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Columna semanal

Redacción

Por Redacción

EL DISPARADOR

El pibe, de unos 30 años, camisa, corbata, traje, barba de dos días, escucha más de lo que habla. El tipo bordea los 50, canoso, con un par de kilos de más, locuaz; está acompañado por una mujer, morocha, silenciosa, y los dos llevan el mismo anillo -de plata, grueso-. Los tres comparten una mesa en un restaurante en Belgrano, en una zona de oficinas de Buenos Aires. Parece una charla más, después del almuerzo, pero pasan cosas.

-¿Vó qué queré? -dice el tipo, sonriendo ante la moza y dándole la carta a su mujer, que de pronto parece tener bastante menos que sus cuatro décadas bien llevadas.

Ella, pálida, con los labios pintados de un furioso rojo, lee el menú un rato, sin decidirse, con los ojos muy abiertos y la boca cerrada.

-Mi señora -comenta el pibe- me contaba el otro día que la gente antes iba a los almacenes y metía la mano en unos canastos, unas latas, y directamente ya sacaban las galletitas que querían y las ponían en una bolsa.

-A ella se lo habrá contado su madre, porque eso era en otra época, yo sé lo que te digo… -replica el tipo, que enfoca su mirada en su mujer.

La moza pregunta qué van a ordenar. El pibe pide “un café en jarrito, con solo una gotita de leche”. El tipo la mira a su mujer y suelta: “¿Y, nena?”. Ella elige un submarino con dos medialunas. El tipo, con la voz áspera, no duda: “Traeme un café chiquito, lo clásico”.

El pibe habla de su trabajo como vendedor en una multinacional.

-Es terrible, te exprimen y al final la plata fuerte va toda para ellos, es un abuso -se queja.

-Mirá, donde estás vos, yo vendía más que nadie. ¿Sabés qué me llegaron a decir? Que no había nadie como yo y que si me iba, la empresa cerraba. Así que a mí no hace falta que me expliqués nada, eh, yo la tengo clara.

-Y sí, es verdad… Pasa que vos estás siempre en todos los detalles, sos un fenómeno, no se te escapa una, eh -dice el pibe.

La mujer, que no se saca su tapado, mira de reojo al pibe, mastica una medialuna y toma un trago de su leche con chocolate.

-Es la experiencia, uno ya sabe lo que va a pasar -sigue el tipo-. Las cosas son muy simples, cuando las quieren hacer difíciles es por ineptos. Es incompetencia, porque son inútiles. Son inservibles, ¿mentendé? Bueno, me esperan un minuto que voy al baño -dice y se pone de pie-.

Mientras él se va, ella termina la segunda medialuna y el submarino.

-¿Vas para tu casa? Te llevo -le dice el pibe.

-Dale -acepta ella.

El tipo vuelve y, apurado, pide la cuenta: “Dejá, pago yo que tengo más guita que ustedes… Pero cuchá una cosa, ¿qué dice, acá, el tícke? Porque después me lo meto sabés dónde, ¿no? En la empresa no me lo quieren pagar si no está claro qué consumí”.

-Está bien, detalla todo -lo tranquiliza ella.

-Bueno, Carla, ¿qué querías hacer vó? Yo me voy a la oficina -avisa el tipo.

-Nada, me tomo un taxi y me voy para casa, me quiero acostar un rato. Te veo a la noche.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


EL DISPARADOR

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