Del pizarrón al video

Marcelo A. Angriman*

No sabés el tiempo que lleva”, me dijo por estos días, entre extenuado y complacido, un colega cuarentón que acababa de asistir a sus tres hijos -dos niños y un adolescente- con sus tareas escolares digitales.  


A la par se observan, con ojeras y auriculares conectados, a alumnos universitarios intentando seguir clases virtuales y trabajos prácticos subidos en plataformas sin un orden claro. Así muchos jóvenes elongan horas del día y de la noche, a expensas de tal descontrol remoto.


Indudablemente el aislamiento social preventivo obligatorio ha llevado a modificar hábitos de docentes, alumnos y padres, y a hacer continuos ajustes en muchas instituciones acostumbradas a la educación tradicional.


En una inspiradora nota titulada: “La biología está acelerando la digitalización del mundo”, Jorge Carrión reflexiona cómo el coronavirus está multiplicando exponencialmente nuestra dependencia de los dispositivos y de las grandes empresas tecnológicas (de Google a Netflix) y que la revolución tecnológica está siendo completada por una pandemia a pasos acelerados.


Uno de estos cambios ha sido el pasaje repentino del aula a otros formatos digitales, donde con la mínima tecnología de un celular o una notebook (por zoom, skype, o por videos subidos a plataformas, youtube o google drive entre otros) el alumno suele ver el recuadro de un educador haciendo malabarismos por transmitir su mensaje.


Por su parte el docente, luego de acertar con la bendita tecla, solo ve una fría pantalla que reproduce su propia imagen, en lugar de tener enfrente a tantos ojos que dicen cosas.
Es esta una conexión forzada fundada en un estado de necesidad, aceptada en las ventajas de ser el video u otro formato el canal idóneo para sostener un contacto imprescindible.


De tantos ojos que dicen cosas, a una cámara.
De allí la conveniencia de acercar dos mundos distantes, que ante ciertas circunstancias pueden hacer sinergia.


En más de una oportunidad, frente a dificultades, he escuchado decir a docentes de suelas gastadas que son del pizarrón y la tiza.
Con ello sorteaban los imponderables que sobrevenían de un corte de luz, carencia de recursos o inconvenientes sobrevinientes de la tecnología.
Tal cintura pedagógica siempre fue valorada como una virtud, ya que resaltaba a quien estaba preparado para cualquier contingencia, a quien podía reanudar su clase sin pestañar y a quien dentro del repertorio guardaba un plan B bajo su manga.


Mas nunca he oído de un maestro o profesor decir que hubiera realizado un video propio para adelantar el futuro. Tal predicción antes de la pandemia hubiera sido tildada, al menos, de extravagante.
Es que el aula siempre fue el hábitat natural del docente. El escenario del actor, el quirófano del cirujano, la piscina del nadador o el taller del zapatero.


Es ese el preciso lugar donde expresa el lenguaje verbal y el no verbal de todo su cuerpo y la contención socio afectiva que, a través de su decir y hacer, es capaz de transmitir.


Va de suyo entonces y solo en el aspecto comunicacional, la importancia de poder estar frente a la otra persona, de poder verla íntegramente, de observar cómo se mueve y gesticula (cuando el 55% de la comunicación es no verbal).


Si bien la suspensión de clases está plenamente justificada hasta que el Covid-19 cese su furia, afirmar que esta será la educación del futuro, en niños y adolescentes, resulta un desvarío.



Pero también el aula es un ámbito de interacción donde se aprende a convivir entre pares, se expresan pareceres y dudas y emociones, generándose aprendizajes a partir de dicho intercambio recíproco.
Por ello la necesidad del contacto personal resulta primordial a la hora de formar y no solo de informar, estableciendo un diálogo y no un monólogo.
Máxime cuando el perfil que se espera del maestro a futuro no es tanto el de un experto, sino el de formar personas con principios, que sepan trabajar en equipo y tengan iniciativa personal. Para cumplir con tal tarea se precisa de seres humanos que contengan y gestionen, desde su presencia, las emociones y sentimientos de sus educandos.


Por ello, si bien la medida de suspensión de clases se encuentra plenamente justificada y la preservación de la salud de nuestros niños y jóvenes prioritaria hasta que el Covid-19 cese su furia, afirmar que esta será la educación del futuro, al menos en niños y adolescentes, resulta un desvarío.
Sin embargo, esta crisis supone, y la cuarentena permite, la magnífica oportunidad para muchos docentes de aggionarse y de progresar en sus conocimientos tecnológicos.


Pero aún más, es la invitación a abrir las puertas de ingreso al mundo que a diario transitan sus alumnos.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo gmail.com


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