Debates eludidos
A esta altura debería sernos evidente que en el mundo de nuestros días las "alternativas" al capitalismo son incompatibles con el bienestar generalizado.
Aunque desde hace diez años la Argentina está experimentando una serie de cambios traumáticos provocados por la incapacidad patente del orden tradicional para prosperar en las condiciones actuales, sus «dirigentes» no han manifestado mucho interés por debatir con seriedad y racionalidad las opciones disponibles ni las medidas que serían necesarias para conseguir los objetivos planteados. Con escasas excepciones, quienes afirman hablar en nombre de grupos determinados se han conformado con repetir los lemas de siempre o con ufanarse de lo buenos que a su entender son sus propios sentimientos. No ha sido sólo una cuestión del cinismo de demagogos resueltos a decir lo que según sus asesores de imagen quisiera oír «la gente» o de individuos comprometidos con intereses creados que adrede han procurado engañar a los demás, sino también de una negativa sistemática a arriesgarse a pensar, acaso porque muchos saben de antemano que si tomaran en cuenta los hechos sus ideologías improvisadas se desplomarían en seguida.
Así las cosas, es comprensible que tantos se hayan sentido víctimas de una estafa tan gigantesca como vergonzosa. Puesto que hasta hace un par de meses los únicos que se habían dado el trabajo de explicar que el Estado no podría continuar gastando más porque la Argentina se quedaba sin crédito eran los despreciados «talibanes del mercado», pocos entendían que muy pronto nos encontraríamos en el epicentro de una crisis tan grave que, además de plantear una amenaza al país mismo, constituiría un peligro al entramado financiero internacional tan grave que los gobiernos de los Estados Unidos y la Unión Europea se verían constreñidos a decidir si fuera mejor resignarse a su «caída» o si valiera la pena intervenir a fin de impedir que se produjera un desastre humano y geopolítico de consecuencias imprevisibles. Para la mayoría de los habitantes del país, la crisis que irrumpió hace algunos meses fue una sorpresa total.
Otra asignatura pendiente tiene que ver con «el modelo». Por diversas razones, entre ellas el izquierdismo del grueso de la intelectualidad latinoamericana, la muy fuerte tradición hispanocatólica y el clientelismo populista propio de la UCR, el PJ y muchos partidos provinciales, buena parte de la clase dirigente está acostumbrada a considerar al capitalismo liberal un fenómeno profundamente ajeno, cuando no «salvaje», contra el que es necesario «luchar». Por eso, cualquier declaración, por estrafalaria o ignorante que fuera, formulada por una personalidad conocida que sirva para alimentar tal prejuicio será celebrada con regocijo por los medios de comunicación. Sin embargo, a esta altura debería sernos evidente que en el mundo de nuestros días las «alternativas» al capitalismo son incompatibles con el bienestar generalizado que todos dicen querer y que las variantes más atractivas, como las escandinavas o la holandesa, son inconcebibles sin la existencia de un Estado incomparablemente eficaz que el confeccionado a través de los años por los clientelistas. ¿Esta contradicción preocupa a los cruzados contra el capitalismo liberal? Claro que no: todos se oponen con vehemencia ilimitada a cualquier reforma que pudiera posibilitar la construcción de un «modelo» levemente menos capitalista que el encarnado por los Estados Unidos.
Por fortuna, la mayoría ya no parece compartir los puntos de vista de «los dirigentes». Ha resultado decepcionada tantas veces por los fracasos de populistas que le prometieron «cambios» espectaculares, que comprende muy bien que no le convendría confiar en ellos, de ahí el desprestigio realmente llamativo de tantos caciques veteranos, de los sindicatos, de los partidos políticos y del Congreso. Por lo tanto, es razonable suponer que, concluida la campaña electoral, más líderes políticos harán un esfuerzo auténtico por actualizar su forma de pensar, de hablar y de actuar al reconocer que, en vista de que durante las próximas décadas el país será forzosamente capitalista, sería mejor para todos que intentaran hacer bien las cosas en lugar de despilfarrar sus energías librando una guerra contra lo inevitable, en la que millones de personas ya han sido sacrificadas en vano.