Contradicciones

Por Redacción

Pocas voces podrían negar que existe consenso en definir a la educación como un derecho humano indiscutible, herramienta que habilita a ciudadanías plenas y puerta de entrada a los demás derechos. Cuando hay educación, se cuenta con mayores medios para ejercer y alcanzar el derecho al trabajo, la dignidad, la libertad de pensamiento, opinión y expresión, al sufragio, etcétera. Es por esta importancia que se le otorga a la educación que cada uno de los actores de la sociedad debería abogar por amparar y fortalecer este derecho.

Hace unos días, y al igual que los últimos dos años, la provincia de Neuquén ha recibido la noticia de un nuevo rechazo a la evaluación Aprender materializado a través de una medida de fuerza, todo esto enmarcado en la defensa de la educación pública.

Hemos presenciado también estos días (y otras tantas veces) una medida de fuerza en desmedro de la educación justificada en la “solidaridad” hacia otros sectores o causas de difícil vinculación al ámbito pedagógico.

¿Cuándo podremos ver esa misma cuota de solidaridad hacia adentro de nuestro sistema educativo, hacia la verdadera razón de ser de cada uno de los que formamos parte de él: los estudiantes? Los mismos que en más de una ocasión han visto restringido el acceso a su educación por estos motivos. Podría al menos esbozarse como paradójico que se pretenda alegar el defender un derecho mediante acciones donde precisamente se lo cercena o se lo impide.

Más confuso resulta aún si los principios que se enuncian al esgrimir esa defensa se identifican como justos y loables pero a la vez se transmiten o defienden a través de actitudes que rozan la coacción.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión y la tolerancia…”. ¿Cómo podrá un niño, una niña o un adolescente desarrollar ese respeto a derechos y libertades si es quien primero y principalmente padece el avasallamiento de su derecho a la educación en pos de banderas que difícilmente pueda identificar como propias? Más aún, cómo podrá desarrollar estas virtudes si esa comprensión y tolerancia de la que habla esta declaración universal a veces son difíciles de identificar en los que representan a sus docentes, actores estos últimos que sin duda son referencia de cada estudiante en sus procesos de formación.

Vivimos inmersos en estas y otras contradicciones. El problema es que en este contexto una palabra, un gesto, una decisión o una acción pueden marcar a fuego para bien o para mal a una persona o toda una generación. Cada niño y niña merece la oportunidad del ejercicio pleno de sus derechos, y más aún, el acceso a ese derecho fundamental que es la puerta a todos los demás.

Merece que estemos a la altura de sus proyectos e ilusiones, de sus sueños. Y por sobre todas las cosas, que dentro del sistema que debe ayudar a su formación se lo tome como prioridad, que cada actor de esa organización se dé cuenta de que ellos son el motivo por el que existe, dejando de lado mezquindades y ambiciones que miran hacia otro lado.

El próximo 18 de octubre tal vez veamos más de una escuela sin estudiantes por una decisión tomada muy lejos de ellos. Una escuela vacía de niños y niñas no es una escuela, es una contradicción más, de esas que duelen. Ojalá algún día dejemos de contradecirnos y miremos todos hacia ellos.

*Director provincial de Planeamiento, Estadística y Evaluación del Consejo Provincial de Educación –CPE– de la provincia del Neuquén


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