¿De qué está hecho Delpo?
MARCELO ANGRIMAN (*)
“No lo puedo creer, haber sacado una medalla, que nadie me la va a quitar por el resto de mi vida”. Así, Juan Martín del Potro desnudaba la emoción por haber conseguido la primer presea de bronce para el país.
El tandilense no tiene aires de divo. Es más, hasta desfiló en la ceremonia inaugural junto al resto de la delegación cuando al otro día debía debutar en el torneo. Su sencillez incluso lo llevó a codearse de igual a igual con el resto de los deportistas criollos, que lo fueron a alentar masivamente.
Los juegos olímpicos dejaron de ser una competencia menor para el tenis. A este evento concurrieron los mejores del mundo, con la excepción forzada de quien fuera electo abanderado por España, Rafael Nadal.
Luego de un muy buen torneo, Delpo debió toparse nuevamente con su sombra negra del año: Roger Federer. Tras una inolvidable batalla sucumbió en el tercer set por 19-17, frente al suizo, que una vez más demostró por qué es el mejor de todos los tiempos.
¿Cómo se vuelve a entrar a una cancha a tan pocas horas, luego de semejante desgaste físico y haber protagonizado un encuentro de dobles mixto renglón seguido? Es indudable que el físico de Delpo le reporta beneficios y dificultades. Su enorme alcance de brazos y la altura de saque, más la inusual potencia, lo tornan por momentos intratable. Pero sus piernas no son lo suficientemente rápidas y su columna cada tanto pasa factura.
Pero la mayor duda pasa por el aspecto mental, ya que sacar el póster de los cinco primeros de su pared parece su escollo mayor. En eso está Del Potro desde que volvió de su lesión y pasó del puesto cuatrocientos a entrar de nuevo en los top ten. Pero quizás el testimonio más fuerte de este camino se haya notado en el último partido con Novak Djokovic, reciente ex número uno y con un compromiso especial para con su patria –su familia fue víctima del bombardeo de Kosovo–.
Cuando Nole gritaba de bronca y miraba al cielo por los milimétricos palos –sólo advertibles por el ojo de águila– del argentino para llegar a ponerse 5-3 en el segundo set, apareció la imagen de un resiliente. Esta capacidad para enfrentar la adversidad permite a las personas adaptarse a diferentes eventos estresantes posteriores. Resiliencia es un término que surge de la ingeniería y hace referencia a la capacidad de los metales de resistir su impacto y recuperar su estructura.
A Juan Martín le tocó una generación de caballeros como Federer, Nadal y Djokovic, todos señores afuera de la pista, y se nota que el también es de esa madera. Sólo tendrá que permitirse faltarles un poco más el respeto dentro de la cancha y confiar aún más en sus propios argumentos, pues lo que hizo frente al helvético no se ve todos los días. Es más, cabe preguntarse cuánto le debe nuestro poco venerado Andy Murray al bonaerense, por el desgaste que el número uno evidenció en la final.
Deberá “creérsela un poco más” si quiere dar el salto definitivo que pretende. Así ocurrió con la mayor leyenda de la NBA. Cuando su entrenador le dijo que ya no contaba con él por sus limitaciones técnicas, él se dijo a sí mismo: “Yo voy a ser Michael Jordan”.
Por ello ver a Juan Martín arrodillado, desahogándose con lágrimas de niño luego de obtener el bronce es una imagen que eriza la piel. Sobre todo cuando, desde su simpleza, confesó que en más de una oportunidad sacó energía de donde no tenía, cuando miraba al rincón y encontraba flameando una bandera celeste y blanca. Del Potro ganó cada milímetro de su medalla. Bien merecida la tiene.
* Abogado. Prof. de Educación Física
OPINIÓN
MARCELO ANGRIMAN (*)
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