Crispación en Estados Unidos
No bien se produjo el tiroteo en el estado norteamericano de Arizona en que murieron seis personas, entre ellas un niña de 9 años, y fue gravemente herida la congresista demócrata Gabrielle Giffords, se puso en marcha un esfuerzo por politizar el asunto atribuyéndolo al Tea Party, un movimiento espontáneo sin líderes formales, o a la ex candidata vicepresidencial Sarah Palin. Aunque todo hace pensar que el asesino es un enfermo mental de opiniones llamativamente excéntricas –dice que entre sus libros favoritos están el Manifiesto Comunista y Mi Lucha de Adolf Hitler y, para más señas, parece creer que el gobierno norteamericano llevó a cabo los ataques terroristas contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono, una teoría conspirativa propia de la izquierda extrema–, a muchos simpatizantes del gobierno demócrata les resultó irresistible la oportunidad que vieron para fustigar a sus contrincantes ideológicos, acusándolos de difundir un clima de odio con el propósito de frenar las reformas impulsadas por el presidente Barack Obama. En el caso de Palin, la evidencia en su contra consistió en la difusión de un mapa en que distritos electorales determinados fueron identificados como blancos de tiro pero, como los partidarios de quien fue la compañera de fórmula del candidato republicano John McCain no tardaron en señalar, políticos demócratas también han hecho uso frecuente de la misma simbología. Bien que mal, en Estados Unidos como en otras partes del mundo el léxico de militantes políticos de todas las corrientes, incluyendo las presuntamente pacifistas, está atiborrado de metáforas militares, lo que es lógico por tratarse de una actividad a menudo conflictiva, de suerte que tomarlas selectivamente al pie de la letra es cuando menos tendencioso. Asimismo, no hay demasiados motivos para suponer que en los últimos años los políticos norteamericanos hayan adoptado un estilo retórico más vehemente y por lo tanto más propenso a provocar actos de violencia que en el pasado. Al fin y al cabo, cuando George W. Bush ocupaba la Casa Blanca, sus críticos más decididos no vacilaban en compararlo con Hitler y no protestaron cuando fue premiada, en el Festival de Toronto, una película –un “docudrama”– en que lo asesinaron, mientras que en décadas anteriores los contrarios al presidente de turno eran igualmente contundentes a la hora de descalificarlo. Tampoco hay motivos para creer que el extremismo de derecha o de izquierda esté afectando a más gente que antes de la elección de Obama. Claro, si el movimiento amorfo del Tea Party realmente fuera tan “ultraconservador”, para no decir neofascista, como imaginan muchos progresistas tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, estaríamos ante una amenaza escalofriante, ya que conforme a las encuestas una gran proporción de los norteamericanos comparte las mismas actitudes. Sin embargo, lo que caracteriza al Tea Party no es la beligerancia xenófoba o la afición de quienes asisten a sus reuniones a las teorías conspirativas sino la oposición a un mayor intervencionismo estatal y la angustia que muchos sienten frente al aumento espectacular de la deuda pública. De todos modos, si bien es factible que lo que ocurrió en Tucson sirva para que por un rato los políticos norteamericanos procuren hablar con más cuidado por temor a que si adoptan una postura excesivamente dura sujetos desequilibrados actúen en consecuencia, la voluntad de tantos oficialistas y opositores de creerse frente a una horda de fanáticos despiadados que irían a cualquier extremo es de por sí peligrosa. Como hemos aprendido, satanizar al adversario tratándolo como un enemigo mortal hace virtualmente imposible el debate civilizado. Desgraciadamente para Estados Unidos, luego de la matanza que se dio en Tucson no sólo los propagandistas más belicosos de derecha e izquierda cayeron en la trampa así supuesta sino que los acompañaron algunos dirigentes y comentaristas prestigiosos que, es de suponer sin habérselo propuesto, contribuyeron de tal manera a intensificar el clima de crispación que dicen deplorar y aumentaron el riesgo de que en adelante se produzcan más crímenes políticos en un país en que últimamente, para alivio de quienes recuerdan los convulsionados años sesenta del siglo pasado, han sido poco frecuentes.