De Lilita, sin amor
El estado lamentable de nuestra cultura política actual podría atribuirse al protagonismo de dos movimientos, primero el radicalismo y más tarde el peronismo, que aspiraban a representar todo cuanto a juicio de sus líderes era rescatable en el país. Parecería que, de resultas de la prédica de los teóricos radicales y peronistas en contra de la idea misma del partido político que, insistían, sólo representaría una parte de una sociedad que debería mantenerse unida, los integrantes de la clase política nacional son incapaces de formar organizaciones equiparables con las existentes en otros países democráticos. Será por eso que aquí abundan tanto los partidos pequeños, todos dependientes de las vicisitudes de un personaje determinado, mientras que los dos mayores, que siguen siendo la UCR y el PJ, son meros aparatos electoralistas aglutinados por nada más que las ambiciones de sus dirigentes y cierto respeto, sincero o no, por una versión tergiversada de la historia. Aunque muchos están convencidos de que la prolongada hegemonía conjunta de peronistas y radicales ha sido mala para el país y que convendría que los dos movimientos populistas se vieran reemplazados por partidos más apropiados para el siglo XXI, todos los intentos de construir alternativas superadoras han fracasado. La ex radical y, según parece, pronta a ser ex “jefa espiritual” del Acuerdo Cívico y Social, Elisa Carrió, se ha destacado como una creadora imaginativa de nuevos partidos y coaliciones, pero sucede que toda vez que se cansa de sus productos los destruye con el propósito de reemplazarlos por otros. Si Lilita fuera una fabricante de bienes materiales, el perfeccionismo así supuesto merecería elogios, pero por ser cuestión de estructuras políticas supuestamente duraderas –de lo contrario el compromiso de los vinculados con ellas sería a lo sumo coyuntural–, su propensión a desmantelarlas para probar suerte con una variante un tanto distinta sólo sirve para desconcertar todavía más a los ya preocupados por la situación anárquica del aglomerado opositor. Por lo demás, para justificar la decisión de borrar lo ya escrito y comenzar de nuevo, Carrió se siente obligada a descalificar con dureza hiriente a quienes se ha propuesto abandonar. En la misiva que envió a la cúpula radical para anunciar la ruptura del Acuerdo Cívico y Social, acusó a quienes no coinciden con sus posturas de cinismo y de estar dispuestos a “transitar” nuevamente “por el fracaso estrepitoso de la Alianza, fundado en la traición electoral, la corrupción, la impunidad y la irresponsabilidad”. Aunque los Kirchner entenderán muy bien que en opinión de Carrió ellos mismos encarnan los vicios que imputaba a la Alianza, no pueden sino regodearse con la virulencia llamativa de la carta –al parecer, una versión más suave de otra que a último momento optó por revisar– que acaba de enviar a sus ex correligionarios radicales. Además de provocar una nueva grieta en el ya precario frente opositor, los epítetos elegidos por Carrió resultaron ser tan insultantes que le será muy difícil reconciliarse con los blancos de su ira; por ahora cuando menos, parece probable que el año que viene tres fuerzas distintas, tal vez más, disputen “el espacio” centroizquierdista, con el voto correspondiente dividido entre los partidarios de Carrió, el eventual candidato radical y, con tal que logre superar los obstáculos supuestos por la legislación electoral, un aspirante del Proyecto Sur o del socialismo. De ser así, Néstor Kirchner no tendría que preocuparse demasiado por el desafío planteado por el progresismo vernáculo, ya que las elecciones presidenciales del año que viene se verían dominadas por la evolución de la interna peronista. Si bien hay motivos para prever que la conducta errática de Carrió le ha costado la adhesión de muchos que la apoyaron en elecciones anteriores, aun cuando reciba el cinco por ciento de los votos sería suficiente como para significar la diferencia entre el triunfo de un candidato respaldado por la UCR por un lado y, por el otro, el de un peronista, trátese de Kirchner o de un “disidente”, detalle éste que según parece no inquieta en absoluto a Lilita porque, a juzgar por sus propias palabras, cualquier gobierno que pudiera ser considerado como una reedición del de la Alianza sería peor.
El estado lamentable de nuestra cultura política actual podría atribuirse al protagonismo de dos movimientos, primero el radicalismo y más tarde el peronismo, que aspiraban a representar todo cuanto a juicio de sus líderes era rescatable en el país. Parecería que, de resultas de la prédica de los teóricos radicales y peronistas en contra de la idea misma del partido político que, insistían, sólo representaría una parte de una sociedad que debería mantenerse unida, los integrantes de la clase política nacional son incapaces de formar organizaciones equiparables con las existentes en otros países democráticos. Será por eso que aquí abundan tanto los partidos pequeños, todos dependientes de las vicisitudes de un personaje determinado, mientras que los dos mayores, que siguen siendo la UCR y el PJ, son meros aparatos electoralistas aglutinados por nada más que las ambiciones de sus dirigentes y cierto respeto, sincero o no, por una versión tergiversada de la historia. Aunque muchos están convencidos de que la prolongada hegemonía conjunta de peronistas y radicales ha sido mala para el país y que convendría que los dos movimientos populistas se vieran reemplazados por partidos más apropiados para el siglo XXI, todos los intentos de construir alternativas superadoras han fracasado. La ex radical y, según parece, pronta a ser ex “jefa espiritual” del Acuerdo Cívico y Social, Elisa Carrió, se ha destacado como una creadora imaginativa de nuevos partidos y coaliciones, pero sucede que toda vez que se cansa de sus productos los destruye con el propósito de reemplazarlos por otros. Si Lilita fuera una fabricante de bienes materiales, el perfeccionismo así supuesto merecería elogios, pero por ser cuestión de estructuras políticas supuestamente duraderas –de lo contrario el compromiso de los vinculados con ellas sería a lo sumo coyuntural–, su propensión a desmantelarlas para probar suerte con una variante un tanto distinta sólo sirve para desconcertar todavía más a los ya preocupados por la situación anárquica del aglomerado opositor. Por lo demás, para justificar la decisión de borrar lo ya escrito y comenzar de nuevo, Carrió se siente obligada a descalificar con dureza hiriente a quienes se ha propuesto abandonar. En la misiva que envió a la cúpula radical para anunciar la ruptura del Acuerdo Cívico y Social, acusó a quienes no coinciden con sus posturas de cinismo y de estar dispuestos a “transitar” nuevamente “por el fracaso estrepitoso de la Alianza, fundado en la traición electoral, la corrupción, la impunidad y la irresponsabilidad”. Aunque los Kirchner entenderán muy bien que en opinión de Carrió ellos mismos encarnan los vicios que imputaba a la Alianza, no pueden sino regodearse con la virulencia llamativa de la carta –al parecer, una versión más suave de otra que a último momento optó por revisar– que acaba de enviar a sus ex correligionarios radicales. Además de provocar una nueva grieta en el ya precario frente opositor, los epítetos elegidos por Carrió resultaron ser tan insultantes que le será muy difícil reconciliarse con los blancos de su ira; por ahora cuando menos, parece probable que el año que viene tres fuerzas distintas, tal vez más, disputen “el espacio” centroizquierdista, con el voto correspondiente dividido entre los partidarios de Carrió, el eventual candidato radical y, con tal que logre superar los obstáculos supuestos por la legislación electoral, un aspirante del Proyecto Sur o del socialismo. De ser así, Néstor Kirchner no tendría que preocuparse demasiado por el desafío planteado por el progresismo vernáculo, ya que las elecciones presidenciales del año que viene se verían dominadas por la evolución de la interna peronista. Si bien hay motivos para prever que la conducta errática de Carrió le ha costado la adhesión de muchos que la apoyaron en elecciones anteriores, aun cuando reciba el cinco por ciento de los votos sería suficiente como para significar la diferencia entre el triunfo de un candidato respaldado por la UCR por un lado y, por el otro, el de un peronista, trátese de Kirchner o de un “disidente”, detalle éste que según parece no inquieta en absoluto a Lilita porque, a juzgar por sus propias palabras, cualquier gobierno que pudiera ser considerado como una reedición del de la Alianza sería peor.
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