Contratos



Angel, como tantos otros, cree saber quién es. No se busca a sí mismo, piensa que ya entiende bastante de sus propios defectos como para continuar escarbando. No es casualidad que su trabajo sea, precisamente, encontrar gente que no quiere ser encontrada. Todo va naturalmente bien (tal y como podría ir en la vida de un modesto detective privado americano) hasta que un misterioso, oscuro y seductor personaje lo contrata para hallar a un ex floreciente actor que desapareció sin dejar rastro algunos años atrás. A partir de ese momento la vida de Angel empieza a resquebrajarse. Su búsqueda va dejando una cadena de crueles asesinatos. Una senda marcada por la sangre de todos aquellos que alguna vez tuvieron contacto con el personaje que indaga. “El dinero no es problema”, le dice su bien vestido cliente (quien prefiere mantener sus reuniones en la intimidad de una iglesia) cuando Harry Angel, el protagonista de “Corazón Satánico” de Alan Parker, le explica que ha terminado enredado en algo que huele sospechosamente a trampa. Otra cosa que Angel no sabe es que su camino está sellado. Tarde o temprano terminará descubriendo al final del laberinto que Lucifer contrató sus servicios para que la obviedad se manifieste ante sus ojos: Angel es aquel actor fugado del mundo. Una estrella que quiso pasarse de lista y que, mediante un ritual atroz, consiguió escaparse temporalmente de las garras del propietario de su alma. El contrato satánico podría entenderse como una imagen literaria que representa los caminos y las decisiones que las personas eligieron para confluir en el ser humano que son. Somos pasado. Aun si se tiene un optimismo a prueba de terremotos, el pasado nos respira en la nuca. A veces, incluso, nos mira de frente con gesto irónico. ¿Qué contratos firmamos para llegar a esto? ¿vendimos alguna vez el alma y ya no nos acordamos? ¿Al buscar, buscamos al verdadero culpable? Podría ser. En rigor, Angel había vendido su alma a cambio de unos años de gloria, muy pocos. Los suficientes como para llegar a la cúspide y morir allí. Un típico cadáver exquisito. Tal vez en más de una ocasión firmamos mandatos que no valen la pena. Por miedo, inseguridad, quién sabe, uno se entrega a ciertos lazos que no deberían atarnos con tanta intensidad. La literatura y el cine está atravesados por títulos que recuerdan este tipo de conflicto de identidades. Su persistencia a través del tiempo nos indica algo. En “El protector”, a un humilde guardia de seguridad un asesino implacable le revela que es un superhéroe y, a su vez, en el “Sexto sentido”, un psicólogo debe aceptar que sigue haciendo terapia con niños aun después de muerto. El policía implacable de “Los sospechosos de siempre” se da cuenta ya muy tarde de que ha estado departiendo en su oficina con el mayor criminal de la historia. ¡Y él que pensaba que el tipo era un perfecto imbécil! En “Memento”, el protagonista ha perdido la memoria y hacia el final entenderá que investigar y matar se han transformado en una particular forma de pasarla bien. En “El Pago”, un especialista en tareas peligrosas organizó su propia fuga al futuro en un tiempo del que ya sólo le quedan retazos. Más patético aún es el caso del Dr. Jekyll, quien descubre en el centro de su ser a un personaje profundamente malvado, Mr. Hayde. Un renacuajo insoportable que consume por dentro a su noble portador. No hay apuestas sobre seguro. Nuestra vida es una ruleta, no importa qué tanto nos esforcemos en volverla predecible o impredecible, siempre habrá un alto grado de contrariedad e incertidumbre. Ese elemento discordante es el que viene desde tiempos remotos y le otorga algún sentido a todo. Risas y lágrimas que una vez nos constituyeron y ahora no nos dejan en paz. Los pactos que se firman con el pasado no caducan.

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar


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