De Guantánamo a Uruguay

Puesto que la Convención de Ginebra no ofrece protección alguna a combatientes enemigos que no llevan uniformes o distintivos visibles, hasta hace muy poco era habitual fusilarlos en el acto, pero el gobierno de Estados Unidos optó por limitarse a trasladar a los capturados en Afganistán a la cárcel de Guantánamo, con la esperanza de conseguir de ellos información valiosa acerca de Al Qaeda y los talibanes. Pero Washington pronto tendría motivos para lamentarlo. El limbo legal de Guantánamo no tardó en convertirse en símbolo de la arbitrariedad y falta de justicia que, a juicio de personas como el presidente uruguayo José “Pepe” Mujica, es aún más escandaloso que las “cárceles del pueblo” de los tupamaros en que había militado. Antes de iniciar su gestión como presidente de Estados Unidos, Barack Obama compartía la opinión de su homólogo de Uruguay, afirmándose resuelto a cerrar cuanto antes la cárcel en la base soberana norteamericana en Cuba donde estaban centenares de presuntos yihadistas, pero pronto descubrió que poner fin a la anomalía no le resultaría tan fácil como había creído. Los abogados de su administración le recordaron que serviría para poco tratar de juzgarlos en Estados Unidos, como si fueran reos comunes, pero liberarlos enseguida acarrearía el peligro de que reanudaran sus actividades terroristas, como en efecto ya hicieron más de cien exprisioneros. Aunque casi todos los intentos del gobierno norteamericano por convencer a otros países de permitir la entrada como “refugiados” de los sospechosos de colaborar con Al Qaeda o los talibanes en Afganistán no han prosperado porque escasean los dispuestos a recibirlos, Mujica decidió abrirles las puertas a seis considerados poco peligrosos por “razones humanitarias”, a pesar de la oposición de la mayoría de sus compatriotas. Y, para que no quedaran dudas acerca de su solidaridad personal con los presos de Guantánamo, dijo que no los obligaría a permanecer al menos dos años en Uruguay, ya que “el día que se quieran ir, se podrán ir”. Se trata de una apuesta arriesgada: de elegir algunos de los recién liberados volver los campos de batalla del Oriente Medio, África del Norte o Afganistán, donde todos los días yihadistas del llamado Estado Islámico y otras bandas están cometiendo atrocidades, asesinando no sólo a enemigos capturados sino también a hombres, mujeres y niños pacíficos, Mujica sería indirectamente responsable de la muerte o sufrimiento de las víctimas. Fue en parte por eso que tantos uruguayos no querían ayudar así a los norteamericanos, dando asilo a presuntos guerreros santos, y en parte por el temor a que su propio país se viera convertido en otro foco de militancia islamista. Hasta hace apenas un año era habitual en todos los países occidentales, incluyendo desde luego a Uruguay, subestimar la gravedad del desafío planteado por el integrismo islámico tratándolo como un cuco inventado por la ultraderecha norteamericana, pero los horrores perpetrados por los hombres del Estado Islámico, Boko Haram en Nigeria, los somalíes de Al Shabab y otras agrupaciones afines han obligado a muchos escépticos a cambiar de opinión. Sucede que a los occidentales les costaba tomar en serio la posibilidad de que los musulmanes más fanatizados fueran capaces de erigirse en una amenaza equiparable con las supuestas por el nazismo o el comunismo, pero, lo entiendan o no los acostumbrados a creer que todos los males proceden del imperialismo yanqui, los islamistas están resueltos a combatir contra Estados Unidos y sus aliados europeos luego de haber consolidado su poder en países ya musulmanes, masacrando a todos aquellos –comenzando con los cristianos– miembros de otras minorías religiosas y sectas islámicas consideradas heréticas que no quieran someterse a una despiadada dictadura teocrática. Por cierto, no exageran quienes los comparan con los nazis, con los que comparten el odio genocida hacia los judíos y el desprecio absoluto por los derechos humanos reivindicados por los occidentales. Si bien enfrentarlos plantea problemas angustiantes a sociedades orgullosas de su voluntad de respetar todas las libertades civiles, convendría reconocer que hay mucho más en juego que las deficiencias del sistema jurídico norteamericano que tanto indignan a políticos como Mujica.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA - Jueves 11 de diciembre de 2014


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