Conspiración absurda
A alfonsinistas y duhaldistas no les alarma el vacío de poder, sino que De la Rúa haya empezado a anteponer el interés del país al de la clase política.
Acaso no exageraba demasiado el presidente Fernando de la Rúa cuando calificó de «conspiración» el deseo manifiesto de diversos dirigentes radicales y peronistas, secundados por una variedad de sindicalistas y otros, de instalar un «gobierno de salvación» que, desde luego, significaría la marginación de su propio equipo, pero mal que le pese maniobras de este tipo son habituales en todas partes. Al fin y al cabo, si un gobierno determinado brinda la impresión de no estar en condiciones de desempeñar sus funciones de forma adecuada, es natural que los preocupados por el futuro del país comiencen a proponer su reemplazo total o parcial. Con todo, si bien hasta hace algunos meses era legítimo suponer que por los motivos que fueran la administración encabezada por De la Rúa sencillamente no estaba a la altura de las circunstancias, tal tesis ya no puede sostenerse. Aunque al presidente no le ha sido dado transformarse en un líder lo bastante fuerte como para merecer el apoyo de todos los muchos que están hartos de ver al país a la deriva, a partir del revuelo provocado por la renuncia de José Luis Machinea y la derrota de mano de los populistas del «ala política» aliancista de Ricardo López Murphy, el equipo que lo rodea es mucho más homogéneo, coherente y enérgico que antes y, para indignación de sus muchos adversarios, se ha puesto a gobernar con cierta firmeza. He aquí el motivo básico de las actividades «conspirativas» de ciertos seguidores de Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde: no es que les haya alarmado el «vacío de poder», es que no les gusta en absoluto que De la Rúa haya empezado a anteponer el interés del país en su conjunto a aquél de sus correligionarios y de la clase política tradicional.
Puede que al país le conviniera contar con una administración aún más decidida y «fuerte» que la actual, pero sucede que lo que los «conspiradores» tienen en mente no es un gobierno que sea capaz de tomar medidas sumamente impopulares sino, por el contrario, uno que se negara sistemáticamente a perjudicar a nadie salvo a un puñado de financistas riquísimos. Por razones que sólo entenderán ellos mismos, los alfonsinistas, duhaldistas y otros que comparten su punto de vista parecen creer que si sus respectivos caudillos se reunieran, sumando a sus huestes a Hugo Moyano y Rodolfo Daer, a algunos lobbistas del empresariado y, tal vez, a un obispo solidario o dos, a fin de formar un nuevo gobierno presuntamente más representativo, el país podría ahorrarse la necesidad de someterse a cualquier «ajuste», por inocuo que éste fuera. De más está decir que se trata de una fantasía grotesca: un gobierno manejado por el artífice de la hiperinflación, en combinación con el máximo responsable del hundimiento de la economía bonaerense, «reforzado» por la presencia de sindicalistas de ideas estrafalarias y lobbistas empresariales, sería a lo mejor una parodia de los confeccionados cuando Isabel de Perón ocupaba la Casa Rosada. De lograr instalarse en el poder tal frente populista, la Argentina se desplomaría por completo un par de días después.
La crisis de los meses últimos ha sido la consecuencia lógica del poder excesivo de los populistas radicales y frepasistas que, por «principio», se oponen a cualquier esfuerzo por manejar la economía con un mínimo de rigor. Comprometidos con el facilismo, han preferido dejar que el deterioro se profundizara, a intentar frenarlo con algo más eficaz que declaraciones atribuyéndolo al «conservadurismo» o a la malevolencia de los mercados. Parecería que no les es dado entender que no es factible poner fin a una crisis sin tomar medidas que muchos encontrarán muy antipáticas, ni que cuanto peor sea una situación más «duras» tendrán que ser las políticas correctivas. Después de todo, si no fuera así, si fuera posible superar cualquier dificultad con reformas que contaran con el beneplácito universal, nunca surgirían crisis económicas en ningún lado, obviedad que, claro está, no comprenderán jamás los populistas que están «conspirando» contra el gobierno del presidente De la Rúa porque, para su indignación indecible, ha comenzado a actuar como un gobierno de verdad.