Debates bizantinos
Nos guste o no, por ahora la única salida consiste en reducir al mínimo el gasto público conforme al principio del "déficit cero".
Si bien Domingo Cavallo ha sido criticado por tirios y troyanos por haber iniciado su gestión enemistándose con «los mercados», insultándolos por su ignorancia un momento y el siguiente confundiéndolos hablándoles de las bondades del euro, es gracias a aquellos presuntos errores que muchos que se oponen instintivamente al capitalismo moderno ya comprenden que no les serviría para nada continuar protestando contra la tiranía de «los números». Asimismo, el que los esfuerzos posteriores del ministro de Economía y otros miembros del gobierno por congraciarse con «los mercados» no hayan tenido ningún efecto sobre su comportamiento los ha obligado a considerar la posibilidad de que su recelo dista de ser irracional, por inspirarse en problemas estructurales concretos propios de un país que no ha sabido evolucionar al mismo ritmo que tantos otros.
De todos modos, la esquivez frustrante de «los mercados» no debería sorprendernos. Al fin y al cabo, no se trata de una entidad coherente regida por una junta directiva conocida como parecen suponer los adictos a las teorías conspirativas, sino de un fenómeno amorfo conformado por millones de elementos autónomos. El deseo de hacer dinero aparte, acaso lo único que todos éstos tienen en común es su resistencia a dejarse engañar, razón por la cual es natural que los intentos de convencerlos de que las apariencias no obstante la economía argentina funcionaría bien con un par de retoques menores hayan resultado contraproducentes y que la mera aprobación por el Congreso de la ley de déficit cero no haya sido suficiente como para modificar la actitud de los persuadidos de que el país está destinado a «caer».
Igualmente estériles han sido los debates supuestamente inspirados en «los rumores del mercado» en torno de temas como la dolarización, salida ésta que según sus partidarios más vehementes encantaría tanto a los operadores que dejarían de preocuparse por el futuro del país. Con cierta frecuencia, tanto Cavallo como el presidente Fernando de la Rúa se han visto obligados a negar estar impulsando dicha alternativa que, si bien a la larga podría tener algunos méritos, en el corto plazo supondría un operativo complicadísimo, además de una serie de batallas políticas cruentas, que de por sí servirían para alarmar a los reacios a arriesgarse apostando a un país tan imprevisible como el nuestro. Nos guste o no, por ahora la única «salida» consiste en reducir al mínimo el gasto público conforme al principio del «déficit cero» con la esperanza de que la voluntad de hacerlo de la clase dirigente posibilite la llegada de un blindaje auténtico que se usaría exclusivamente para proteger el sistema financiero.
Puesto que los problemas actuales se deben en buena medida a las dudas «de los mercados» en cuanto a la capacidad del gobierno de defender la convertibilidad, un sistema ideado a fin de clavar el peso a la divisa estadounidense, muchos suponen que la dolarización formal podría atenuarlas. ¿Están en lo cierto? Es posible que no que, por el contrario, la conciencia de que procurar cortar amarras con el dólar en una fecha futura resultaría sumamente difícil asustara tanto a «los mercados» que optarían por abandonar a la Argentina a su suerte. Así las cosas, conviene a un gobierno que ya está contra las cuerdas insistir en que no es su propósito emprender una iniciativa tan drástica en los próximos días. Además, como el propio Cavallo ha señalado en muchas ocasiones, para que el país se dolarizara por completo no sería necesario ninguna decisión oficial, porque lo haría espontáneamente en el caso de que se difundiera la convicción de que el peso está por ser devaluado. Por fortuna, la mayoría entiende muy bien este principio y es por eso que a pesar de todo lo sucedido en las semanas últimas aún no se han producido corridas bancarias comparables con las de otras épocas. Podría decirse que cuanto más débil sea el peso, más fuerte será porque una devaluación formal – que no podría limitarse a los tenedores de pesos- en un país ya mayormente dolarizado plantearía dificultades económicas, políticas y legales tremendas, mientras que los beneficios resultantes serían muy inciertos.
Si bien Domingo Cavallo ha sido criticado por tirios y troyanos por haber iniciado su gestión enemistándose con "los mercados", insultándolos por su ignorancia un momento y el siguiente confundiéndolos hablándoles de las bondades del euro, es gracias a aquellos presuntos errores que muchos que se oponen instintivamente al capitalismo moderno ya comprenden que no les serviría para nada continuar protestando contra la tiranía de "los números". Asimismo, el que los esfuerzos posteriores del ministro de Economía y otros miembros del gobierno por congraciarse con "los mercados" no hayan tenido ningún efecto sobre su comportamiento los ha obligado a considerar la posibilidad de que su recelo dista de ser irracional, por inspirarse en problemas estructurales concretos propios de un país que no ha sabido evolucionar al mismo ritmo que tantos otros.
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