Charlie y los creyentes
SEGÚN LO VEO
No duró mucho la moda Charlie. Luego de un par de días en que todos -bien, casi todos- se afirmaban defensores acérrimos de la libertad de expresión, comenzaron a hacerse oír algunas voces disidentes. Entre los partidarios de la censura, mejor dicho la autocensura, están el pianista Daniel Barenboim, por tratarse de un asunto que a su juicio es “muy complejo”, y el papa Francisco, que insiste en que “no se puede burlarse” de la religión y que por lo tanto la libertad de expresión “tiene límites”. No son los únicos que piensan así. Además de los convencidos de que infieles que hablen mal de Mahoma merecen morir, o personajes que no irían tan lejos pero creen que “Charlie Hebdo” es un pasquín asqueroso que buscaba lo que finalmente sucedió, son muchos los que preferirían abstenerse de agitar aún más el peligrosísimo avispero musulmán.
Antes del asesinato de los dibujantes de Charlie y, no lo olvidemos, de cuatro judíos por ser, según nos enseña el Corán, descendientes de cerdos y monos, enemigos eternos del Todopoderoso, los consejos de quienes recomendaban cierta cautela parecían razonables. Desde entonces, cualquier decisión de tratar con más respeto a los musulmanes que a los demás será tomada por evidencia de que el resto del mundo está dispuesto a someterse a los dictados de los yihadistas, lo que, huelga decirlo, sólo serviría para envalentonarlos todavía más. Ya no podrán ceder un milímetro los libertarios occidentales, pero tampoco se resignarán a la derrota los islamistas que, cuando es cuestión del derecho o no de poner en ridículo a su profeta, cuentan con el apoyo de centenares de millones de musulmanes.
En el fondo, lo que están exigiendo los partidarios de Charlie es que el islam emprenda ya el mismo camino que el cristianismo, que se ha transformado de un credo absolutista y totalitario en uno que, en nombre de la tolerancia mutua y el pluralismo democrático, en efecto ha abandonado sus pretensiones universales para reubicarse en la esfera privada. El cambio, que aún se ve resistido por algunos nostálgicos, fue en buena medida obra de un pelotón conformado por filósofos escépticos, filólogos y otros que no sólo subrayarían la irracionalidad de cultos basados en la fe sino que también analizarían de manera pormenorizada los textos sagrados, llamando la atención a las contradicciones, las traducciones erróneas y la afinidad de creencias determinadas con otras precristianas o, en el caso del Antiguo Testamento, ajenas al judaísmo.
Lo que lograron fue privar a la religión del misterio que la había rodeado y que tanto había contribuido al poder terrenal del clero. Aunque la ofensiva no ha terminado, alcanzó su objetivo hace décadas. En los países del Occidente, la autoridad intelectual de los sacerdotes cristianos, por doctos que sean, es en la actualidad llamativamente menor a la atribuida automáticamente a los científicos; los exegetas de la Biblia se han visto reemplazados por cosmólogos, biólogos, físicos y, en algunos lugares, hasta por sociólogos.
No lo tienen fácil aquellos “revisionistas”, sean musulmanes o estudiosos occidentales, que quisieran emular a quienes, después de siglos de polémicas airadas y persecuciones brutales, lograron hacer del cristianismo nada más que un conjunto de opiniones que cualquiera podría adoptar o repudiar sin correr riesgos graves. Por respetuoso de las sensibilidades de los creyentes musulmanes que fuera el investigador, si se le ocurriera cuestionar la verdad literal de un solo versículo del Corán podría ser blanco de una banda de asesinos piadosos, razón por la que tantos se han sentido obligados a cambiar de nombre, ocultarse y, si viven en el Occidente, suplicarle protección a la policía local.
Desde el punto de vista de los muchos que subordinan todo a su identidad como musulmanes, defender su credo contra el escepticismo ha de ser una prioridad. Para millones de paquistaníes, árabes y magrebíes, tanto los paupérrimos que esporádicamente participan de disturbios en las calles de ciudades destartaladas como los que saben muy bien que los países musulmanes no pueden “competir” con los occidentales, China, la India o, lo que les parece insoportable, Israel, sentirse parte de la comunidad transnacional islámica es lo único que realmente importa. Son intolerantes porque temen que vivir sin militar en una fe que les dice que son los mejores les sería intolerable, ya que los dejaría sin nada.
Además de la adhesión desesperada a la comunidad islámica de centenares de millones de personas, los deseosos de impulsar reformas encaminadas a permitirles integrarse al sistema occidental tendrán que superar otra dificultad. A diferencia de las distintas variantes del cristianismo, que procuraron esquivar las embestidas de filósofos y filólogos alejándose de la realidad concreta para concentrarse en temas abstractos menos vulnerables, como si la Biblia fuera sólo un libro de autoayuda repleto de anécdotas simpáticas y consejos benévolos, las sectas islámicas más importantes se aferran a la idea de que el Corán fue dictado por Alá con la intermediación de Yibril, el arcángel Gabriel, de suerte que no es permisible criticarlo o, lo que sería aún más destructivo, probar que ha incorporado textos de otros cultos.
Los islamistas entienden muy bien que, de producirse más grietas, el edificio religioso imponente que se ha construido podría derrumbarse muy pronto. Los más fanáticos intuyen que el escepticismo que está en la raíz del pluralismo tan necesario para un mundo “globalizado” podría serles fatal -en el sentido figurativo de la palabra, claro está-. Es legítimo, pues, ver en el gusto por la violencia extrema y la crueldad ilimitada que caracterizan a los predicadores más furibundos su forma de reprimir sus propias dudas. Al fin y al cabo, si realmente confiaran en la veracidad y coherencia de su credo, reaccionarían con indiferencia frente a los reparos de estudiosos escépticos y las burlas, por hirientes que fueran, de revistas satíricas como “Charlie Hebdo”, ya que para ellos se trataría de manifestaciones innocuas de locura, parecidas a aquellas de los excéntricos que nos aseguran que la Tierra es plana. Puede que sea temible un movimiento político y religioso que toma por una amenaza mortal los dibujos de un semanario de humor nada sofisticado que, hasta la semana pasada, tenía un tiraje reducido, pero así y todo es tan débil que unas carcajadas adolescentes resultaron ser más que suficientes como para hacerlo temblar.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON
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