Crucial decisión
Por Susana Mazza Ramos
A pocas horas de la elección de un nuevo pontífice, resulta atinado desear que esa crucial decisión del colegio cardenalicio sea guiada por el profundo convencimiento de elegir a la persona adecuada para la transformación que la Iglesia comenzó con Juan XXIII -no en vano apodado el «Bueno»- y que quedara trunca con la sugestiva muerte a los treinta y tres días de papado de quien fuera su seguidor, el culto, sagaz, humilde y alegre Albino Luciani, convertido en Juan Pablo I.
Al morir Paulo VI un grupo de cardenales latinoamericanos delineó las características que debía reunir el nuevo papa, requisitos que expresó el cardenal brasileño Lorscheider: un hombre con esperanzas, un hombre que no trató de imponer soluciones cristianas a quienes no son cristianos; un hombre que fuera un buen conductor de hombres como lo fuera Jesucristo.
Prestigiosos teólogos entre los que se encontraba Hans Küng -autor del brillante artículo publicado en estas páginas el pasado 14 de abril- elaboraron también por esos días el perfil que a su juicio debía tener el candidato: un hombre con esperanza, piedad, bondad y alegría. Un hombre bueno que sonría. Un papa no sólo para los católicos sino para todo el mundo. Un hombre totalmente limpio, con el más mínimo interés especulativo o financiero.
Los candidatos que a la fecha se mencionan como «papables» no parecen reunir ni por aproximación los requisitos mencionados, por lo que es poco probable que la reforma de la Iglesia iniciada con el Concilio Vaticano II y paralizada desde 1978 con la misteriosa muerte de Juan Pablo I sea llevada a cabo.
Es innegable que la Iglesia Católica ha retrocedido años luz en su aggiornamiento, ha perdido el sentido ecuménico y testimonial que le insuflara el Concilio Vaticano II, el espíritu de apertura y amor verdadero por los pobres, oprimidos, presos, enfermos, despojados, en fin, por los que son los «verdaderos tesoros de la Iglesia», como dijo Juan Pablo I siendo todavía patriarca de Venecia.
Nada se ha hecho para desmembrar y distribuir las cuasi obscenas riquezas vaticanas, para investigar -como lo ordenara Juan Pablo I a pocas horas de asumir el pontificado y por lo que posiblemente «desapareció» de este mundo- las turbias maniobras financieras y las relaciones con personajes «non sanctos» de la banca vaticana (Michele Sindona, Roberto Calvi, Licio Gelli) a través de la APSA (Administración del Patrimonio del Vaticano) y del Instituto per le Opere di Religione (IOR), conocido vulgarmente como Banco del Vaticano.
Nada se hizo tampoco para renovar la Iglesia, aun observando que miles de creyentes en todo el mundo se alejan de ella, cansados de buscar en vano el espíritu evangélico y testimonio de vida en muchos de sus obispos y sacerdotes, que están más cerca de la opulencia y el poder político que de sus hermanos más necesitados, aunque sí se tuvo la decisión de santificar a personajes archiconservadores, herméticos, vinculados otrora con regímenes fascistas y poderosamente influyentes en los manejos financieros y políticos mundiales, mientras se relegó al olvido a verdaderos pastores como Juan XXIII, de quien raramente se hace mención alguna y del que, obviamente, no se tomó ejemplo ni continuó con su visión e impulso renovador y ecuménico.
Si -como pronostica Hans Küng en el artículo citado- el próximo papa no cambia y continúa la contradictoria política de Juan Pablo II la crisis estructural de la Iglesia se convertirá en una situación irremediable, por lo que elegir con serenidad y coraje el nuevo pontífice, buscando en él fundamentalmente sabiduría, conocimiento de la realidad social, enérgico rechazo a una curia desembozadamente financista, bondad y profundo amor por la persona humana y su ínsita dignidad, es sin dudas una crucial decisión, con consecuencias que se proyectarán en forma inexorable al mundo entero.