¿Cuánto durará?

Por Redacción

A juicio de los estrategas oficiales, la expropiación del grueso de las acciones de Repsol en YPF servirá para que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner recupere el capital político perdido a causa del desastre ferroviario de Once, los problemas del vicepresidente Amado Boudou y la sensación de que la bonanza consumista ha llegado a su fin, ya que la mayoría la tomaría por una reafirmación de la soberanía nacional sobre los recursos del suelo supuestamente usurpados por los españoles. Sin embargo, aunque desde el punto de vista de Cristina el impacto público del golpe de efecto ha sido positivo, parecería que los beneficios políticos inmediatos no han sido tan grandes como preveían los convencidos de que el pueblo lo celebraría como una auténtica gesta libertadora. Si bien YPF ocupa un lugar muy especial en la imaginación popular, el que casi nueve años hayan transcurrido desde la llegada a la Casa Rosada del matrimonio Kirchner sin que se les ocurriera estatizarla ha motivado dudas en cuanto a la sinceridad de las explicaciones ensayadas por la presidenta misma y por Axel Kicillof, el hombre de La Cámpora que se ha erigido en su asesor en jefe. Asimismo, es evidente que la crisis energética que tanto los indigna se debe a los graves errores cometidos por el gobierno mismo, no por una empresa que, a pesar de tener como accionario principal una multinacional española, siempre se mostró dispuesta a adaptarse a las exigencias del modelo de capitalismo de los amigos, razón por la que no vaciló en permitir el ingreso de la familia Eskenazi por suponer que su amistad con los Kirchner les ahorraría un sinfín de problemas. Los beneficios aportados por la expropiación, y también por la forma sumamente agresiva elegida por Cristina que, con la ayuda de sus subordinados, se ha esforzado por humillar a los españoles con el presunto propósito de agrandar su propia figura, se reducirán pronto si se difunde la impresión de que YPF se ha convertido en un pedazo de botín codiciado por los amigos de Kicillof, diversas gobernaciones provinciales, sindicalistas y empresarios del sector energético. La presidenta ha dicho que en adelante YPF tendrá una administración “profesional”, pero en vista de su preferencia rutinaria por lo político y el desprecio que sienten tantos integrantes de su gobierno por la eficiencia, no sorprendería en absoluto que la empresa terminara perdiendo muchísimo dinero. Al apropiarse de ella, el gobierno se ha planteado un desafío que, a juzgar por sus antecedentes, no está en condiciones de superar. Aunque procure ocultar las eventuales deficiencias de gestión tapándolas con retórica nacionalista e izquierdista, a menos que la producción aumente mucho casi en seguida, la medida salvadora a la que Cristina acaba de echar mano resultará contraproducente. Para mantener alto su nivel de popularidad, Cristina apostó primero al consumo masivo, impulsándolo con subsidios cada vez más costosos, pero mal que le pese no podrá seguir cebando así la economía. Aprovechó el trigésimo aniversario del inicio de la Guerra de las Malvinas para batir el parche patriótico; no logró despertar el furor nacionalista que había previsto. Últimamente ha jugado la carta YPF: si no resulta tan ganadora como le aseguraban sus consejeros, tendría que probar suerte con otra medida espectacular, pero no es del todo fácil pensar en qué consistiría. Asimismo, para llenar una y otra vez la caja, la presidenta intentó intensificar la presión impositiva sobre el campo a través de retenciones móviles, se apropió de los fondos previsionales privados y, en efecto, las reservas del Banco Central. Puede que la expropiación de YPF la ayude a solucionar ciertos problemas de caja que la tienen preocupada, pero el dinero de tal modo conseguido no tardará en agotarse. En el caso de que las dificultades económicas se agraven en los meses próximos, ¿encontrará Cristina otras fuentes de dinero? Tendría que buscarlas, realidad que, es apenas necesario decirlo, incidiría de manera muy negativa en el clima de negocios que, como Kicillof debería haber aprendido de su lectura de la obra de lord Keynes, es el factor que determina la diferencia entre aquellos “modelos” socioeconómicos que son capaces de sostenerse por un lado y, por el otro, los destinados inexorablemente a fracasar.


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