Cuarentena, ética y responsabilidad

Daniel Daglio*

Con distintos niveles de responsabilidad y exponiéndonos a riesgos diversos, los argentinos nos habituamos a vivir más allá de las normas. Es un fenómeno cultural que tenemos que mejorar. Siendo así, a veces nos toca padecer las transgresiones de otros y otras veces somos nosotros las que las causamos. A pesar ello, las encuestas manifiestan que una gran mayoría piensa que el país funciona mal porque las leyes no se cumplen.

Toda desobediencia al derecho tiene un efecto multiplicador, pues siempre es invocada por los demás como una manera de justificar su propia desobediencia. La Justicia es una de las herramientas con la que contamos para organizar la vida en común dirimiendo los conflictos entre las personas. Pero el respeto de las normas y la actuación del poder judicial no mejoraran mágicamente de un día para otro.


 ¿Cómo abordamos este problema? La cuarentena nos da una oportunidad para aprender. Aprender significa poder hacer cosas que antes no hacíamos. Aprendemos si comprendemos que es bueno ¿para qué? ¿para quién? ¿dónde?, etc. ¿Qué tenemos que aprender? Que una comunidad se construye en base a valores compartidos por la mayoría.

La problemática ética (el comportamiento respecto de los otros) es de las tareas más difíciles de resolver por la sociedad. El quiebre deliberado y sistemático de las normas (corrupción) es un proceso que tiene consecuencias. Dificulta producir y crecer, genera ineficiencia y atenta contra la convivencia. Y en el caso de la cuarentena impide salir rápidamente de ella sin muchos contagios y muertes. Solo basta ver lo que ocurre en muchos geriátricos. “A pesar de todo, es posible luchar con éxito contra la corrupción”, dice el Prof. François Vallaeys (filósofo francés especializado en responsabilidad y ética).

¿Cómo se puede generar el cambio, cuando el ambiente es tan contrario? Es necesario incorporar la idea de que la ética debe ser gestionada. Esta es la innovación a incorporar. La ética no debe quedar relegada a la filosofía o a los valores. Hay que pensar en puentes entre el discurso moral y el discurso cotidiano de la gente. Por ejemplo, implica no tener expectativas a partir de que todas las personas sean “correctas” porque no lo van a ser.


Esto no solo es una ingenuidad sino una falta de conocimiento. No más del 10% de la gente tiene vocación de actuar correctamente siempre. Una mayoría actúa según lo que hacen los demás (responsabilidad colectiva) y eso puede ser gestionado.  Vallaeys sugiere comenzar a gestionar los impactos de los actos. Los impactos son esencialmente diferentes de los actos (de los que se ocupa la Justicia).


Gestionar la responsabilidad colectiva por los impactos, porque los problemas que se originan no pueden resolverse solamente con la Justicia (responsabilidad individual). “En una avalancha, ningún copo de nieve se siente responsable”. Cada persona sabe a menudo lo que hace, pero pocas veces sabe “qué hace lo que ella hace”.


La pandemia es una gran oportunidad para educarnos en responsabilidad social. Nos está diciendo que tenemos una oportunidad si colaboramos, nos comprometemos y tomamos decisiones colectivas pensando en el otro, si gestionamos los impactos. Que lo que le hago al otro me lo hago a mí mismo porque vivo en común-unidad.


Los mayores de 65 años y aquellos con enfermedades crónicas tienen que soportar una muy difícil cuarentena para cuidarse del contagio para no enfermar, pero también porque su contagio descontrolado satura las terapias intensivas evitando que haya camas y respiradores para otros (inclusive para los más jóvenes).


Si la pandemia nos enseña a “ser con otros tan válidos como nosotros”, habrá valido la pena. Saldremos bien de la cuarentena si lo hacemos entre todos con planificación.



 Los jóvenes tienen que poder ir a trabajar y tener una vida productiva porque la sociedad necesita reanudar sus actividades, pero deben hacerlo responsablemente porque si se enferman (aunque tuvieran nulos o pocos síntomas) pueden contagiar a los demás.
Los niños no pueden ir a las escuelas para no contagiar a los adultos. Hay que usar barbijo para no contagiar a otros.


Si la pandemia nos enseña a “ser con otros tan válidos como nosotros”, habrá valido la pena. De la cuarentena saldremos bien si lo hacemos entre todos con planificación, monitoreo y control; incorporando la ética de la responsabilidad social que es un compromiso personal, que nace desde adentro, y no es responsabilidad del Estado sino nuestra. Parte del espíritu de cada uno supera al protagonismo del ego y no pide nada a cambio. Es un fenómeno profundamente educativo de aprendizaje vicario. Una idea que lleva mucho más de 2.000 años y que todavía cuesta hacerla nuestra. ¿Y si nos animamos a cambiar? Vale la pena. Lo necesitamos para salir de la cuarentena y luego para vivir mejor.


* Médico. Exsubsecretario municipal de Promoción Social y Salud, Neuquén.  


Daniel Daglio*

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