras del tamaño de bolas de billar dificultan nuestro ya cansado andar. Paramos en cada curva, tomamos agua, respiramos. No porque nos falte el aire por la altura, sino porque después de más de tres horas de cornisas y rulos, los pulmones no llegan a recuperarse. Para colmo el frío y las nubes grises empiezan a preocuparnos. Nos urge encontrar cuanto antes un refugio o un lugar donde acampar para poder pasar la noche.
A mal tiempo, buena cara A la mañana siguiente el escenario es poco alentador: lluvia, niebla y 3 grados bajo cero. El espacio diminuto donde levantamos campamento la noche anterior embarró nuestro calzado y humedeció el equipo entero hasta el punto de congelarnos los dedos por lo helado del ambiente. Por suerte ya pasamos la parte más difícil, pero hoy la poca visibilidad nos acompaña hasta que tomamos el camino del Cura Brochero, que desemboca en el pueblo del mismo nombre y 3 km después en Mina Clavero.
Fotos: Andrés Calla
Después de varios días en Córdoba capital (donde descansamos, donde dejamos las bicis en los “boxes” de Venzo para hacerles unos cuantos mimos y donde dimos una charla en un biciespacio), abandonamos la urbe para adentrarnos en Villa Carlos Paz. Si algo nos gusta de viajar son los reencuentros con amigos y, si bien a él no lo conocíamos en persona, ya le teníamos cariño virtual. Por eso nos desviamos hacia la Villa: para conversar sobre la vida y los deseos de cada uno. Sergio siguió nuestro primer periplo en bicicleta desde Ushuaia hasta La Quiaca allá por el 2013. Fue la primera persona que nos depositó dinero en nuestra cuenta bancaria por el solo hecho de hacerlo y porque también soñaba con viajar, algo que en ese momento era un imposible para él por su trabajo y sus raíces en Tierra del Fuego, donde vivió más de quince años. Verlo llegar con su bicicleta lista para su larga aventura hasta Alaska mientras lo esperábamos en una estación de servicio fue sublime. Porque si hay algo que también disfrutamos de este estilo de vida que elegimos es el efecto contagio: si nosotros podemos, todos pueden. El momento de cumplir cualquier anhelo que tengamos es ahora. Camino a la cumbre La Ruta 14 zigzaguea hacia el suroeste de Córdoba. Es un serpenteo de curvas y pendientes de asfalto que tensan nuestros músculos a más no poder. El calor tampoco ayuda: el agua en las caramañolas está caliente y el sudor resbala en la frente. A pesar del esfuerzo físico que implica intentar alcanzar los 2.000 metros de altura, la necesidad imperiosa de silencio luego de varios días de ciudad es impostergable. Uno no se da cuenta del ruido que lo persigue hasta que se mete en el silencio de la montaña: una quietud penetrante pero imperceptible que cala huesos. La hora mágica (esa que es perfecta para la fotografía de paisajes y que coincide con el amanecer y el atardecer) nos encuentra en Cóndor Copina, un camino de curvas y contracurvas donde el verde, el canto de los pájaros y la ondulación de los cerros son los protagonistas. Tendemos la carpa en el único lugar viable que encontramos: justo delante de la tranquera de un corral. De noche vemos las luces de la ciudad mientras el farol que cuelga en el techo de la carpa ilumina tan solo nuestro metro cuadrado. Decisiones Muchas veces es la ruta la que nos pone entre la espada y la pared, o mejor dicho, entre la difícil decisión de elegir un camino A o un camino B. Frenamos cuando la carretera se bifurca: para la derecha continúa la Ruta 14 que a partir de este punto se convierte en una huella de arena y piedras, y para la izquierda la Ruta 34 de asfalto casi nuevo. Lo positivo de la primera opción es que solo debemos hacer 18 km a diferencia de la segunda alternativa de 34 km para seguir hacia Mina Clavero. Nos guiamos por nuestra intuición y experiencia: los caminos más vírgenes suelen ser los más mágicos. Decidimos continuar por la derecha y serpentear un terreno lleno de obstáculos para tocar la cima de las Altas Cumbres. Poco (bici) amigable Los primeros kilómetros son llanos, pero después de tres vueltas de pedal, la inclinación de la ruta supera los 10 grados. Los cambios de la bici se ven forzados a descender y la velocidad no supera los 8 km/h. Sí, el camino es bellísimo, pero a medida que vamos subiendo, los surcos y las piedras del tamaño de bolas de billar dificultan nuestro ya cansado andar. Paramos en cada curva, tomamos agua, respiramos. No porque nos falte el aire por la altura, sino porque después de más de tres horas de cornisas y rulos, los pulmones no llegan a recuperarse. Para colmo el frío y las nubes grises empiezan a preocuparnos. Nos urge encontrar cuanto antes un refugio o un lugar donde acampar para poder pasar la noche. A mal tiempo, buena cara A la mañana siguiente el escenario es poco alentador: lluvia, niebla y 3 grados bajo cero. El espacio diminuto donde levantamos campamento la noche anterior embarró nuestro calzado y humedeció el equipo entero hasta el punto de congelarnos los dedos por lo helado del ambiente. Por suerte ya pasamos la parte más difícil, pero hoy la poca visibilidad nos acompaña hasta que tomamos el camino del Cura Brochero, que desemboca en el pueblo del mismo nombre y 3 km después en Mina Clavero. Cuatro días de ruta son suficientes para que el cuerpo grite pido, y algo que nos alienta a seguir es la certeza de que 40 km después en Villa de las Rosas nos espera una casita de madera autosustentable llamada “La Carmela” para descansar. El desafío: pasar tres días sin luz eléctrica ni agua ni cocina ni heladera. Viviremos en el medio del monte cordobés bajo la mirada del cerro Champaquí y sus nubes intermitentes.
Jimena Sánchez lavidadeviaje@gmail.com
Suple VOY
Después de varios días en Córdoba capital (donde descansamos, donde dejamos las bicis en los “boxes” de Venzo para hacerles unos cuantos mimos y donde dimos una charla en un biciespacio), abandonamos la urbe para adentrarnos en Villa Carlos Paz. Si algo nos gusta de viajar son los reencuentros con amigos y, si bien a él no lo conocíamos en persona, ya le teníamos cariño virtual. Por eso nos desviamos hacia la Villa: para conversar sobre la vida y los deseos de cada uno.
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