Conjuras fantasmales

Ensañarse con los mercados es tan absurdo como lo sería que un belicista se quejara de la existencia de campos de batalla.

Redacción

Por Redacción

Todos los pueblos tienden a interpretar el presente a través del prisma de su propia historia, de suerte que puede entenderse la costumbre de ciertos políticos locales, sobre todo de los comprometidos con el radicalismo, de ver en «el mercado» una versión posmoderna de los militares que tantos problemas -y «soluciones»- les dieron antes del colapso es de suponer definitivo del poder fáctico castrense. Sin embargo, ocurre que en otras culturas el «golpismo» es considerado un fenómeno primitivo, típico del subdesarrollo bananero, razón por la cual las afirmaciones formuladas por el secretario general de la Presidencia, Nicolás Gallo, según las cuales los mercados internacionales están conspirando contra la Argentina con el propósito de aplastarla mediante un «golpe económico», habrán ocasionado extrañeza teñida de desprecio entre los más caritativos y, entre otros, preocupación por el destino de un país manejado por personas tan paranoicas, que se creen en guerra contra «golpistas» cuando sólo es cuestión de la escasa confianza de los operadores financieros en la capacidad del gobierno del presidente Fernando de la Rúa de encontrar una «salida» al embrollo realmente extraordinario en el que nos hemos metido. Después de todo, en vista de los antecedentes del gobierno y de la calidad realmente lamentable de la oposición, la voluntad de muchos tenedores de bonos de apostar al fracaso del plan más reciente es tan comprensible como lo es su apuro para posicionarse antes de enterarse de todos los detalles.

Puesto que el mercado sólo es el lugar -a esta altura, ya virtual- en que negocian vendedores y compradores, ensañarse con él es tan absurdo como lo sería que un belicista se quejara de la existencia de campos de batalla cuando lo único que le molesta es el hecho de que las fuerzas propias casi siempre resulten derrotadas por otras mejor preparadas. En el caso de la Argentina, el problema no es que lo que sucede en «el mercado» incide muchísimo en la evolución del país, es que desde hace varios años la mayoría de los especuladores, inversores y ahorristas, sean extranjeros o nativos, tienen motivos de sobra para querer minimizar su participación en la economía nacional transfiriendo sus fondos a otra parte. Por supuesto, si una cantidad suficiente de personas se sintiera tan antimaterialista que estuviera dispuesta a prescindir de buena parte de los bienes y servicios que se negocian en los mercados, la Argentina podría darse el lujo de negarse a respetar la lógica mercantil que, como es natural, rige en los emporios financieros, pero ni siquiera el obispo más entusiasmado por la idea de promocionar «lo humano» por encima de «lo económico» pensaría en ir tan lejos. De todas maneras, mal que les pese a los horrorizados por la tiranía de «los números», la Argentina siempre ha figurado entre los países más materialistas del planeta.

La propensión de voceros oficiales, líderes partidarios y muchos otros a despotricar contra el mercado, tratándolo como si fuera un enemigo despiadado de mentalidad genocida que, según ellos, es capaz de movilizarse con una habilidad y disciplina que envidiaría cualquier organización terrorista, no es meramente anecdótico. Aunque hacerlo ya les es tan instintivo que no es su propósito engañar a nadie, su discurso sirve para distraer la atención de sus propios fracasos. Lo que es peor, so pretexto de estar luchando contra una entelequia siniestra resuelta a depauperar a los argentinos, pueden tomar medidas que son claramente irracionales sin preocuparse demasiado por las consecuencias que, de más está decirlo, atribuirán automáticamente a la malignidad mercantil, aprovechando de este modo los desastres que ellos mismos provocan. Por cierto, en los años últimos las calamidades económicas que se han abatido sobre el país no pueden imputarse a la mala voluntad del mercado como tal o al respeto excesivo de los gobiernos por las reglas imperantes. Antes bien, son el fruto previsible de la convicción de que por motivos misteriosos la Argentina puede darse un lujo que es negado a todos los demás países, el de mofarse de las leyes no sólo económicas sino también matemáticas.


Todos los pueblos tienden a interpretar el presente a través del prisma de su propia historia, de suerte que puede entenderse la costumbre de ciertos políticos locales, sobre todo de los comprometidos con el radicalismo, de ver en "el mercado" una versión posmoderna de los militares que tantos problemas -y "soluciones"- les dieron antes del colapso es de suponer definitivo del poder fáctico castrense. Sin embargo, ocurre que en otras culturas el "golpismo" es considerado un fenómeno primitivo, típico del subdesarrollo bananero, razón por la cual las afirmaciones formuladas por el secretario general de la Presidencia, Nicolás Gallo, según las cuales los mercados internacionales están conspirando contra la Argentina con el propósito de aplastarla mediante un "golpe económico", habrán ocasionado extrañeza teñida de desprecio entre los más caritativos y, entre otros, preocupación por el destino de un país manejado por personas tan paranoicas, que se creen en guerra contra "golpistas" cuando sólo es cuestión de la escasa confianza de los operadores financieros en la capacidad del gobierno del presidente Fernando de la Rúa de encontrar una "salida" al embrollo realmente extraordinario en el que nos hemos metido. Después de todo, en vista de los antecedentes del gobierno y de la calidad realmente lamentable de la oposición, la voluntad de muchos tenedores de bonos de apostar al fracaso del plan más reciente es tan comprensible como lo es su apuro para posicionarse antes de enterarse de todos los detalles.

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