Choque de culturas

Redacción

Por Redacción

Aunque los voceros tanto del gobierno estadounidense como del francés insisten en que la detención, “linchamiento mediático”, liberación bajo palabra y, según parece, próxima exoneración del ex jefe del FMI, el socialista Dominique Strauss-Kahn, no perjudicarán las relaciones entre los dos países, se trata más de una expresión de deseos que de una realidad evidente. Mientras que los norteamericanos toman las alternativas novelísticas del affaire por evidencia de que a pesar de las apariencias su sistema judicial funciona como es debido y que, desde luego, todos, incluyendo a quien era el mandamás de las finanzas internacionales, son iguales ante la ley, la mayoría de los franceses cree que DSK, como lo llaman, fue víctima no sólo de una trampa tendida por una mujer de antecedentes dudosos sino también de la saña de la policía neoyorquina y de los prejuicios políticos y sociales de la jueza que lo mandó a una cárcel notoria por la brutalidad de los reclusos antes de concederle el arresto domiciliario. Las diferencias de enfoque así reflejadas distan de ser meramente anecdóticas. De haberse comprobado que Strauss-Kahn sí se había abalanzado como un sátiro común sobre una mujer inocente en aquel hotel neoyorquino, los norteamericanos podrían haberse sentido reivindicados y los franceses obligados a reconocer que sus costumbres sexuales no pueden exportarse al resto del mundo, pero parecería que el caso en contra del entonces director general del FMI se basó en mentiras. Como consecuencia, los norteamericanos se ven frente a la posibilidad de que DSK pronto regrese a Francia para reanudar una carrera pública que, hasta su detención, pareció destinada a convertirlo en el próximo presidente de un país occidental clave. Aunque muchos todavía dan por descontado que nunca logrará instalarse en el Palacio del Elíseo, otros especulan que, ayudado políticamente por la ordalía de las semanas últimas, podría ser un candidato presidencial imbatible, lo que con toda seguridad no contribuiría a mejorar la relación habitualmente difícil de Estados Unidos con uno de los países más influyentes de la Unión Europea. Por cierto, nadie ignoraría que de resultar elegido DSK, una proporción importante de sus votos se debería a los renovados sentimientos antinorteamericanos de sus compatriotas. En Francia, la fama bien merecida de mujeriego que Strauss-Kahn se las ha arreglado para adquirir no le ha supuesto ninguna desventaja; lo mismo que en Italia, donde la conducta escandalosa del primer ministro Silvio Berlusconi no le ha costado el apoyo de una parte sustancial del electorado, es evidente que sus proezas en tal sentido han ocasionado más envidia que indignación. En Estados Unidos, en cambio, el grueso de la opinión pública y las autoridades son más severos; se aferran al principio de que si un hombre se mofa de las reglas formales en su vida privada lo hará también como funcionario público, una tesis que ha puesto fin a docenas de carreras políticas promisorias. Asimismo, los norteamericanos son reacios a distinguir entre personas poderosas y ricas como Strauss-Kahn y las presuntamente débiles y pobres, sobre todo si éstas proceden de una “minoría” étnica. Por lo tanto, mientras que muy pocos en Estados Unidos estaban dispuestos a dar a DSK el beneficio de duda alguna luego de que fue denunciado por violación, privación de libertad y otros delitos, muchos eran reacios a cuestionar las afirmaciones de una mucama de hotel africana que, según sus allegados, era una “musulmana piadosa”. A juzgar por las declaraciones no de los abogados de Strauss-Kahn sino de los fiscales que querrían verlo condenado pero descubrieron tardíamente que como testigo la guineana dejaba mucho que desear, a la policía y a las autoridades judiciales de Nueva York les hubiera convenido tratar con mayor escepticismo las afirmaciones de la mucama antes de ensañarse con un político francés destacado, ya que más tarde se revelaría que está acostumbrada a mentir y que está vinculada con criminales: según algunas fuentes norteamericanas, es en realidad una prostituta. Así, pues, siempre y cuando no se produzcan más sorpresas, parecería que, para disgusto de quienes habían celebrado la caída en desgracia del socialista que dirigía el FMI, el elitismo francés derrotará la corrección política norteamericana.


Aunque los voceros tanto del gobierno estadounidense como del francés insisten en que la detención, “linchamiento mediático”, liberación bajo palabra y, según parece, próxima exoneración del ex jefe del FMI, el socialista Dominique Strauss-Kahn, no perjudicarán las relaciones entre los dos países, se trata más de una expresión de deseos que de una realidad evidente. Mientras que los norteamericanos toman las alternativas novelísticas del affaire por evidencia de que a pesar de las apariencias su sistema judicial funciona como es debido y que, desde luego, todos, incluyendo a quien era el mandamás de las finanzas internacionales, son iguales ante la ley, la mayoría de los franceses cree que DSK, como lo llaman, fue víctima no sólo de una trampa tendida por una mujer de antecedentes dudosos sino también de la saña de la policía neoyorquina y de los prejuicios políticos y sociales de la jueza que lo mandó a una cárcel notoria por la brutalidad de los reclusos antes de concederle el arresto domiciliario. Las diferencias de enfoque así reflejadas distan de ser meramente anecdóticas. De haberse comprobado que Strauss-Kahn sí se había abalanzado como un sátiro común sobre una mujer inocente en aquel hotel neoyorquino, los norteamericanos podrían haberse sentido reivindicados y los franceses obligados a reconocer que sus costumbres sexuales no pueden exportarse al resto del mundo, pero parecería que el caso en contra del entonces director general del FMI se basó en mentiras. Como consecuencia, los norteamericanos se ven frente a la posibilidad de que DSK pronto regrese a Francia para reanudar una carrera pública que, hasta su detención, pareció destinada a convertirlo en el próximo presidente de un país occidental clave. Aunque muchos todavía dan por descontado que nunca logrará instalarse en el Palacio del Elíseo, otros especulan que, ayudado políticamente por la ordalía de las semanas últimas, podría ser un candidato presidencial imbatible, lo que con toda seguridad no contribuiría a mejorar la relación habitualmente difícil de Estados Unidos con uno de los países más influyentes de la Unión Europea. Por cierto, nadie ignoraría que de resultar elegido DSK, una proporción importante de sus votos se debería a los renovados sentimientos antinorteamericanos de sus compatriotas. En Francia, la fama bien merecida de mujeriego que Strauss-Kahn se las ha arreglado para adquirir no le ha supuesto ninguna desventaja; lo mismo que en Italia, donde la conducta escandalosa del primer ministro Silvio Berlusconi no le ha costado el apoyo de una parte sustancial del electorado, es evidente que sus proezas en tal sentido han ocasionado más envidia que indignación. En Estados Unidos, en cambio, el grueso de la opinión pública y las autoridades son más severos; se aferran al principio de que si un hombre se mofa de las reglas formales en su vida privada lo hará también como funcionario público, una tesis que ha puesto fin a docenas de carreras políticas promisorias. Asimismo, los norteamericanos son reacios a distinguir entre personas poderosas y ricas como Strauss-Kahn y las presuntamente débiles y pobres, sobre todo si éstas proceden de una “minoría” étnica. Por lo tanto, mientras que muy pocos en Estados Unidos estaban dispuestos a dar a DSK el beneficio de duda alguna luego de que fue denunciado por violación, privación de libertad y otros delitos, muchos eran reacios a cuestionar las afirmaciones de una mucama de hotel africana que, según sus allegados, era una “musulmana piadosa”. A juzgar por las declaraciones no de los abogados de Strauss-Kahn sino de los fiscales que querrían verlo condenado pero descubrieron tardíamente que como testigo la guineana dejaba mucho que desear, a la policía y a las autoridades judiciales de Nueva York les hubiera convenido tratar con mayor escepticismo las afirmaciones de la mucama antes de ensañarse con un político francés destacado, ya que más tarde se revelaría que está acostumbrada a mentir y que está vinculada con criminales: según algunas fuentes norteamericanas, es en realidad una prostituta. Así, pues, siempre y cuando no se produzcan más sorpresas, parecería que, para disgusto de quienes habían celebrado la caída en desgracia del socialista que dirigía el FMI, el elitismo francés derrotará la corrección política norteamericana.

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