Crecimiento y desarrollo



Los miembros de un gobierno autoritario pueden decir necedades o contradecirse unos a otros sin que nadie se sienta perturbado por ello”. La frase parece actual, sin embargo fue escrita por James Neilson el 16 de marzo de 1978, cuando muchos callaban y otros -actualmente predicadores populistas- iniciaban su patrimonio tratando de ignorar, en lejanas provincias, los dolorosos hechos ocurridos durante el proceso militar. En la misma nota, publicada en el Buenos Aires Herald (uno de los pocos medios que se atrevía a decir cosas), el columnista agregaba: “El temor a la democracia es en gran medida el miedo a exponerse a que otros descubran la verdad”.

Siempre habrá una isla en el Paraná que se prenda fuego, o algún tenebroso Patti para liberar y -luego- volver a encarcelar. Tal vez aparezcan conflictos posibles de potenciar, el de Botnia por ejemplo, o un Bergoglio, De Angeli o De Gennaro a quien verduguear. Porque lo importante son las cortinas de humo que oculten, aunque sea por un ratito, dos dramas argentinos con incumbencia directa de gobierno: la inflación y la crisis energética.

La moneda, en el mundo occidental, es un instrumento para realizar transacciones. Tiene un valor, el cual es constante en tanto y en cuanto los bienes y servicios que se obtengan por su intermedio no sufran alza de precios. Si ello ocurre es porque la oferta de bienes es escasa o el dinero vil. De allí que la base monetaria sea una cuestión sumamente delicada. El Banco Central de cualquier país periférico procura la estabilidad cuando adquiere activos internacionales no devaluables y concede créditos internos que favorezcan el desarrollo económico. Pero cuando la operación es otra cosa, destruye -indefectiblemente- la cotización del dinero. Allí aparece la inflación y no hay INDEC que lo disimule. Cuando el gobierno del presidente Kirchner rescataba dólares, producto de las enormes exportaciones de materias primas, y los acopiaba en el Banco Central estaba definiendo una política monetaria. Era un dólar caro, artificialmente mantenido en tres pesos y monedas, lo cual obligaba al consumidor de cabotaje a competir con el mercado externo. A los tumbos, el crecimiento de origen agropecuario permitió una fabulosa reserva verde, que de alguna manera alimentó sueños imperiales en los inquilinos de Balcarce 50. Por supuesto, a riesgo de la soberbia como único pecado sin perdón. Basta preguntar por Lucifer, el más hermoso, inteligente y corajudo de los arcángeles celestiales. Sólo que se creyó Dios y así le fue… En la misma sintonía, cuando Néstor Kirchner saldó la deuda con el Fondo Monetario Internacional, extrajo del Banco Central divisas que respaldaban el circulante de la moneda argentina. Para enmendar la bravuconada emitió títulos de deuda con una tasa de interés doble a la que tenía con el FMI. Lo cierto es que, teniendo la posibilidad de apostar al desarrollo de más y mejores bienes, replantear un modelo productivo que potencie su capacidad de exportación y generar un esquema de valores agregados determinados por la demanda laboral, hizo todo lo contrario. Entre otros efectos absurdos causó el encogimiento de

la lechería nacional, con lo cual disparó los precios de la góndola láctea. Porque si existe una actividad sólida, afianzada tecnológicamente, con genética sofisticada, participación familiar en la estructura empresaria y una enorme equidad en la distribución del ingreso, ésa es precisamente la lechera tranqueras adentro. Lo increíblemente obtuso es lo que está sucediendo. La tonelada de leche en polvo duplicó su precio internacional, lo cual está presagiando un porvenir expansivo de la actividad. Sin embargo, a contramano de la lógica, las gambetas gubernamentales manipularon el famoso fondo para la mesa lechera y terminaron desalentando una cultura centenaria. Del 2006 al 2007, la recepción industrial de leche cayó un 11,2%. Y el asunto sigue barranca abajo con un agravante tuerto, bizco y estevado: los 8.500 millones de litros que se producen anualmente podrían llegar, para el 2020 haciendo bien los deberes, a 20.000 millones. Con todo lo que eso significa en términos de generación de riqueza, demanda de mano obra (directa e indirecta) y excedentes con precios internos asequibles.

Después de la privatización menemista de YPF, llegó el aire frescamente esperanzado de la actual gestión. Sin embargo, a cinco años vista, el paisaje no sólo continuó siesta delarruista, sino que empeoró. La matriz energética de la generación eléctrica actual tiene origen gasífero del 50%, petrolífero 40%, hidroeléctrico 5%, nuclear 4% y 1% del resto. Si se piensa que las reservas probadas de hidrocarburos, de seguir el ritmo de consumo y exportación, están entre los cinco y diez años, se entiende por qué el poder político reza en silencio para que la opinión pública no se entere de la catástrofe que viene.

Sin embargo, a la inflación y al dilema energético se les agrega un complejo entrecruzado cuyos componentes tienen algo de optimismo criollo y mucho de fatalidad universal. Cuando nadie lo imaginaba apareció el crecimiento argentino con cinco años continuados de este extraño maná estadístico. Para entender el fenómeno hay que remontarse a mediados del siglo XVIII. Francisco Quesnay (1694-1774), médico de personal de Luis XV, desarrolló una teoría económica basada en el protagonismo agrario. Lo que no tuvo en cuenta la fisiocracia (así se llamó esta hipótesis) es que, en ese mismo momento, estaba irrumpiendo la revolución industrial y que una de las claves del modelo descansaba en el sometimiento de las materias primas al proceso de transformación. Por otro lado Carlos Marx (1818-1883) construyó su doctrina analizando el paradigma industrial. Sin embargo la revolución floreció en Rusia, país agropecuario, con lo cual el capítulo campesino sucumbió, nuevamente, en aras del propósito industrializador. De allí en más -especialmente en todo el mundo capitalista- la agricultura pasó a ser la hija de la pavota y sirvió para que otros actores de la cadena económica hicieran buenos negocios. Dos siglos y medio más tarde, cuando ambas cortinas (la de hierro y bambú) cayeron, los súbditos dejaron de ser entes grises y comenzaron a consumir. Otro ingrediente: desde 1970 a la fecha la población mundial duplicó su demografía, con lo cual la demanda de bienes esenciales escapó por la tangente. Como es de público conocimiento, cuando un carenciado tiene un peso en el bolsillo, lo gasta en comida. Entre China y la India solamente (sitios donde el trabajo es barato) suman casi el 30% de la humanidad. Por pequeño que haya sido el progreso personal, la expansión del consumo infló la demanda de alimentos y catapultó sus precios a niveles estratosféricos. La revancha fisiocrática, no obstante, se encontró -a nivel mundial- con déficit de tierras productivas, granos destinados a biocombustibles y una sociedad patológicamente urbanizada. Todo sugiere una extrapolación fabulosa del negocio alimenticio. Fatalmente el tren de la oportunidad está pasando de largo por la Casa Rosada. El autoritarismo, descrito por Neilson hace 30 años, es un engendro que confunde crecimiento con desarrollo y no admite otra opción que apelar -cada vez con más frecuencia- a las ya conocidas cortinas de humo.

ANDRÉS J. KACZORKIEWICZ (*)

Especial para “Río Negro”

(*) Ex subsecretario de Producción Agraria de la provincia del Neuquén.

E-mail: dr-k@speedy.com.ar


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