Con los pies en la tierra
Por James Neilson
Acaso lo más esperanzador del comienzo del cuatrienio de Fernando de la Rúa consiste precisamente en la falta de esperanzas exageradas que ha motivado el acontecimiento. Nadie dice creerse en vísperas de una transformación milagrosa: se prevé que el país evolucionará y que tal vez mejorará, pero, incluso si lo que suceda en el resto del planeta ayuda, que el 2003 no será tan distinto de lo que es días antes de internarse en el tercer milenio. Para algunos nostálgicos, tanta modestia, la que toman por pobreza imaginativa, es lamentable. Les cuesta entender que una sociedad es la suma de quienes la conforman y que hoy en día pocos aceptarían ser comparsas en una «epopeya» al servicio de un caudillo, doctrina o país.
Hay que pensar en grande, gritan, pero lo que tienen en mente es algo abstracto, «la grandeza» colectiva, propio de tiempos ya idos, porque los beneficios para el ciudadano común que han deparado las carreras políticas espectaculares -y ni hablar de las militares- han sido a lo mejor efímeras. En la actualidad, todos aspiran a algo más que un pedacito simbólico de la gloria ajena, actitud que, lejos de hacer más fácil la tarea de los gobernantes, la han hecho incomparablemente más onerosa.
El clima que rodeó la puesta en marcha de la presidencia de De la Rúa, pues, se caracterizaba más por el escepticismo tranquilo que por el fervor popular ante las perspectivas recién abiertas por las elecciones que pusieron fin a diez años de «hegemonía» peronista. Se trataba de una novedad que se ha debido a mucho más que la ambigüedad de un resultado que dio el Poder Ejecutivo nacional a la Alianza pero dejó a los peronistas bien parados. Tradicionalmente, la Argentina -es decir, la parte visible que reflejan los espejos mediáticos- ha sido un país ciclotímico, propenso a alternar períodos de optimismo desenfrenado con otros de profundo pesimismo. Por lo común, a comienzos de una gestión, aun cuando se haya tratado de una tan poco promisoria como la del general Jorge Rafael Videla, ha predominado la esperanza al parecer ilimitada, pero luego de dos o tres años de resultados siempre decepcionantes -en vista de las expectativas, ¿cómo no pudieron serlo?- ha resurgido la sensación de que todo fue en vano y que el futuro será peor que el pasado.
Ultimamente, empero, la secuencia así descripta se ha modificado. La ciudadanía se ha vuelto más quisquillosa. Ya no hace gala de una fe cuasirreligiosa en la política. Durante la gestión de Carlos Menem, la euforia se demoró hasta concretarse las fases iniciales y claramente exitosas del «plan de convertibilidad» de Domingo Cavallo, mientras que el pesimismo volvió al difundirse la conciencia de que no se había encontrado la panacea para todos los males del país. Y, lo que es casi inédito, la llegada de De la Rúa no sirvió para cambiar el clima.
Desde luego, puede argüirse que cuando hablamos del grado de optimismo o de pesimismo que presuntamente impera en el «país» sólo se trata de lo que dice una pequeña minoría de personajes públicos, muchos de ellos periodistas, no de lo que estarían pensando los otros 35 millones que también lo habitan. Aunque las encuestas hacen creer que éstos comparten los sentimientos de los «formadores de opinión», medir el estado de ánimo de cualquier grupo heterogéneo no es exactamente fácil: consultados sobre sus inquietudes principales, muchos se ven obligados a contestar de tal manera que parecería que viven angustiados por una multitud de males sociales como la desocupación, la miseria y la educación, cuando en verdad lo que más les preocupa son sus asuntos personales. La mayor parte de la vida de cada uno es privada. En el fondo, todos salvo los políticos profesionales somos «idiotas» reacios a permitir que lo público se apropie de la esfera particular en que encontramos la vida «real».
Aun así, lo que siente la elite gobernante no carece de importancia: el humor de los políticos y de quienes los rodean puede incidir bastante más en la evolución de una sociedad que sus ideas o sus proyectos. Es que cierto optimismo, siempre y cuando no sea consecuencia de la ceguera o de la resistencia a tomar en cuenta hechos antipáticos, contribuye al bienestar general, mientras que el pesimismo puede sembrar pobreza. Si los «dirigentes» están convencidos de que todo irá de mal en peor, algunos, entre ellos los más influyentes, no tardarán en abandonar a sus conciudadanos a su suerte para dedicarse a sus propios negocios. Como quiera que han sido muchas las etapas en las que el lema «sálvese el que pueda» ha estado en los labios de miles de políticos, no extraña que tantos se hayan entregado a la corrupción, haciendo «caja» para los tiempos duros que ven acercarse para que ellos mismos por lo menos tengan una posibilidad de sobrevivir a las calamidades que se concreten.
El optimismo excesivo es igualmente perverso. Un gobierno que se crea dueño de una ideología mágica o del favor divino no prestará mucha atención a factores tan triviales como la eficacia. ¿Por qué perder el tiempo preocupándose por detalles mezquinos si ya no cabe duda de que todo saldrá bien? La negativa a hacerlo antes de que fuera demasiado tarde aseguró el fracaso de la gestión de Raúl Alfonsín -el de «con la democracia se come, se cura…» y así por el estilo- e hizo que fuera nada satisfactorio el saldo del segundo período de Menem en el que se dedicó a cobrar por los logros del primero.
Pues bien: ¿tendrían derecho De la Rúa y sus colaboradores a sentirse optimistas y a esforzarse por persuadir al resto del país de que la confianza en el futuro es plenamente justificada? Si pensamos en las lacras existentes -los enormes bolsones de pobreza, la desocupación, el desplome del sistema previsional, las penurias de la educación, etc.-, tal actitud podría parecer inhumana. Sin embargo, en otras partes del mundo gobiernos democráticos que afrontan dramas casi tan sombríos hablan y actúan como si les fuera dado atenuarlos sin que la oposición o las autoridades religiosas los acusen de crueldad.
Por ejemplo, en España, el gobierno conservador de José María Aznar está aplicando una estrategia similar a la de Menem -y de De la Rúa-, con la aprobación de la mayoría y el apoyo crítico de la oposición socialista. ¿Es porque España es mucho más rica que la Argentina y sus problemas socioeconómicos menores? Sólo en parte. Aunque conforme a las estadísticas el ingreso per cápita español es aproximadamente el doble del argentino, el reparto no es llamativamente mejor: la OCDE, un club primermundista, acaba de difundir la información de que seis millones de españoles tienen un ingreso inferior a 220 dólares mensuales, monto que no supera por mucho las jubilaciones que causan escándalo aquí y, obvio es decirlo, muy inferior a los 500 dólares mensuales que muchos progresistas argentinos piensan constituirían un mínimo razonable. Asimismo, en España la tasa de desocupación, luego de haber estado por encima del 20% durante varios lustros, sigue próxima al 15%.
Si para el 2010 la Argentina puede ufanarse de haber duplicado su producto per cápita en los diez años anteriores -lo cual sería difícil, aunque no inconcebible-, pero aun así una proporción notable de sus habitantes malvivieran con menos de 220 dólares mensuales, muchos se creerían ante una manifestación monstruosa de injusticia, evidencia irrefutable del fracaso del «modelo». Sin embargo, según criterios «primermundistas», los cuales suelen ser bastante más realistas que los generalmente utilizados aquí, tal Argentina sería todo un éxito y sus gobernantes tendrían derecho a sentirse tan orgullosos de su desempeño como Aznar o su antecesor, Felipe González.
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