Chávez se defiende

Por Redacción

De estar en lo cierto quienes creen que los resultados electorales dependen del estado de la economía –el lema acuñado por James Carville, el asesor del en aquel entonces candidato presidencial norteamericano Bill Clinton, “¡Es la economía, estúpido!” lo resume–, a los partidarios del presidente venezolano Hugo Chávez les aguardaría una derrota humillante en los comicios legislativos del 26 de septiembre próximo. Sin embargo, a pesar de que Venezuela sea el único país latinoamericano, a menos que se incluya a Haití, que no está disfrutando de una recuperación robusta de la recesión que siguió al derrumbe financiero mundial de apenas dos años atrás, según las encuestas de opinión el oficialismo logrará mantener su mayoría en la Asamblea Nacional. Tampoco parece haber incidido mucho en la intención de voto de los venezolanos el hecho de que, conforme a las estadísticas, Caracas sea en la actualidad una ciudad aún más peligrosa que Bagdad, ya que hay más muertes per cápita por actos de violencia en la República Bolivariana que en el Irak convulsionado por bandas de fanáticos religiosos que no vacilan en llevar a cabo matanzas horrendas de quienes pertenecen a sectas rivales. Aunque se prevé que el Partido Socialista Unido de Venezuela oficialista pierda muchos escaños en el parlamento que domina por completo debido al boicot electoral que la oposición declaró de cara a los comicios del 2005, de no modificarse radicalmente la situación seguirá contando con la mayoría. Es evidente que, a diferencia de sus “amigos”, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su esposo, Chávez tiene el carisma suficiente como para permitirle conservar la lealtad de amplios sectores del pueblo venezolano, en especial de los conformados por la multitud de pobres que han sido los más perjudicados por la recesión brutal de la que el país aún no ha logrado salir y también por la marejada de violencia delictiva. Si bien la misma contradicción se hace sentir en nuestro país, ya que puede argüirse que la persistencia de bolsones de pobreza extrema en el conurbano bonaerense, una zona del país que está plagada de violencia que afecta sobre todo a quienes menos tienen, ha ayudado a los Kirchner puesto que los atrapados en ellos siguen respaldándolos, en Venezuela sus equivalentes son decididamente mayores. Para frustración de los convencidos de que en última instancia los resultados concretos de una gestión determinada deberían importar más que otros factores, en muchas partes de América Latina suele ser decisiva la voluntad de sentirse comprometido con un movimiento y, a través de él, con un caudillo supuestamente providencial. Atribuir esta realidad a nada más que el clientelismo, o sea, a la virtual compra de votos, y a las presiones de operadores inescrupulosos, no sirve para explicarlo. Aunque los Kirchner no están en condiciones de emular a Chávez en el terreno electoral, comparten con el venezolano el odio hacia la prensa independiente. Además de aprovechar su poder para perjudicar a aquellos medios locales que se niegan a apoyarlo, clausurando algunos con pretextos legales de dudosa legitimidad, Chávez se supone blanco de una campaña internacional siniestra encabezada por periódicos extranjeros, casi todos resueltamente progresistas, como el “New York Times” y la cadena de noticias televisiva CNN en Español. Según el bolivariano, han organizado lo que llama “una conflagración” mediática con el propósito de desprestigiarlo, acusándolo de complicidad con el terrorismo islamista, además de emplear a bandas de matones “revolucionarios”, haber estimulado con su retórica furibunda el clima de violencia que impera en su país y, claro está, de manejar la economía con un grado de torpeza realmente fenomenal. En Venezuela, como en nuestro país, embestir contra los medios sirve para distraer la atención de los hechos, como si la actitud crítica asumida por algunos significara que toda la información que brindan no puede sino ser falsa. Si bien dicho planteo es poco serio, en sociedades conflictivas en que para muchos es fundamental privilegiar la lealtad hacia el líder, resulta ser lo bastante convincente para quienes están más interesados en subrayar su identidad como militantes de una causa que en cualquier otro asunto.


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