De Varadero al vertedero





Maradona y Castro fueron un par de miserables. Ambos abusaron de sus prerrogativas de forma brutal, Castro fusilaba, encarcelaba y deportaba; Maradona se dopaba, abusaba y golpeaba a sus acompañantes femeninas.


Fidel Castro y el Che Guevara estuvieron en el foco de la atención mundial dado que la admiración que generaban era tan ilimitada como ilusoria.

Su propaganda oficial, única existente, condujo a la mayoría de la población a conceptuar que ese éxtasis universal de parte de personalidades públicas a favor de la experiencia cubana era gratuito, desconociendo que en gran medida era consecuencia de un entramado corrupto de beneficios mutuos que Fidel concedía a sus elegidos, talentosos o no, reconocimientos y anuencias oficiales como el permiso de salida del país otorgado por Fidel Castro (con la flagrante complicidad de funcionarios argentinos) a una manceba menor adolescente -sin cabal discernimiento en su juicio y en sus decisiones personales-, por ser amante de Diego Maradona.

De la influencia y capacidad de seducción y coerción castristas, basta con mencionar el Premio Casa de Las Américas que compraba simpatías con premios y estancias interminables en playas como las de Varadero.

Compraban o extorsionaban voluntades. Los cubanos en la isla y algunos en el extranjero creen que la solidaridad con el régimen es por amor y comprensión, ignorando que la mayoría de las veces el régimen compra lealtades o simplemente chantajea a sus víctimas, como se afirma ha hecho con numerosas personalidades internacionales.

El hecho que sea de conocimiento público la complicidad de Fidel con Maradona, tal vez les aclare a muchas personas de buena fe que la posición del astro deportivo en relación a la Cuba castrista no era desinteresada, sino de mutua conveniencia, con independencia de las simpatías que este famoso adicto podía sentir hacia el totalitarismo insular.

Maradona y Castro fueron un par de miserables. Ambos abusaron de sus prerrogativas de forma brutal, Castro fusilaba, encarcelaba y deportaba; Maradona se dopaba, abusaba y golpeaba brutalmente a sus acompañantes femeninas menores ocasionales, aparte de drogarse y drogar, de embriagarse y embriagar, incontrolada y violentamente; todo ello aún sin la menor condena de ningún movimiento feminista ni de género o semejantes.

La muerte del astro futbolístico conmovió a sus fanáticos. Una muchedumbre enceguecida por sus habilidades y ciega también ante sus miserias. Maradona como ciudadano dejó mucho que desear. Nunca fue un buen ejemplo para las generaciones emergentes. También respaldó regímenes violadores sistemáticos de los derechos humanos.

No es posible separar al astro deportivo del miserable titular de todos los vicios que se drogaba constantemente; tampoco es razonable que sus fanáticos (como mucho periodismo amarillo) sientan hacia este sujeto una admiración que ignore sus faltas, aún hoy y a pesar de todo.

Si bien últimamente se aprecia un fuerte deterioro de algunos valores universales seculares, así como cierto menguar de corrientes reivindicativas a favor de sucesos penosos y condenables (tragedias o servidumbres que deberían servir de ejemplo disuasivo a fanáticos en general, salvo mercenarios); las más de las veces fanatismo e idolatría prevalecen y persisten, ante toda evidencia, en ignorar e indultar los defectos y vicios de sus ídolos, como fueron los casos de Diego Maradona y del despiadado dictador Fidel Castro.

Por último, respecto del aludido “vertedero caribeño” no debemos omitir señalar y denunciar a demasiados países y poderosos que aún no condenaron tanta basura y esperpento institucional y moral cubano y maradoniano en tanto sometían, humillaban y despersonalizaban a innumerables personas humanas.

Claramente esa rastrera no condena, antepone para su imperdonable posición, omisión y complicidad, obvios narco-negociados, vicios, cobardes y turbias neutralidades e intereses de artera y vil calaña a cuenta de la ultra pauperización del pueblo cubano.

* Docente e investigador universitario


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