Costumbres canallescas
De todas las formas de corrupción, las más despreciables son las practicadas por quienes se quedan con una tajada de los fondos para los indigentes.
Pocos negarían que de todas las formas de corrupción, las más despreciables son las practicadas por quienes se las arreglan para apoderarse de una tajada importante de los fondos destinados a ayudar a los indigentes, a los enfermos y a los ancianos sin recursos, de suerte que sería de suponer que esta variante del delito sería virtualmente desconocida en un país tan solidario como el nuestro. ¿Lo es? Desde luego que no. Por el contrario, las «cajas» políticas más notorias son precisamente las conformadas por el PAMI y la Anses, mientras que nadie ignora que los más beneficiados por los diversos «planes» asistenciales que siguen surgiendo suelen ser aquellos operadores partidarios y sindicalistas cuyo entusiasmo por la justicia social tiene más que ver con el deseo de contar con oportunidades adicionales para lucrar, que con su presunto compromiso con la equidad. Así, pues, no habrá sorprendido a nadie que el informe que acaba de producir la consultora Equis sobre la base de una investigación del plan nacional alimentario que se llama, con un toque de humor negro, Unidos, ha destapado una situación a la vez grotesca y patética que movería a risa si no fuera por el hecho de que millones de personas de carne y hueso pasan penurias gravísimas debido a las actividades de las bandadas de buitres que engordan gracias a las desgracias ajenas.
En teoría, el plan Unidos sirve para asegurar que 600.000 indigentes, repartidos geográficamente de manera a primera vista arbitraria pero que con toda seguridad parecería lógica a cierto tipo de «político», reciban cajas de comida dos veces por mes, impidiendo así que un sector significante de la población sufra de desnutrición en un país que una vez supo ser sinónimo de abundancia alimentaria.
Sin embargo, todo hace creer que se trata más que nada de una gran estafa perpetrada por gente desalmada. Según parece, conforme al empadronamiento del cual sirven los gerentes de Unidos, entre los beneficiarios del programa se encuentran 120.000 jefes de familia mayores de 90 años, fenómeno que provocaría asombro en países célebres por la longevidad de sus habitantes y por la eficiencia extraordinaria de sus servicios médicos, y que aquí es claramente absurdo. Es decir, lo sería si ya no estuviéramos tan acostumbrados a que, de tomarse en serio los «datos» disponibles de los responsables de manejar distintos planes sociales, en las provincias más miserables decenas de miles de gerontes celebraron hace tiempo su cumpleaños número cien. Asimismo, es frecuente que una sola persona haya tenido la buena suerte de estar registrada en dos o tres padrones diferentes, lo que, se supone, le permite obtener dos o tres cajas de comida por quincena. Los distritos más favorecidos por este «plan social» son Chubut y, cuando no, La Rioja, mientras que muchísimos indigentes en provincias paupérrimas se han visto excluidos.
Nada de eso ocurriría si el país contara con una administración pública eficaz, pero sucede que a juicio de los sindicalistas más poderosos y de la mayoría de los políticos eficacia es una mala palabra.
Aunque suelen imputar el odio que sienten por la eficacia a su sensibilidad social, su respeto ilimitado por «lo humano» y su aborrecimiento del «economicismo», la verdad es que la razón principal por la que les encanta la desprolijidad consiste en su viva conciencia de que donde impera el caos es mucho más fácil robar. Asimismo, estos sujetos se concentran en despojar a los más pobres porque saben muy bien que a diferencia de otros no son conscientes de sus derechos legales y es escaso el peligro de que uno pida la ayuda de un abogado. Huelga decir que en las ocasiones en que un organismo nacional o internacional «denuncia» las condiciones atroces en las que viven tantos compatriotas que han sido abandonados a su suerte, los punteros y militantes partidarios que han hecho de la maraña de «planes sociales» que se han improvisado una buena fuente de ingresos políticos las atribuyen al «modelo liberal», o al «capitalismo», consiguiendo de este modo desviar la atención de sus propios atropellos que tanto han contribuido a la miseria que se ha expandido por todo el territorio del país.