La Inteligencia Artificial a examen: objetividad, verdad y juicio humano

La expansión de la IA promete transformar el acceso al conocimiento y la productividad, pero también abre interrogantes. La creciente confianza en los sistemas automatizados puede debilitar el juicio humano, la búsqueda de la verdad y la capacidad de reflexión indispensable para una sociedad democrática.

Por Carlos Parajón*

Inteligencia artificial (IA).

En la manera de hablar del presente puede apreciarse que sus particularidades proceden de los requerimientos verbales de la objetividad informativa. No podrá ejercerse una crítica de este empleo y de sus limitaciones impuestas en la comunicación de la época sin el recurso de una acendrada capacidad expresiva que permita discernir reflexivamente sus deficiencias. Pero es cierto también que se nos fuerza a constituirnos hoy en espectadores frente a la imposición general de las condiciones de objetividad informativa del conocimiento. Se presume que el desarrollo de su dominio como un sistema impersonal, sin control consciente, inmune a toda consideración crítica, pueda adquirir aun una mayor perfección que terminará por sustituir al pensamiento.

La ausernte justificación de sus límites permite que el punto de vista que lo engendra se perciba falsamente como absoluto, es decir, incondicionado. Es lo que aparenta suscitarse hoy en una de sus manifestaciones, en la denominada Inteligencia Artificial, la que se constituye en un sistema al ser considerada como una ciberestructura dependiente de la información actualmente disponible. Es posible comprobar también que cuanto mayor poder adquiera la autosuficiencia instrumental, tanto mayor es el placer de sumisión que suscita. Y esto es importante destacar al evidenciarse que su gravitación se debe más a su utilidad que a la claridad de su competencia. Inadvertidamente, lo sorprendente es entonces que su celebrada presencia oculte la parte del conocimiento que sustrae y, de este modo,:infunda como verdad las limitaciones que trae consigo.

La exaltada apreciación del adelanto es proporcional a la ignorancia de sus consecuencias. Aunque simule su calidad de sujeto, su mediación impersonal de utilidad está disociada de toda inquietud reflexiva que permita esclarecer su concepto, la idea de verdad que supone, su pretensión de generalidad, la expresión unilateral que requiere, así como la índole del conocimiento que desestima. De acuerdo con la interpretación que de ella se propone, todo hace parecer que basta exaltar la magnitud de su servicio como prueba general de suficiencia.

Sin el control consciente de su poder, su competencia se basa en la información para dar lugar a una “megatendencia”, a una forma de representación autónoma de los conocimientos y de los hechos. Tal circunstancia presente hace presumir que los resultados atribuibles al esfuerzo intelectual, tales como la experiencia del hallazgo científico, la pretensión de verdad sobre la carencia del bien debido, la crítica de ideas dominantes, la diferencia entre lo mejor y lo inaceptablr, la rectitud de juicio y la inspiración, pierdan su jerarquía al ser convertidos en simples datos verificables por mediación informativa.

La posible fundamentación de su autosuficiente utilidad excede la competencia de la Inteligencia Artificial. El hecho más gravitante de la época es la supremacía de la competencia instrumental sobre la capacidad que procede de la formación de las facultades humanas, la que predispone una recta conciencia de lo que se hace. La aceptación objetiva del hacer posible avanza como auspicioso adelanto con prescindencia de toda claridad excedente. No puede sorprender que los últimos peldaños sensiblemente perceptibles del constante adelanto tecnológico tengan recepción favorable en una conciencia anuente y adaptable y que toda pretensión de verdad tienda a ser sustituida por los datos de la administración informática del conocimiento. Sin conciencia de algo superior se nos exige aceptar lo que es así ahora, que pensemos en dependencia de los cambios temporales. Concedamos entonces que hemos ignorado un hecho fundamental de la historia precedente: la verdad ha sido oscurecida por la objetividad del conocimiento. La tolerancia de esta oscuridad tiende a volverla perdurable.

En consecuencia, se presume hoy que la Inteligencia Artificial y otros adelantos tecnológicos superarán el ejercicio de las facutades humanas después de haberlas adormecido con la imposición de la objetividad informativa del conocimiento.Tal vez logre sustituirlas pero no superarlas. Aun cuando el espíritu de la época se halle oscurecido por una falsedad que se acepta y se proyecta hacia el futuro, la permanente incitación que la verdad ejerce sobre el pensamiento es el de una invariable búsqueda de claridad.

Al mismo tiempo que se celebra la utilidad instrumental de la Inteligencia Artificial tiende a cercenarse la verdadera comprensión de su alcance. De sí no surge la observación se sus límites cuando es empleada para sustituir indebidamente la responsabilidad del juicio propio, por ejemplo, en una sentencia judicial. La conciencia de responsabilidad debida pertenece al pensamiento crítico. Los límites de la competencia de la Inteligecia Artificial proceden de su forma de juzgar, la misma que, conforme a su estricta dependencia del avance de las innovaciones tecnológicas, es propensa a reducir el concepto de verdad a la adecuación del juicio con el de la competencia instrumental, con los resultados de lo que con ella se puede hacer y utilizar. Hay quienes proponen la vinculación de la Inteligencia Artificial con la enseñanza.

Si bien cabe la posibilidad de enseñar a emplearla, su mediación carece de capaidad para esclarecer las actuales insuficiencias teóricas de la educación surgidas de la confusión entre objetividad y verdad. Su finalidad no es ilustrativa. En términos de Kant, no se interesa por “la salida del hombre de su culpable inmadurez”. No puede esperarse que favorezca la finalidad de la enseñanza si al mismo tiempo comparten la misma visión objetiva del conocimiento, la que inhibe la tensión entre lo que es y lo que debe ser, entre la aptitud y la capacitación..

La Inteligencia Artificial, conforme a programas que le permiten aparentar procesos cognitivos, responde a las preguntas que se le formulan, pero sus respuestas carecen de originalidad. Ignora por completo el uso del modo subjuntivo, el que le permitiera discernir lo que es de lo que debe ser, así como tapoco posee la capacidad irónica de volver al pensmiento contra sí mismo. Su competencia se basa en la síntesis de informes extraídos de antecedentes similares a las cuestiones consultadas. Esos informes no son inéditos ni predictivos. Al valerse en forma regresiva de datos existentes no puede esclarecer ni juzgar libremente los casos que procesa. Si bien nos permite conocer sus actualizados informes, el dominio consciente de pensamientos sólo procede de la intimidad reflexiva del individuo.

Por su propia gravitación tal vez logre provocar en adelante un estado de indiferencia, que ya no importe saber si el diálogo es simulado o real. Lo cierto es que la respuesta impersonal carece del impulso que le exija reaccionar, indignarse o resignarse ante el mal. Sólo nos dará un informe de los hechos, hay quienes reaccionan y hay quienes se indignan o se resignan. Si se tiene en cuenta que a todo mal subyace la ignorancia, puede afirmarse que en tanto mayor sea la confianza que se le conceda al alcance de su conocimiento, tanto más en el olvido quedará la advertencia del repudio al mal como principio de la sabiduría.

La simple complacencia receptiva de la Inteligencia Artificial se debe hoy al fracaso de una educación que no estuvo preparada para esclarecer persuasivamente las convicciones dominantes y la naturaleza y límites de las innovaciones tecnológicas. Esta circunstancia permite observar que la crítica de su dominante presencia no responde a principios éticos sino a la responsabilidad intelectual de claridad,.Por esto mismo, la crítica no es una tarea ordenada a retacearle importancia ni a destacar la supremacía de “valores”. Tampoco tiene una intención edificante, de infundirle un buen sentimiento a la utilidad y riesgos de su servicio.

Tal vez sea razonable ponerla a prueba. En tal sentido, sabiéndose de su índole impersonal y, por consiguiente, de carecer de una íntima reacción, aun así, ¿podemos esperar que esclarezca la diferencia entre una conducta propensa a corromperse y una conducta rectamente inspirada, y si es así, en qué argumento persuasivo habríamos de apoyarnos para saber cuál de ellas debiera prevalecer entre nosotros?

Como no se la denomina capacidad sino inteligencia, conviene esclarecer cuál es la facultad que se admite al calificársela como “artificial”.No es erróneo suponer que con la denominación Inteligencia Artificial se haga referencia a la inteligencia como facultad específicamente humana, aun cuando de manera equívoca su adjetivación como artificial le otorgue el significado de “hecha por el hombre”. Debió reconocerse de entrada que un instrumento no puede ser una facultad. Entendida como facultad humana, la inteligencia comprende la conciencia de sí, algo que sólo es posible a partir de la presencia de otra facultad que subyace en toda actividad intelectual: el lenguaje, el que media en el ejercicio de las facultades superiores, es decir, en la concentración, la abstracción y el discernimiento.

Es indudable que la idea de inteligencia entendida como una facultad que hace posible expresarse acerca de sí, y además, permite hacer consciente su espontaneidad y lo debido, no puede ser referida de manera unívoca a un servicio impersonal. Equivaldría a valerse del ilusorio recurso de la personificación para hacer creer que un instrumento artificial posee el don de la palabra y los atributos de la inteligencia.

Los expertos pueden alegar que la Inteligencia Artificial debe entenderse como una avanzada mediación tecnológica cuyo fin es la mayor disponibilidad del conocimiento y la simplificación del trabajo, se admite entonces que su creación es obra de la inteligencia humana y la extensión metafórica de su significado como facultad para ser entendida como “inteligencia artificial” es simplemente ficticia, por no poseer ésta la conciencia de sus atributos. A pesar de su equívoca denominación, de buen grado y en favor de la claridad, la aceptación de su servicio sería incuestionable si se concediera que no está hailitada para juzgar reflexivamente la índole del conocimiento que propicia, así como tampoco para reconocer el saber que sustrae.

A pesar de la asombrosa magnitud atribuida a su creación, era previsible que el empleo de la Inteligencia Artificial no pueda garantizar su invariable rectitud y acabe por ser exitosa con fines inaceptables. La competencia informativa que posee le permite ocuparse de lo que es, no de lo que debe ser. Se afirma que su empleo ilegal es favorecido por “la vulnerabilidad de los sistemas de seguridad”. Por consiguiente, su mediación puede servir para cometer el denominado “ciberdelito”, como otros daños. La eventual concreción del empleo indebido muestra por fuerza que la avanzada concepción de sí que se le atribuye disimula su inmanente carácter regresivo.

La eficiencia y el éxito son indiferentes ante el bien y el mal. En tal sentido, con el propósito de señalar su descontrolada presunción de universalidad, se afirma: “La suposición de que la IA es una tecnología controlable es errónea. Su generalidad es la que la hace peligrosa”.1 Más grave que el presagio de su negativa influencia es su interpretación superficial de creer que posee juicio propio, decide por sí y se sobrepondrá a toda resistencia crítica. ¿No es acaso de singular importancia pedirle a la Inteligencia Artificial que también nos dé a conocer de qué forma podemos evitar los excesos que su propio empleo propicia?

1 Tristan Harris, Estamos generando las condiciones para una catástrofe. Diario Infobae, 3. 12. 2025.

* Escritor y filósofo argentino.


Inteligencia artificial (IA).

En la manera de hablar del presente puede apreciarse que sus particularidades proceden de los requerimientos verbales de la objetividad informativa. No podrá ejercerse una crítica de este empleo y de sus limitaciones impuestas en la comunicación de la época sin el recurso de una acendrada capacidad expresiva que permita discernir reflexivamente sus deficiencias. Pero es cierto también que se nos fuerza a constituirnos hoy en espectadores frente a la imposición general de las condiciones de objetividad informativa del conocimiento. Se presume que el desarrollo de su dominio como un sistema impersonal, sin control consciente, inmune a toda consideración crítica, pueda adquirir aun una mayor perfección que terminará por sustituir al pensamiento.

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