Choque aéreo
Puesto que el canciller Héctor Timerman, con la plena aprobación de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ha decidido tratar al gobierno del presidente norteamericano Barack Obama como si lo creyera resuelto a enseñar a la policía argentina métodos de tortura y técnicas golpistas como, según él, solía hacer en los años setenta del siglo pasado, fue sin duda lógico que tomara la llegada de un avión militar estadounidense con equipos de entrenamiento por una manifestación intolerable del imperialismo yanqui. Si bien funcionarios del Departamento de Estado encabezado por la “amiga” de Cristina, Hillary Clinton, insisten en que la misión militar sólo quería dar cursos sobre el rescate de rehenes a integrantes de la Policía Federal en conformidad con acuerdos de cooperación mutua “autorizados por la Cancillería argentina y el Ministerio de Seguridad”, nuestro gobierno ha preferido una interpretación mucho más siniestra de lo sucedido, de ahí la orden de inspeccionar meticulosamente el cargamento y preparar la protesta diplomática correspondiente. Según se informa, en el avión se encontró una cantidad de material sospechoso –computadoras con datos encriptados, gases paralizantes, estupefacientes que es de suponer resultarían útiles para poner fuera de combate a los hipotéticos secuestradores– que ha motivado la indignación oficial. En cuanto a los norteamericanos, parecería que se sienten tan sorprendidos por la vigorosa reacción del gobierno de Cristina como estuvieron cuando Timerman los acusó de colaborar con Mauricio Macri para hacer de la Policía Metropolitana porteña un cuerpo de torturadores golpistas. Quieren que nuestro embajador en Washington, Alfredo Chiaradía, explique el porqué de la incautación de la carga no declarada, además de su devolución inmediata, mientras que Timerman se ha propuesto contraatacar objetando el ingreso al país de “material camuflado dentro de un cargamento oficial”. Se trata de un diálogo de sordos: no es nada probable que el gobierno de Obama confiese estar procurando desestabilizar la Argentina con la presunta ayuda de elementos de la Policía Federal; tampoco lo es que el canciller acepte que las acusaciones que ha formulado contra la gente de Obama carezcan de fundamento. El que este episodio haya servido para provocar un incidente diplomático se debe a la voluntad de Cristina y Timerman de hacer que nuestra relación con “el imperio” sea conflictiva. De otro modo, lo hubieran tratado como a lo sumo el resultado de un malentendido, pidiéndoles discretamente a los norteamericanos que en adelante dejaran de introducir equipos o sustancias que podrían dar pie a sospechas inconvenientes. Asimismo, es llamativo que las manifestaciones de hostilidad hacia Estados Unidos de Timerman hayan empezado a multiplicarse justo a partir del anuncio de que Obama no incluiría la Argentina en la lista breve de países latinoamericanos que visitaría en el transcurso de su breve gira por la región, limitándose a escalas en El Salvador, Brasil y Chile. En lugar de minimizar el significado de la omisión, el gobierno de Cristina ha optado por exagerarlo, es de suponer por sentirse despechado, y acaso con la esperanza de que los norteamericanos, alarmados por las repercusiones de lo que para la Casa Rosada fue un insulto imperdonable, hagan un esfuerzo especial por reconciliarse con la Argentina. De ser así, se trata de un juego riesgoso. Aunque es inevitable que los sentimientos personales incidan en la política exterior, sería mejor que la presidenta y el canciller se resignaran al hecho difícilmente discutible de que no es del interés del país ser considerado por Washington como una fuente inagotable de problemas al que sería mejor mantener marginado. Si bien es comprensible que Cristina se haya sentido molesta por la frialdad de Obama, ya que había compartido el entusiasmo que manifestó buena parte de la “comunidad internacional” frente al cambio radical que a juicio de muchos supondría el reemplazo del “cowboy” George W. Bush por un progresista de orígenes étnicos mixtos, la forma elegida por el gobierno de expresar su frustración no parece destinada a traerle muchos beneficios. Antes bien, podría hacer fracasar sus esfuerzos por desempeñar un papel destacado en el escenario mundial.