Ciclo sin fin
A Israel no le será fácil eliminar la guerra de guerrillas, a menos que logre contar con la plena colaboración de todas las autoridades árabes formales.
La estrategia oficial israelí de eliminar uno a uno a los directamente responsables de preparar a «hombres bomba» para que siembren la muerte entre la población civil no carece de lógica. Incluso podría argüirse que es más justo concentrarse en los jefes que en quienes se limitan a obedecer órdenes y que, de todos modos, de resultar exitosa, la política israelí salvaría no sólo a sus propios ciudadanos sino también a muchos menores árabes que han sido invitados a transformarse en «mártires». Con todo, al reivindicar en público el asesinato selectivo de sus enemigos más peligrosos, el gobierno del primer ministro Ariel Sharon ha agregado un elemento alarmante a un conflicto que en cualquier momento podría provocar una nueva guerra sin cuartel en el Medio Oriente que se vería acompañada por actos de terrorismo en muchas otras partes del mundo, entre ellas la Argentina que, como sabemos muy bien, ya es considerada un teatro de operaciones más por los enemigos mortales no sólo del Estado sino también del pueblo judío.
A través de los años, muchos gobiernos han ordenado el asesinato de personas determinadas por motivos de seguridad, pero virtualmente ninguno ha estado dispuesto a reivindicar dicha modalidad por temor a que sus propios líderes se vieran convertidos en blanco de asesinos profesionales, desastre que los obligaría a fortalecer a los organismos de seguridad hasta extremos difícilmente compatibles con la democracia moderna. De legitimarse el asesinato por razones de Estado, la política podría degenerarse rápidamente en una guerra entre mafias: la violencia de este tipo tiene su propia dinámica y, una vez admitida la conveniencia de matar en defensa propia a los adversarios juzgados más peligrosos, se intensificará la tentación de eliminar también a los «autores intelectuales» y entonces a los aliados en potencia, desencadenando así un proceso sin retorno.
Por cierto, desde el punto de vista de los militantes palestinos y de los «fundamentalistas islámicos» que cuestionan el derecho a existir de Israel, las razones esgrimidas por Sharon ya han servido para legitimar su propio programa de asesinatos «selectivos» que, huelga decirlo, afecta no sólo a los vinculados con el gobierno israelí, sino también a cualquier persona que por los motivos que fueran podría caer víctima de un ataque suicida indiscriminado. Además, la actitud de los funcionarios del gobierno de Sharon ya les ha asegurado a los palestinos la simpatía de muchos occidentales que, horrorizados por los métodos utilizados por las autoridades israelíes, se niegan a dejarse impresionar por los dilemas atroces que les ha planteado el tener que luchar contra enemigos poderosos que no tienen la más mínima intención de respetar reglas de conducta que son consideradas propias de democracias que a lo sumo tienen que enfrentarse con movimientos terroristas relativamente menores como ETA o el IRA Auténtico.
A la larga, el futuro de Israel dependerá de la voluntad de los palestinos y de los demás árabes, sean éstos «fundamentalistas» o no, de aceptar que nunca les será dado eliminarlo. Aunque Israel es claramente capaz de derrotar militarmente a todos sus vecinos en un campo de batalla convencional, no le será nada fácil poner fin a la guerra de guerrillas que han emprendido docenas de grupos, algunos independientes, otros manejados subrepticiamente por distintos gobiernos o por reparticiones gubernamentales de la zona, a menos que logre contar con la plena colaboración de todas las autoridades árabes formales, comenzando con las palestinas. Si bien habrá muchos políticos árabes que preferirían la convivencia pacífica con Israel a una eternidad de conflicto que impediría a sus pueblos disfrutar de los beneficios del progreso económico, a todos les es necesario manifestar su indignación por la contundencia de la reacción israelí frente al desafío supuesto tanto por la «intifada» palestina como por los ataques mortíferos de los hombres de movimientos como Hamas, lo que significa que por ahora la política vigorosa de «autodefensa» adoptada por Israel ha servido para enajenar a los únicos que estarían en condiciones de darle cierta medida de seguridad.