Cristina y su criatura

Redacción

Por Redacción

A los presidentes nacionales les encanta suponerse artífices de un “modelo” socioeconómico propio. Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde solían aludir con frecuencia a las bondades de los suyos, proclamándose decididos a luchar contra viento y marea contra los partidarios de otros esquemas, pero en este ámbito Cristina Fernández de Kirchner los ha superado con creces, ya que pocos días transcurren sin que se afirme resuelta a defender el que se atribuye contra los deseosos de desmantelarlo e incluso ha procurado exportarlo a los países más ricos, sugiriendo a dirigentes como Barack Obama y José Luis Rodríguez Zapatero que les convendría aprender del ejemplo argentino. No sorprendió, pues, que, ya recuperada de “un golpe de calor y nada más” que hace poco más de una semana la obligó a tomar algunas horas de descanso, Cristina haya aprovechado la oportunidad que le brindó un encuentro con boxeadoras que le regalaron guantes de color rosa de su especialidad para asegurarnos que “vamos a defender este modelo con uñas y dientes”, por tratarse de “una criatura que va a cumplir ocho años el 25 de mayo: que se le fue el padre, pero que quedó la madre para defenderlo”. A diferencia de aquellas madres que procuran preparar a sus “criaturas” para que puedan enfrentar los desafíos planteados por un mundo cruelmente competitivo, Cristina no es exigente en absoluto. Lejos de forzarla a aplicarse como hacen sus contemporáneas de otras latitudes, insiste en colmarla de favores de toda clase, con el resultado de que, como muchos chicos consentidos, corre el riesgo de caer víctima de los vicios que son típicos del llamado “capitalismo de los amigos”. La corrupción que es inherente a esta variante tercermundista del capitalismo ya ha alcanzado niveles alarmantes y otros males que le son relacionados están contribuyendo a debilitarla. Si el destino de los “modelos” dependiera de la voluntad de quienes se atribuyen la paternidad, el de Cristina disfrutaría de buena salud hasta llegar un nuevo presidente que, de militar en otra corriente política, lo reemplazaría con uno supuestamente muy distinto, pero, como hemos descubierto a través de los años, a veces se derrumban aplastados por circunstancias que nadie está en condiciones de manejar, con consecuencias devastadoras para millones de personas. Es lo que sucedió con la versión del menemista que fue apropiada por De la Rúa y, tal y como están las cosas, algo muy similar podría sucederle al “modelo” que los Kirchner heredaron de Duhalde para entonces proceder a “profundizarlo”. Para defenderlo con éxito, la presidenta tendría que frenar la inflación que amenaza con desbocarse, estimular la inversión, algo que la obligaría a tomar en serio lo de la seguridad jurídica, encontrar el modo de desenmarañar el sistema alocado de subsidios cruzados que se ha creado con el propósito de ahorrarse problemas políticos puntuales, evitar caer en la trampa supuesta por el proteccionismo excesivo, impedir que se consolide la brecha que separa a la minoría acomodada de una masa de pobres que propende a crecer, mejorar la educación de las próximas generaciones, arreglar con el Club de París para dejar atrás por una vez el default y poner fin a la efervescencia sindical, entre otras cosas, pero parecería que Cristina no tiene ninguna intención de tomar medidas que para muchos serían muy antipáticas. Como ya sabemos, estamos en un año electoral, o sea hay buenos motivos para temer que se haya iniciado la temporada de viva la pepa. De todas formas, la costumbre de calificar de “modelo” a la política económica de turno es de por sí perjudicial. En el mundo actual, la rigidez dogmática que dicha palabra implica dista de ser una virtud. Aunque nadie sabe muy bien en qué consiste el “modelo” que Cristina reivindica con orgullo maternal, lo que, pensándolo bien, puede considerarse una ventaja, el empleo del término la hace propensa a reaccionar con intransigencia frente a quienes recomiendan tomar medidas encaminadas a impedir que se reediten las crisis traumáticas ocasionadas por el choque de “modelos” anteriores contra la realidad. Convendría, pues, que la presidenta reconociera que todas las economías exitosas comparten tantas características que a esta altura hablar de “modelos” únicos carece de sentido.


A los presidentes nacionales les encanta suponerse artífices de un “modelo” socioeconómico propio. Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde solían aludir con frecuencia a las bondades de los suyos, proclamándose decididos a luchar contra viento y marea contra los partidarios de otros esquemas, pero en este ámbito Cristina Fernández de Kirchner los ha superado con creces, ya que pocos días transcurren sin que se afirme resuelta a defender el que se atribuye contra los deseosos de desmantelarlo e incluso ha procurado exportarlo a los países más ricos, sugiriendo a dirigentes como Barack Obama y José Luis Rodríguez Zapatero que les convendría aprender del ejemplo argentino. No sorprendió, pues, que, ya recuperada de “un golpe de calor y nada más” que hace poco más de una semana la obligó a tomar algunas horas de descanso, Cristina haya aprovechado la oportunidad que le brindó un encuentro con boxeadoras que le regalaron guantes de color rosa de su especialidad para asegurarnos que “vamos a defender este modelo con uñas y dientes”, por tratarse de “una criatura que va a cumplir ocho años el 25 de mayo: que se le fue el padre, pero que quedó la madre para defenderlo”. A diferencia de aquellas madres que procuran preparar a sus “criaturas” para que puedan enfrentar los desafíos planteados por un mundo cruelmente competitivo, Cristina no es exigente en absoluto. Lejos de forzarla a aplicarse como hacen sus contemporáneas de otras latitudes, insiste en colmarla de favores de toda clase, con el resultado de que, como muchos chicos consentidos, corre el riesgo de caer víctima de los vicios que son típicos del llamado “capitalismo de los amigos”. La corrupción que es inherente a esta variante tercermundista del capitalismo ya ha alcanzado niveles alarmantes y otros males que le son relacionados están contribuyendo a debilitarla. Si el destino de los “modelos” dependiera de la voluntad de quienes se atribuyen la paternidad, el de Cristina disfrutaría de buena salud hasta llegar un nuevo presidente que, de militar en otra corriente política, lo reemplazaría con uno supuestamente muy distinto, pero, como hemos descubierto a través de los años, a veces se derrumban aplastados por circunstancias que nadie está en condiciones de manejar, con consecuencias devastadoras para millones de personas. Es lo que sucedió con la versión del menemista que fue apropiada por De la Rúa y, tal y como están las cosas, algo muy similar podría sucederle al “modelo” que los Kirchner heredaron de Duhalde para entonces proceder a “profundizarlo”. Para defenderlo con éxito, la presidenta tendría que frenar la inflación que amenaza con desbocarse, estimular la inversión, algo que la obligaría a tomar en serio lo de la seguridad jurídica, encontrar el modo de desenmarañar el sistema alocado de subsidios cruzados que se ha creado con el propósito de ahorrarse problemas políticos puntuales, evitar caer en la trampa supuesta por el proteccionismo excesivo, impedir que se consolide la brecha que separa a la minoría acomodada de una masa de pobres que propende a crecer, mejorar la educación de las próximas generaciones, arreglar con el Club de París para dejar atrás por una vez el default y poner fin a la efervescencia sindical, entre otras cosas, pero parecería que Cristina no tiene ninguna intención de tomar medidas que para muchos serían muy antipáticas. Como ya sabemos, estamos en un año electoral, o sea hay buenos motivos para temer que se haya iniciado la temporada de viva la pepa. De todas formas, la costumbre de calificar de “modelo” a la política económica de turno es de por sí perjudicial. En el mundo actual, la rigidez dogmática que dicha palabra implica dista de ser una virtud. Aunque nadie sabe muy bien en qué consiste el “modelo” que Cristina reivindica con orgullo maternal, lo que, pensándolo bien, puede considerarse una ventaja, el empleo del término la hace propensa a reaccionar con intransigencia frente a quienes recomiendan tomar medidas encaminadas a impedir que se reediten las crisis traumáticas ocasionadas por el choque de “modelos” anteriores contra la realidad. Convendría, pues, que la presidenta reconociera que todas las economías exitosas comparten tantas características que a esta altura hablar de “modelos” únicos carece de sentido.

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