“Cero K”, una novela para una época sin dioses de Don DeLillo

El novelista estadounidense aborda, a su manera, los avances de las prácticas en el campo de la inmortalidad en su última obra, recientemente editada en Argentina.



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El autor, al que algunos consideran “mal ciudadano”, es crítico de la sociedad norteamericana.

Por Pablo Chacón

En “Cero K”, el escritor estadounidense Don DeLillo renueva su pacto de lectura con algunos de sus seguidores gracias a una historia de familia disfuncional atravesada por la muerte, experiencia intransmisible a la que se intentará “detener” por medio de la criogenización, flamante juguete de la tecnociencia contemporánea que aún no conoce resultados efectivos y ni siquiera se sabe si deseables.

Eso es lo de menos en la novela: se trata de una fe en la tecnología de preservación de los cuerpos condenados por una enfermedad incurable y para los que, se supone, los estudiosos de La Convergencia, tal el nombre de la empresa, encontrarán alguna solución (médica) que permita a esos cuerpos revivir bajo su mejor forma.

DeLillo ha escrito, según la autorizada palabra de sus exégetas, su pieza más notable desde “Submundo”, tal vez sin advertir que ha escrito también una suerte de protocolo o de teleología para una época sin dioses, sin infiernos y sin paraísos en la cual suele nombrarse al escepticismo, nihilismo, y combatir al malestar en la cultura con el abracadabra de la felicidad.

El libro, publicado por Seix Barral, habla más sin embargo del lazo social en las familias devastadas por la ausencia de garantías, y dominadas por el paradigma de la “transgresión”, que por los avances de las prácticas en el campo de la inmortalidad, ese mito que se recuesta en el cuerpo por el lado de la naturaleza y en el saber por el lado de la cultura.

En diversas entrevistas, el escritor, que está por cumplir ochenta años, ha dicho que la criogenización es todavía una hipótesis, que leyó sobre el tema lo imprescindible porque lo que era de su interés, precisamente, trataba de la identidad, las relaciones madre-hijo, hijo-padre, hijo-madrastra, en la era de la inexistencia del Otro.

Podría decirse que el autor de “Mao II” escribió una novela de ideas –de ideas clásicas–, si se entiende por clásicas a las ideas que despliegan alguna forma de novela familiar, si es que existe alguna otra, y si es que existe alguna otra idea.

En este caso se trata de Jeffrey Lockhart, un treintañero abandonado en su momento por su padre, Ross, hombre de finanzas, millonario, secreto financista de La Convergencia, cuya sede, en algún lugar de Kazajistán, será la última estancia de Artis Martineau, antropóloga, segunda esposa de Ross, enferma terminal y convencida de las bondades de la criogenización.

Jeff acompaña a Ross y a Artis. Largos parlamentos con Artis, a quien cree entender; y tironeos con su padre, a quien entiende poco o sobre quien carga su ironía, enrostrándole su miedo a la muerte, la decrepitud, su miedo a los demás y a sí mismo, al punto de haberse cambiado el nombre, el apellido, de abandonar a su madre y de practicar esa variante cristiana del desprecio llamada “responsabilidad social” o filantropía.

Hasta acompañar a su padre por segunda vez al desierto, esta vez para despedirlo antes de ser congelado en hidrógeno líquido, Jeff conocerá a Emma, a su hijo, Stak, se acostumbrará a la lentitud y a la gracia de esa mujer tan similar a una heroína de Jean-Luc Godard, se sorprenderá con su hijo y abandonará cualquier pretensión consciente de heredar a su progenitor.

Esa podría ser la clave de bóveda de la novela: un hijo que resiste a la tentación de seguir los pasos de un padre, de apropiarse del fin del mundo y de reciclar una melancolía mortífera, para inventarse un mundo sin eternidad ni ídolos de barro, haciendo frente a lo que está perdido antes de perderse, capaz de llorar lo inevitable y de ponerse otra vez de pie.

¿Quién es este autor crítico?

Don DeLillo es uno de los mayores críticos de su país. En novelas, varias obras de teatro y ensayos muestra la soledad y alienación, las conspiraciones y pérdidas de la sociedad norteamericana de forma brillante y despiadada.

Es considerado uno de los más grandes posmodernos de los Estados Unidos. Como Thomas Pynchon, Philip Roth o Cormac McCarthy.

Nació en Nueva York el 20 de noviembre de 1936.

Estudió teología y filosofía en Nueva York. Su primer relato corto lo escribió con 17 años inspirado por Hemingway, pero su debut en la novela llegó en 1971 con “Americana”.

Ganó el premio de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras en 1984, el American Book Award 1998, el Premio PEN en 2010 y The Story Prize en 2012.


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