De Vido, casi un personaje de Dostoievski



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Fue un miércoles de sesión especial. También un miércoles de asco, calentura, indignación, desprecio, amoralidad rampante.

Asco porque hay quienes creen políticamente correcto hablar desde una mentira. Porque hay quienes aceptan el “roban pero hacen”. Asco de escuchar a Julio De Vido defenderse desde las gestiones que supuestamente hizo y que nadie de su bancada se animó a respaldar, así como ninguno fue capaz de poner las manos en el fuego por su honorabilidad.

En lugar de eso, lo que intentaron fue desprestigiar a todos para tratar de igualarnos en un mundo de corruptos, cínicos y amorales. Un mundo en el cual Julio De Vido sería uno más.

Durante el grotesco espectáculo de la autodefensa del ex todopoderoso ministro me vino a la cabeza una de las obras cumbre de Fiódor Dostoievski: Crimen y Castigo.

El personaje de Dostoievski en su desesperación personal primero debate internamente si cometer un crimen o no. Luego, tras cometerlo, se justifica. Lo hace en principio desde una perspectiva muy personal para salir de su miseria, pero luego plantea que hay hombres superiores o “extraordinarios”, quienes tienen el derecho y la obligación de cometer ciertos crímenes por el bien de la humanidad.

Con sus crímenes la sociedad se liberaría de seres despreciables. Una sociedad que, según él, castiga la magnitud del crimen por una cuestión estética: glorifica matanzas en las guerras pero ve como primitivo que un hombre mate a otro con un hacha. Por ello estos seres “extraordinarios” deben ser reconocidos y los “ordinarios” solamente deben obedecer las leyes.

Ese pensamiento parecía atravesar cada palabra del arquitecto De Vido, convertido casi en un personaje literario que robó en grande pensando que lo hacía por el bien de todos.

Pero el propio Dostoievski nos deja una esperanza, porque en su obra al crimen lo sucede el castigo.

Primero con la reclusión que impone la ley y que manda al protagonista a la estepa siberiana. Pero también con un castigo que va más allá, que es absolutamente personal y que tiene el peso de la atemporalidad porque es psicológico y moral.

Un castigo que no termina con el cumplimiento de la condena, sino con la redención lenta y progresiva de un hombre, de su paso gradual de un mundo de egoísmo a otro donde reinan los valores compartidos.

La Argentina puso en valor desde la acción política los lìmites que la liberan. Esos mismos límites que son la cárcel que angustia y asfixia a los amorales si no dan esos pasos que curan el alma, que empiezan por reconocer y pedir perdón.

En la sesión de la semana pasada no se habló de la ley y de los castigos. Se habló de ser parte de un mundo de valores, sin hombres especiales que estén por arriba de todo y de todos, de la moral como base, piso, paredes y techo.

Esto es lo que exigimos y lo que vamos a buscar. Un camino que empieza por la condena que merecen los delitos cometidos, pero que va mucho más allá. Se trata de una pobreza más de los argentinos, de la que también vamos a salir entre todos.

(*) Diputado nacional por Río Negro, Unión- Pro .

En la novela “crimen y Castigo” plantea que hay hombres superiores que tienen el derecho y la obligación de cometer ciertos crímenes por el bien de la humanidad.

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En la novela “crimen y Castigo” plantea que hay hombres superiores que tienen el derecho y la obligación de cometer ciertos crímenes por el bien de la humanidad.

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