Decadencia chavista



Se hace cada vez más difícil tomar en serio la idea de que Venezuela está liderando la lucha de los pueblos latinoamericanos contra el “imperio” estadounidense, fantasía ésta que, por improbable que parezca, aún no se ha desvanecido por completo. Con todo, si bien por algunos años el chavismo disfrutó de cierta popularidad en círculos supuestamente izquierdistas no sólo aquí sino también en Europa, ha resultado ser un remedo tan esperpéntico y tan destructivo de la revolución soñada que a esta altura sería perverso insistir en defenderlo. Es por lo tanto legítimo preguntarnos si la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus simpatizantes seguirán solidarizándose con lo que todavía queda del “socialismo del siglo XXI” inventado por Hugo Chávez. Aunque los voceros del gobierno nacional preferirían guardar silencio acerca de la evolución catastrófica de la economía de su socio estratégico más admirado, el régimen del sucesor del comandante, el presidente Nicolás Maduro, no deja de depararles motivos políticos para que cambien radicalmente la postura que, a pesar de todo, parecen resueltos a mantener. Además de arruinar la economía venezolana, que está achicándose a gran velocidad y depauperando aún más a millones de personas ya muy pobres, el régimen de Maduro hostiga con brutalidad a todos aquellos que se animan a oponérsele sin preocuparse en absoluto por los métodos empleados. Que éste sea el caso acaba de verse confirmado de manera contundente por nada menos que el fiscal a cargo de la causa en contra del dirigente político Leopoldo López, el opositor que fue condenado a 14 años de cárcel porque, según el régimen, había estado detrás de las violentas protestas antigubernamentales del año pasado. Luego de huir a Estados Unidos, el fiscal Franklin Nieves confesó que el juicio en el que había desempeñado un papel protagónico fue una farsa y que eran falsas las pruebas que le sirvieron para justificar el encarcelamiento de López. Así las cosas, sería de suponer que la presidenta Cristina, tan comprometida ella con los derechos humanos y la democracia, pronto sumará su voz a la de los muchos líderes internacionales que están reclamando la liberación inmediata del preso político más célebre del hemisferio occidental. Al fin y al cabo, no vaciló en adoptar una actitud muy firme al producirse en Honduras y Paraguay sucesos que a su entender constituían desviaciones institucionales inaceptables. Por fortuna, es escasa la posibilidad de que el destino de la Argentina se parezca al de Venezuela, que amenaza con ser realmente trágico porque no hay ninguna salida política o económica a la vista. Aunque las versiones más extremas del kirchnerismo comparten ciertos rasgos con el chavismo, aquí la democracia ha resultado ser mucho más fuerte que en la República Bolivariana, razón por la que los decididos a ir por todo no pudieron avanzar más allá de límites que fueron defendidos por el grueso de la sociedad. Asimismo, puesto que, a diferencia de Venezuela, la Argentina no depende de la exportación de un solo producto, nuestra economía está en mejores condiciones de enfrentar los muchos problemas que le ocasionará el fin del boom de los commodities que tantos beneficios coyunturales le reportó. Las distintas sociedades de América Latina siempre han sido vulnerables a la tentación de confiar ciegamente en el voluntarismo facilista, en la noción de que una ideología presuntamente correcta pudiera hacer innecesarias las virtudes tradicionales pregonadas por quienes suponen que, en última instancia, el éxito nacional dependerá del esfuerzo inteligente, la eficacia y el respeto por ciertas reglas básicas. Sin embargo, todos los experimentos en tal sentido han fracasado de forma miserable. Lo sucedido en Cuba y Venezuela, países que si sólo fuera cuestión de sus ventajas naturales serían prósperos pero que se han empobrecido en aras de esquemas imaginarios importados, debería servirnos de advertencia, pero no extrañaría demasiado que en las décadas venideras surgieran en la región más caudillos como Chávez que, al prometerle al pueblo guiarlo hacia un mundo mejor, logren provocar desastres tan descomunales como el protagonizado por Maduro que, huelga decirlo, no atribuirán a su propia insensatez sino a la maldad imperialista.


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