Democracias bajo asalto: lecciones de la eterna crisis en Perú
El politólogo y analista Alberto Vergara advierte que la fragmentación política puede ser tan nociva como la concentración autoritaria del Poder. En el desorden, prosperan políticos rapaces y sectores económicos que buscan eludir la regulación del estado.
La crisis política que vive hace más de una década perú tuvo en febrero otro capítulo inesperado, a menos de tres meses de las elecciones generales que deben elegir al próximo gobierno. El 18 de febrero José María Balcázar asumió como presidente, luego de la destitución de José Jerí, quien a su vez había asumido tras la caída de Dina Boluarte en octubre de 2025. La campaña electoral se realiza en un clima de apatía ciudadana, con 37 candidatos, de los cuales ninguno tiene más de diez puntos de intención de voto en las encuestas. Desde el 2016, Perú ha tenido ocho gobernantes. Cuatro fueron destituidos por el Congreso, dos renunciaron antes de correr la misma suerte y solo uno completó su mandato.
En medio de este caos político, la economía peruana parece al margen, con baja inflación y tasas de crecimiento aceptables para Latinoamérica. Sin embargo los analistas políticos advierten que la situación es mucho más grave de lo que aparece en la superficie, y tiene implicancias para el continente.
Alberto Vergara, doctor en Ciencias Políticas por la universidad de Montreal y docente en la Universidad del Pacífico (Lima), describe la crisis peruana como un “vaciamiento democrático” causado por el colapso de la representación política y la fragmentación partidaria. Esta inestabilidad, alimentada por políticos rapaces y economías ilegales que se benefician de un Estado débil, erosiona el Estado de derecho y comienza a comprometer seriamente estabilidad económica y social del país.
Junto a otro politólogo, Rodrigo Barrenechea, han colaborado como editores y autores del influyente libro “Democracia asaltada: El colapso de la política peruana (y una advertencia para América Latina)”, publicado en 2024 por el Fondo Editorial de la Universidad del Pacífico.
Allí desarrollan una idea fundamental: la fragmentación política y el vacío de representación crean escenarios tan peligrosos para la democracia y sus instituciones como la concentración autoritaria del poder . Describen al caso peruano como el más extremo de una tendencia presente en otros países: políticos débiles e impopulares logran un gran control institucional al aliarse con sectores económicos. Se erosiona el Estado de derecho y eso permite que intereses oscuros (economía ilegales, narcotráfico) se filtren al sistema. No buscan imponer una dictadura, sino un Estado lo suficientemente débil que no pueda regularlos.
Esta es una síntesis de la charla que Vergara mantuvo desde Lima con RIO NEGRO .
Pregunta: Perú ha estado bastante movido en las últimas semanas; tuvieron su octavo cambio de presidente en poco menos de 10 años. Estábamos acostumbrados a la tesis de Ziblatt y Levitski de que el problema de las democracias era la concentración del poder, ¿no? Que una figura populista debiltara controles y a los otros poderes del Estado. Ustedes dicen que el peligro puede venir por el contrario.
Respuesta: Así es. La democracia en última instancia es una forma de orden, por eso es un régimen; lo que la amenaza puede ser otro orden autoritario o el desorden. En Perú estamos viendo un “vaciamiento democrático”: la democracia mantiene la cascarita, la forma, pero pierde capacidad para cumplir sus funciones básicas. Es un problema de representación: surge una clase política que sólo se autorrepresenta, un juego político llevado sólo por los políticos, desconectado de la sociedad. En nuestro trabajo con Rodrigo Barrenechea mostramos que al vaciamiento representativo le sigue la “perforación del Estado de Derecho”: intereses que operan en sistemas informales o ilegales se filtran al juego democrático y erosionan lamentablemente con éxito su capacidad regulatoria. El resultado es una democracia asaltada permanentemente, sin que necesariamente se construya una dictadura clásica; sigue habiendo competencia electoral —la gente va a votar en abril— pero en condiciones de representatividad pésimas.
P: Ustedes destacan la fragmentación de los partidos políticos mayoritarios y estructurados, que estallaron después del 2000.
R: La crisis de representación de los partidos es una historia larga. En Perú nunca fue sólida, pero la competencia política seguía funcionando. Hoy la política está pulverizada: en 2021 hubo 17 candidaturas presidenciales; ahora hay 37. Eso indica partidos débiles y ausencia de estructuras y liderazgos que articulen demandas sociales.
P: Llama la atención que, pese a la inestabilidad política, Perú mantuvo estabilidad macroeconómica, con inflación controlada y crecimiento. ¿Por qué esa divergencia entre política y economía?
R: Sí, si quieres es el contraste con Argentina: en Perú se vive con la ansiedad de saber quién va a ser presidente mañana; ustedes viven con la ansiedad de saber cuál va a ser el tipo de cambio mañana (risas). En Perú tradicionalmente hubo una separación: la política es caótica y la economía relativamente estable. Un famoso chiste decía que la popularidad presidencial era menor a la inflación. Eso se debe, en parte, a instituciones tecnocráticas blindadas, como el Banco Central de Reserva (BCR) con autonomía y manejo profesional, y un Ministerio de Economía y Finanzas profesionalizado que cuidó el déficit y el manejo de la deuda. Eso permitió un orden macroeconómico. Sin embargo, ese rendimiento no es tan sobresaliente hoy: el crecimiento peruano está por encima del promedio regional, pero no por mucha ventaja. El 2025 fue un año estrella, reluciente, para nuestras principales materias primas (cobre, oro y y plata) con precios históricos récord, pero solo crecimos 3.4%. Entonces al final de día la política sí pasa la factura: la erosión del manejo técnico por la inestabilidad y el desorden político está afectando a la economía. La idea de que la economía puede funcionar independiente de la política fue una ilusión que se está desmoronando.
P: ¿La inestabilidad política se debe al diseño institucional o a la cultura política?
R: No es tanto el diseño institucional; es el colapso de la representación. No solo faltan partidos fuertes, sino que faltan políticos reconocibles: muchos gobernantes eran prácticamente desconocidos antes de asumir (Balcázar, Jerí, Boluarte, Castillo, Sagasti). Si hubiera entrado el Sr. Balcázar a un restaurante hace 2 semanas nadie lo hubiera reconocido. Es un país donde donde la gente debuta en política con la Presidencia de la República. Los mecanismos de representación colapsaron y quienes se benefician del sistema trabajan para reproducirlo sin encontrar grandes resistencias ni en la política ni en la sociedad, lo que impide políticas públicas de largo plazo. Te doy un ejemplo: desde el año 2000 hemos tenido 46–47 ministros del Interior. Eso hace imposible una gestión de la seguridad y el crimen se sale de control. Esta situación es como una bendición para las economías ilegales.
P: Usted menciona intereses que quieren que la inestabilidad continúe. ¿El crimen organizado?
R: Hay varios actores. Por un lado, los políticos (o gente que está en la política, la palabra les queda grande) aprendieron a prosperar en este sistema estallado y no tiene interés en arreglarlo; en los últimos años se dedicaron sistemáticamente a hundir en el Congreso varios intentos de reformas sensatas y por el contrario promovieron cambios que profundizan la desorganización. Por lo tanto, no es casual que hoy tengamos un desmadre político mayor que el que había hace 5 años. Por otro lado están los intereses ilegales e informales (minería ilegal del oro, narcotráfico). A ellos les interesa que el Estado no regule ni vigile su actividad. Es notable que muchos candidatos al Congreso son propietarios de pequeñas minas informales; la economía ilegal del oro hoy es casi tan importante como la del narcotráfico. Ambos grupos (políticos que se benefician del desorden y actores informales e ilegales) convergen en la preferencia por un Estado débil.
P: No lo veo optimista respecto del futuro de Perú a partir de abril.
R: No es cuestión de optimismo o pesimismo: quienes están en el poder en Perú han trabajado para llevar el país por este rumbo. No hay indicios sólidos de que los resultados vayan a ser distintos a corto plazo.
P: ¿No se ve ninguna alternativa política que plantee frenarlo o cambiarlo, al menos mayoritaria?
R: De momento no se ve nada claro. Pero la política peruana es impredecible y la vía electoral puede traer sorpresas: en elecciones pasadas han aparecido candidatos inesperados que cambiaron el panorama. La fragmentación hace muchas cosas posibles; hoy quien lidera encuestas tiene en torno al 10% de intención de voto entre 37 candidatos. Dicho esto, lo más probable es una continuidad gradual del deterioro político que venimos observando.
El caso extremo de una fragmentación presente en la región
Vergara advierte que Perú, con su inestabilidad extrema, es una especie de “laboratorio” de fenómenos que se extienden por toda Latinoamérica.
P: ¿Qué lecciones tiene esto que está pasando en Perú para el resto de los países de América Latina?
R: Es un proceso regional: fragmentación y debilitamiento de la representación están presentes en varios países. Perú, Guatemala y Ecuador son casos extremos; con la crisis del MAS, Bolivia podría sumarse. En otros países la fragmentación existe, pero todavía hay clases políticas capaces de formar acuerdos y coaliciones (Chile, Colombia). Argentina tiene un patrón distinto: históricamente presenta una dinámica de dos polos (La famosa “grieta”) que reduce la amplitud de la fragmentación y mantiene cierta articulación electoral, aunque con signos de fragmentación reciente, como el caso de Javier Milei y otros.
Vergara destaca que en el caso argentino, la sociedad se divide en polos relativamente estables (kirchnerismo/antikirchnerismo, macrismo/antimacrismo, ahora mileísmo/antimileísmo). Esto permite una mayor previsibilidad electoral, aunque puede resultar complejo en el gobierno, por el posible “bloqueo mutuo” de ambos polos.
En Perú, en cambio, “las identidades partidarias y políticas en la sociedad directamente han desaparecido, lo que impide prever resultados y anula coordenadas básicas que en otros países permiten anticipar mínimamente las elecciones. Vergara advierte que con esta “pulverización” de la representación política en Perú “no hay con quién negociar salidas o reformas”.
“Sin reformas profundas de la representatividad y de la capacidad regulatoria del Estado, lo probable es la continuación de este deterioro”, aunque la vía electoral “puede traer sorpresas”, concluye.
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