Del enigma a la certeza






El cuarto gobierno K está desorientado ante la nueva coyuntura internacional. Esperaba, con candidez, un escenario pospandémico totalmente opuesto.


A medida que se acercan las elecciones, el grado de conflictividad política se intensifica por efecto de una paradoja: todavía se mantiene la incertidumbre sobre el resultado electoral, pero crece la certeza sobre el volumen de la crisis pendiente para el día después.

Dicho en otros términos: aún no se sabe con cuánta legitimidad y con qué recursos institucionales contará el sistema político para enfrentar la crisis. Ese detalle preciso sólo surgirá del nuevo mapa que dibujarán los votos el 14 de noviembre. Pero ya se entrevé con claridad que el Gobierno nacional resolvió agravar los problemas para el lunes 15.

La decisión de congelar los precios como método desesperado frente al aumento de la inflación vino a confirmar esa amarga expectativa. Frente al enigma sobre el rumbo que tomará el día después, el Gobierno resolvió despejar las dudas: su rumbo elegido es el extravío.

Alberto Fernández reunió a algunos intendentes para pedirles que salgan a controlar las góndolas. Piensa que así responde a una duda de sentido común: cómo se aplicará el congelamiento para que resulte efectivo. Lo que demuestra Fernández, en realidad, es que ignora la única pregunta razonable que surge palmaria frente a un congelamiento por 90 días: qué pasará el día 91.

Como por lo general los actores de la economía no se sientan a esperar que los gobernantes razonen con sensatez, la respuesta a esa pregunta que el Presidente no se hace apareció de inmediato en la cotización del dólar. La única reserva de valor que la economía argentina percibe a corto plazo. El dólar de mercado subió hasta rasguñar aquel precio que le hizo a Cristina Kirchner lanzar su advertencia -por carta y hace un año- sobre el desafío estructural de la economía bimonetaria.

El Gobierno ya venía ofreciendo dos certezas inconvenientes. Dos retrasos: el del dólar frente a la inflación y el de las tarifas subsidiadas. Decidió echarle leña al fuego garantizando una remarcación generalizada de los precios para el día en que termine. Un regalo de reyes magos.


Ya no existe la amistad venezolana lubricada con petrodólares. Sólo queda la aflicción por las incómodas declaraciones del exjefe de inteligencia chavista.


Más indicativa aún que el dólar es la suba del riesgo país. Martín Guzmán ha licuado aquello que reivindicaba como el mérito solitario de una gestión deslucida: el acuerdo con bonistas para reprogramar la deuda privada.

La sobretasa de riesgo no sólo está peor que antes porque la conducción política no cesa de mandar señales contrarias a un acuerdo con el FMI. El acuerdo no es por sí mismo ninguna garantía de salida. Un programa económico razonable puede serlo. Asumido con convicción.

Es aquí donde juega un dato central. Algo que se percibe con nitidez observando la política exterior: el cuarto gobierno kirchnerista está desorientado ante la nueva coyuntura internacional. Esperaba, con candidez franciscana, un escenario pospandémico diametralmente opuesto.

De la pandemia resultó una nueva guerra tibia entre EE.UU. y China, dos potencias capitalistas. Y a corto plazo, una economía de la escasez, por los efectos del lockdown en las cadenas de provisión logística y energética. En consecuencia, las alianzas externas con las que Cristina imagina soportar un nuevo modelo después de las elecciones -de confrontación con las potencias del FMI- están demostrando su extrema fragilidad.

Ya no existe la amistad venezolana lubricada con petrodólares. De ese recuerdo sólo queda la aflicción por las incómodas declaraciones en España del exjefe de inteligencia chavista Hugo “el Pollo” Carvajal.

En ese contexto de extravío se explica el dislate protagonizado por Alberto y Aníbal Fernández al desentenderse de los efectos violentos del conflicto en Río Negro.

El Gobierno naufraga a diario en un escenario político donde ha perdido su condición de mayoría. Y en una economía sobre la cual no tiene ningún control. Pero todavía ensueña una reforma normativa tan profunda en Argentina, como para admitir la distopía de una constitución plurinacional.


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