Corruptos al ataque

Por Redacción

Según Transparencia Internacional, en la actualidad la Argentina es un país decididamente más corrupto de lo que era hace uno o dos años, y ni hablar de la década menemista, en la que, a juicio de casi todos, los negociados dudosos se hicieron rutinarios. Mientras que en el 2001 ocupamos el lugar número 57 en la tabla de posiciones del organismo cuya sede está en Berlín, al año siguiente nos encontrábamos en el 72, para llegar este año a ubicarnos en el número 92. ¿Ello quiere decir que la implosión económica que se produjo después de la caída del presidente Fernando de la Rúa se vio acompañada por un colapso moral igualmente espectacular? La verdad es que es imposible saberlo. Por depender los índices de Transparencia de las impresiones subjetivas de los empresarios, académicos y otros, puede que por distintos motivos los consultados hayan exagerado, pero aunque lo hayan hecho no nos convendría subestimar la importancia del hecho ya innegable de que en opinión del resto del mundo la Argentina se asemeja a un antro de ladrones. Para un país en default cuyos gobernantes están tratando de llegar a un acuerdo con medio millón de acreedores que se sienten defraudados, tal imagen, por distorsionada que estuviera, no puede sino constituir una desventaja muy grande.

Mientras que por motivos internos el gobierno actual, como el encabezado por el presidente interino Eduardo Duhalde, está esforzándose por convencer a la población de que si bien “todos hemos cometido errores” nuestra crisis económica es en buena medida obra del Fondo Monetario Internacional y de una cohorte de “neoliberales” ineptos que por fortuna ya no están en el poder, en el exterior los más propenden a buscar las causas en las deficiencias de nuestro orden socioeconómico y, huelga decirlo, en las características sui géneris de la clase política local. Tal actitud dista de ser caprichosa: después de todo, casi todos los demás países, incluyendo a muchos cuya situación objetiva es mucho peor que la nuestra, han logrado mantenerse a flote, de suerte que es lógico suponer que los muy pocos que se han hundido lo hayan hecho como consecuencia de sus propias particularidades, entre ellas la corrupción al parecer crónica de sus gobernantes y de la falta de interés resultante en la seguridad jurídica o en la letra chica de los contratos. Así las cosas, ni el presidente Néstor Kirchner ni el ministro de Economía Roberto Lavagna, los dos representantes de un movimiento político largamente “hegemónico”, tienen derecho a sentirse sorprendidos por la reacción poco amable de los acreedores frente a sus propuestas más recientes. Está tan difundida la idea de que nuestros dirigentes se han habituado a vivir a expensas tanto de sus compatriotas menos privilegiados como de los ahorristas extranjeros, que es natural que las afirmaciones oficiales acerca de la escasa sofisticación de los inversores que compraron bonos argentinos cuando deberían haber tomado en cuenta los riesgos hayan sido interpretadas como si se tratara del verso de estafadores profesionales.

Por fortuna, ya escasean los dispuestos a minimizar la importancia de la corrupción al considerarla un asunto meramente folclórico típico de sociedades que valoran los vínculos personales más de lo que es común en países “puritanos” como los escandinavos y los anglosajones. No sólo es la corrupción generalizada una fuente de injusticia flagrante, sino que también está incidiendo de mil maneras, todas negativas, en nuestra relación con “el mundo”. De existir la convicción de que a pesar de sus eventuales equivocaciones y su notoria ineficacia la clase dirigente argentina era básicamente honesta, tanto los políticos de los países avanzados como los funcionarios de las grandes instituciones transnacionales estarían dispuestos a coincidir en que el desplome de la economía fue consecuencia de una combinación de mala suerte y las deficiencias del sistema financiero internacional. En cambio, al confirmarse mediante Transparencia de que la Argentina es uno de los países más corruptos del planeta, muchos dan por descontado que sus problemas se deben a la rapacidad de personajes que, luego de haber saqueado a sus propios compatriotas, se han propuesto repetir el operativo despojando a inversores extranjeros. 


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