Crucial tiempo perdido
Análisis
Hace ya ocho días, Edmundo Espeche apareció brutalmente asesinado de 15 puñaladas dentro de su departamento, en un edificio céntrico de Roca. Aún no hay un solo detenido. Teniendo en cuenta los elementos inmediatamente recolectados tras el crimen, todo indica que las pruebas no son pocas y la cantidad de sospechosos es muy limitada. La circunstancia de que se trataba de un anciano que –por revelaciones de su agenda y por testimonios– solía establecer contactos sexuales con ciertas personas a quienes hacía ingresar a su departamento con su consentimiento, está orientando pistas bastante concretas hacia el asesino y su entorno. Precisamente ese direccionario y los últimos registros de su teléfono brindarían un mínimo margen de error para la identificación. ¿Con quién o quiénes se comunicó Espeche en las horas previas al crimen? Los números por fuera del círculo de las amistades y de los familiares –pero sobre todo el último de los llamados marcado o recibido– es suficiente para acometer la pesquisa sin pérdida de tiempo. No hay dudas de que toda la energía debió emplearse en las primeras 24 ó 48 horas de hallado el cuerpo. Como vemos, no ha sido así. Bien se sabe que en la investigación de un crimen, el primer tramo es decisivo; de lo contrario las pistas se enfrían, los datos resultan más difíciles de corroborar y los sospechosos pueden preparar con más tiempo su coartada, destruir pruebas o directamente huir. El retraso en la acción es inversamente proporcional al éxito de la investigación, con más razón en un caso de apariencia tan sencilla como éste. Por otra parte, la saña empleada por el o los asesinos (la cantidad de puñaladas, la forma en que se usó el arma blanca, la fuerza requerida, el gas pimienta empleado) prototípica de un agresor sexual o de un perverso ladrón que tortura a su víctima para que diga dónde está el dinero, está proporcionando por sí misma componentes de un perfil. Y aquí las primeras horas también son vitales. Por si fuera poco, en el interior de la vivienda de Espeche se colectaron rastros de nada menos que 19 huellas dactilares, palmares y de calzado, entre otras pruebas. Bastante, admiten los investigadores. Sin embargo, en las últimas horas comenzó un tedioso traslado de los elementos a los laboratorios de la Policía científica de la provincia del Neuquén. Naturalmente, el riesgo es que ese valioso material se pueda contaminar, y perder su valor probatorio. ¿Por qué el traslado? Admiten que los reactivos con los que cuentan los laboratorios de Criminalística en Roca no sirven para detectar cierto tipo de rastros, por ejemplo sobre telas, maderas o superficies porosas. Los reactivos comunes sirven para detectar rastros a simple vista. Los que tienen en Neuquén son distintos: con procesos técnicos, se puede hallar un rastro completo en superficies distintas. En cambio, en el Gabinete de Criminalística de Roca el rastreo es por fichas, a años luz del sistema AFIS (Automated Fingerprint Identification System) del que dispone la mayoría de las brigadas de la policía científica del país y del mundo. Para este caso, policías trabajaron a brazo partido con lupas. Así se suma una clásica precariedad (la escasez de recursos) a una pesquisa de movimientos cansinos. Tal vez se haya tenido noción sobre la persona que accedió al domicilio de Espeche esa madrugada, pero en los cruciales primeros días no ha sido ubicada, interrogada y mucho menos detenida. En definitiva, la investigación parece seguir un ritmo burocrático. Y la investigación de un asesinato no mira horarios. Horas y recursos cuentan y mucho.