De eso no se habla

Redacción

Por Redacción

EMILIO J. CÁRDENAS (*)

Años después del fenomenal colapso del violento imperio comunista, esto es recién en 1997, se publicó en Francia un libro absolutamente espeluznante. Me refiero al titulado “El libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión”. No fue por cierto un éxito editorial. Pocos lo citan. Pero allí está, esperando a sus lectores. Con la verdad desnuda. En 1998 se publicó su primera traducción al español. Sus autores –Stéphane Courtois, Nicolas Perth, Jean-Louis Panné, Andrzej Paczkowski, Karen Bartosek y Jean-Louis Margolin– relatan con detalle y documentadamente las tremendas atrocidades cometidas por las distintas autoridades de los regímenes comunistas no sólo en la Unión Soviética sino en todo el mundo, incluyendo lo sucedido en América Latina, con mención expresa de la situación en Cuba, en la Nicaragua totalitaria de Daniel Ortega y en Perú, cuando la violencia de Sendero Luminoso parecía aún imposible de controlar. En un primer balance, el totalitarismo comunista generó unos 20 millones de muertos en la Unión Soviética, unos 65 millones en China, un millón en Vietnam, dos millones en Corea del Norte, otros dos millones en Camboya, un millón en Europa Oriental, 150.000 en nuestra América Latina, etcétera. El total se acerca a una cifra asombrosa: cien millones de muertos, asesinados de distintas maneras. Y todavía hay quienes, insólitamente, creen en el comunismo como opción “redentora”. En buena medida no se ha querido hasta ahora profundizar en la investigación histórica porque el terror y la infección social de la era comunista fueron tan profundos y extendidos que hasta hubo miedo de referirse a ellos. Por largo rato. Lo sucedido en Europa del Este a la caída del comunismo es ilustrativo de este fenómeno. También influyó la curiosa evolución política acaecida en muchos de sus Estados luego de la caída de la Cortina de Hierro, en los que –ante la ausencia de oposición organizada– los ex comunistas (luchando por su futuro y supervivencia) se disfrazaron hábilmente de socialistas y lograron, por un rato, retener el poder durante la transición y evitar que se investigaran los crímenes sucedidos en la era comunista, de los que muchos de ellos mismos fueron partícipes. Las cosas comenzaron a cambiar. Particularmente en Polonia, pero no únicamente allí, según da cuenta una excelente nota del “New York Times” en los últimos días. Allí se detalla una ola de investigaciones históricas que está creciendo rápidamente, dedicada a investigar los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la era comunista de los que fueron víctimas millones de civiles inocentes. En concordancia, un tribunal polaco acaba de calificar a los líderes comunistas que impusieron la Ley Marcial en Polonia, en diciembre de 1981, de “asociación ilícita”. El general Woiciech Jaruzelski, sin embargo, fue declarado demasiado delicado de salud como para poder enfrentar su ignominioso juicio. Por vez primera se calificó así a las autoridades comunistas. Seguramente no será la última. En Bulgaria el nuevo presidente está eliminando del servicio exterior a los ex comunistas y se ha acusado de complicidad con las autoridades comunistas a algunos obispos. En Macedonia finalmente comienza a suceder (trabajosamente) lo mismo. También en Rumania, Latvia y en hasta la cerrada Albania están comenzando a marchar procesos similares. Y la nueva Constitución húngara abre la posibilidad –concreta– de iniciar acciones legales contra ex funcionarios comunistas por sus crímenes de lesa humanidad. El recién designado presidente alemán, Joachim Gauck, un pastor protestante, es nada menos que quien decidió transformar los antecedentes de la violencia de la policía secreta de Alemania Oriental (la temida Stasi) en un archivo permanente, aún no utilizado en plenitud. El muro de silencio que sucedió a la Cortina de Hierro se está finalmente resquebrajando y comienza ahora a caerse a pedazos, dejando que se conozca el horror que destila la verdad histórica. Algo parecido sucederá, cabe anticipar, luego de que la primavera árabe deje atrás años de autoritarismo. Pero habrá que tener paciencia. El tiempo ayuda a hablar del horror con serenidad. El cine es pionero también en esto. Una película polaca de Antoni Krauze estrenada el año pasado, “Jueves negro” –hija del esfuerzo, desde que fue filmada a lo largo de cuatro décadas–, es un éxito resonante de taquilla. Casi un millón de polacos fueron a verla, envueltos en un silencio particular parecido al recogimiento. No hace mucho, a comienzos de los 90, muchos creían que aún no era oportuno mostrar imágenes que tuvieran que ver con la represión comunista a las protestas de Gdvnia en los 70, cuando las tropas del gobierno asesinaron abiertamente a docenas de disidentes en varias ciudades polacas de la costa del Mar Báltico. Algo similar sucede –en paralelo– en el plano de la literatura, donde una avalancha de libros y ensayos apunta a revelar y encontrar, de mil maneras distintas, la dura verdad que aún esconde el pasado reciente. Hasta hay quienes presagian que en algún momento se abrirá algún proceso en línea con el antecedente de Nüremberg contra los más altos responsables de las matanzas y horrores de la era comunista. De pronto las nuevas generaciones no quieren permanecer en silencio y prefieren saber la verdad, para que las tragedias del pasado no vuelvan a suceder. (*) Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas


EMILIO J. CÁRDENAS (*)

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