Cristina en tiempos de escasez
La necesidad tiene cara de hereje. Para desconcierto de sus partidarios que suelen hablar como si creyeran que es deber de un buen gobierno manifestar el mismo desprecio por los números que exigen ciertos clérigos solidarios, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner pidió a los “compañeros trabajadores”, es decir, a los jefes sindicales que la apoyan, contestar una pregunta sencilla: “¿cómo hacemos para financiar la obra pública si no cobramos impuestos?”. En boca de un economista ortodoxo o neoliberal tales palabras motivarían indignación, ya que todo populista que se precie entendería que sólo se trata de pretextos para privar a los asalariados de una parte sustancial de sus ingresos, pero sucede que desde hace años el gobierno kirchnerista está librando una batalla ideológica furibunda contra los preocupados por el aumento explosivo del gasto público y por la inflación que ha provocado. Sea como fuere, parecería que, por fin, Cristina se ha dado cuenta de que la economía nacional no es tan flexible como esperaba y que realmente existen los límites señalados por aquellos “ortodoxos” reaccionarios que ha vapuleado en sus discursos, razón por la que no quiere oír hablar de la eliminación de Ganancias, la reducción de los derechos de exportación y otras medidas reclamadas por quienes se han visto perjudicados por la política del gobierno. No cabe duda de que Cristina tiene razón cuando insiste en que al gobierno le sería imposible continuar financiando la obra pública sin cobrar los impuestos más importantes, entre ellos Ganancias y los supuestos por las retenciones, pero no la tiene cuando da por descontado que al país no le queda más opción que mantener las cosas como están. Aunque existiera un consenso universal a favor del “modelo” kirchnerista, la falta de recursos genuinos sería de por sí suficiente como para que no resultara viable. Asimismo, para combatir la estanflación en la que el país se debate desde hace tanto tiempo, y de la que le costará mucho salir, el próximo gobierno tendrá que reducir la presión impositiva aun cuando hacerlo lo obligue a gastar mucho menos, o sea, adoptar una estrategia que kirchneristas, izquierdistas y muchos otros calificarán de “neoliberal”. Huelga decir que no le será nada fácil. Para muchas personas, los “planes” sociales, los empleos superfluos en el sector público, los subsidios energéticos que benefician no sólo a los pobres sino también a los acomodados, y así por el estilo, constituyen derechos adquiridos irrenunciables. A causa de la inflación, algunos “planes” les brindan mucho menos que en el pasado reciente, pero no podrán prescindir por completo de ellos sin caer en la miseria más absoluta. De haber actuado desde el vamos Cristina con el realismo reflejado por su voluntad de oponerse a los reclamos tanto de los sindicalistas amigos como de aquellos opositores oportunistas que han hecho de la eliminación de Ganancias una bandera de lucha con el propósito de congraciarse con los asalariados, la economía no se encontraría al borde de un colapso que, de concretarse, tendría consecuencias desastrosas para millones de personas. En el corto plazo, inflar el gasto público sin manifestar interés alguno en la calidad de las obras construidas o los servicios brindados por el Estado puede ser políticamente muy provechoso, pero a la larga sólo sirve para que sea inevitable una crisis gravísima seguida por un ajuste brutal, como el que ya está en marcha. Aunque los hay que creen que el gobierno kirchnerista eligió la irresponsabilidad populista por suponer que le convendría que la economía se hundiera justo cuando estaba por irse, lo más probable es que Cristina haya confiado en las recetas voluntaristas que le suministraban los miembros de su pequeño círculo áulico. Puede que la presidenta todavía crea que la política socioeconómica que ensayó fue la más progresista factible y que, de no haber sido por la maldad del “mundo”, la perversidad de un juez norteamericano y la codicia insaciable de los fondos buitre, el país estaría disfrutando de un nivel de prosperidad sin precedentes, pero así y todo se ha visto constreñida por las circunstancias a asumir posturas que, de ser menos preocupantes las perspectivas ante el país, denunciaría como propias de los sectores más retardatarios.
La necesidad tiene cara de hereje. Para desconcierto de sus partidarios que suelen hablar como si creyeran que es deber de un buen gobierno manifestar el mismo desprecio por los números que exigen ciertos clérigos solidarios, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner pidió a los “compañeros trabajadores”, es decir, a los jefes sindicales que la apoyan, contestar una pregunta sencilla: “¿cómo hacemos para financiar la obra pública si no cobramos impuestos?”. En boca de un economista ortodoxo o neoliberal tales palabras motivarían indignación, ya que todo populista que se precie entendería que sólo se trata de pretextos para privar a los asalariados de una parte sustancial de sus ingresos, pero sucede que desde hace años el gobierno kirchnerista está librando una batalla ideológica furibunda contra los preocupados por el aumento explosivo del gasto público y por la inflación que ha provocado. Sea como fuere, parecería que, por fin, Cristina se ha dado cuenta de que la economía nacional no es tan flexible como esperaba y que realmente existen los límites señalados por aquellos “ortodoxos” reaccionarios que ha vapuleado en sus discursos, razón por la que no quiere oír hablar de la eliminación de Ganancias, la reducción de los derechos de exportación y otras medidas reclamadas por quienes se han visto perjudicados por la política del gobierno. No cabe duda de que Cristina tiene razón cuando insiste en que al gobierno le sería imposible continuar financiando la obra pública sin cobrar los impuestos más importantes, entre ellos Ganancias y los supuestos por las retenciones, pero no la tiene cuando da por descontado que al país no le queda más opción que mantener las cosas como están. Aunque existiera un consenso universal a favor del “modelo” kirchnerista, la falta de recursos genuinos sería de por sí suficiente como para que no resultara viable. Asimismo, para combatir la estanflación en la que el país se debate desde hace tanto tiempo, y de la que le costará mucho salir, el próximo gobierno tendrá que reducir la presión impositiva aun cuando hacerlo lo obligue a gastar mucho menos, o sea, adoptar una estrategia que kirchneristas, izquierdistas y muchos otros calificarán de “neoliberal”. Huelga decir que no le será nada fácil. Para muchas personas, los “planes” sociales, los empleos superfluos en el sector público, los subsidios energéticos que benefician no sólo a los pobres sino también a los acomodados, y así por el estilo, constituyen derechos adquiridos irrenunciables. A causa de la inflación, algunos “planes” les brindan mucho menos que en el pasado reciente, pero no podrán prescindir por completo de ellos sin caer en la miseria más absoluta. De haber actuado desde el vamos Cristina con el realismo reflejado por su voluntad de oponerse a los reclamos tanto de los sindicalistas amigos como de aquellos opositores oportunistas que han hecho de la eliminación de Ganancias una bandera de lucha con el propósito de congraciarse con los asalariados, la economía no se encontraría al borde de un colapso que, de concretarse, tendría consecuencias desastrosas para millones de personas. En el corto plazo, inflar el gasto público sin manifestar interés alguno en la calidad de las obras construidas o los servicios brindados por el Estado puede ser políticamente muy provechoso, pero a la larga sólo sirve para que sea inevitable una crisis gravísima seguida por un ajuste brutal, como el que ya está en marcha. Aunque los hay que creen que el gobierno kirchnerista eligió la irresponsabilidad populista por suponer que le convendría que la economía se hundiera justo cuando estaba por irse, lo más probable es que Cristina haya confiado en las recetas voluntaristas que le suministraban los miembros de su pequeño círculo áulico. Puede que la presidenta todavía crea que la política socioeconómica que ensayó fue la más progresista factible y que, de no haber sido por la maldad del “mundo”, la perversidad de un juez norteamericano y la codicia insaciable de los fondos buitre, el país estaría disfrutando de un nivel de prosperidad sin precedentes, pero así y todo se ha visto constreñida por las circunstancias a asumir posturas que, de ser menos preocupantes las perspectivas ante el país, denunciaría como propias de los sectores más retardatarios.
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