Del fuerte predominio del MPN a la complejidad rionegrina
El escenario regional
En tiempos aceleradamente preelectorales resulta relevante analizar la capacidad de sostenerse en el poder de los oficialismos provinciales. En la Patagonia, salvo el multipartidismo de Tierra del Fuego y el bipartidismo alternante del Chubut, los otros tres distritos ofrecen un sistema político dominado por un solo partido. Es el caso de Santa Cruz, con el gobierno ininterrumpido del Partido Justicialista, y de las dos provincias del norte de la región. Neuquén con el Movimiento Popular Neuquino (MPN) hasta el presente y Río Negro con la Unión Cívica Radical hasta el 2011.
La provincia del Neuquén se distingue además por ser el único distrito en la nación con predominio permanente de una fuerza provincial y donde el mismo se ha prolongado en el tiempo desde varias décadas antes del retorno definitivo de la democracia a nuestro país.
Este predominio encuentra sus bases en el manejo permanente del Estado, en la asociación histórica entre la identidad neuquina y el partido de gobierno, y en una fuerte estructura partidaria capaz de absorber enormes disidencias internas, incluso modelos políticos contrarios, como precio a pagar para sostener el gobierno de la provincia.
No nos olvidamos de las flaquezas de la oposición ni del manejo discrecional de los recursos estatales, entre otros factores. De todas formas, mientras el MPN siga licuando sus diferencias internamente, es decir siga unido, y la oposición conserve su incapacidad de aglutinación efectiva, la provincia no tiene otro destino que seguir aumentando la cantidad de años sin alternancia política.
El caso de Río Negro es muy diferente. Durante veintiocho años el radicalismo dominó y a esto contribuyeron en parte las disidencias no resueltas del peronismo. El actual gobernador Alberto Weretilneck, elegido como vice en la fórmula con Carlos Soria, tuvo que sobreponerse primero al asesinato del electo gobernador y esquivar rápidamente la posibilidad de nuevas elecciones provinciales. En sus primeros meses de gestión tuvo que sortear las medidas respecto de los empleados estatales que había dispuesto Soria en su corto período de gobierno y negociar permanentemente entre sus convicciones, el sostenimiento del proyecto de gobierno del “Gringo” y la fuerte disputa interna del peronismo. Todo ello encima desde su pertenencia original al Frente Grande. A los problemas de gestión habitual a cualquier oficialismo le añadió la complejidad de tomar las riendas de un Estado que no conocía sino las políticas y el estilo de los diferentes modelos radicales desde 1983.
En la actualidad y con la anticipada pugna por la renovación del Ejecutivo provincial, el oficialismo que venía en construcción parece disuelto en una interna que pelea palmo a palmo toda posición de poder. Es por ello que nombres de congresales y de presidentes de unidades básicas pueblan la prensa con un protagonismo que recuerda a otras épocas. Y es que el premio es grande. Con un radicalismo en decadencia y fuera de las principales posiciones de poder, la permanencia en la conducción de la provincia depende sólo de la continuidad en las acciones de gobierno y de la solvencia política del propio Frente para la Victoria (FpV).
Frente a este escenario se renuevan las aspiraciones y los apetitos de llegar a la conducción provincial desde el sello justicialista. Ya antes, pero sobre todo desde el 2011, Río Negro conoce en su bloque de poder a dos sectores fuertes del justicialismo, el “sorismo” y el “pichettismo”, y al sector político más diverso, que incluye peronistas, miembros del Frente Grande y puede albergar otras corrientes políticas, liderado por el actual gobernador.
El juego a tres bandas está planteado y hoy parece que la balanza de poder se inclina para el peronismo de matriz altovalletana y el construido desde el este provincial y la nación, aunque surgen varios interrogantes.
Primero si este justicialismo podrá doblegar al actual gobernador. Si esto ocurre, el riesgo es que Weretilneck construya como pueda y con lo que esté a su alcance una alternativa de gobierno diferente que complique el por ahora asegurado éxito del oficialismo.
Además nada garantiza, en este caso, que la actual resignación del “sorismo” y su fidelidad a la candidatura provincial de Pichetto se mantenga y con él el sueño de un FpV unido y “puramente” justicialista. Habrá que seguir de cerca esta interna y los realineamientos posteriores para confirmar la continuidad real o aparente del “oficialismo” rionegrino, según quién lo habite.
Francisco Camino Vela (*)
(*) Historiador, Universidad del Comahue (UNC) y en la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN)
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