Demasiados dilemas

El hecho de que sea difícil formular un "plan" que permita que la Argentina vuelva a ser un país promisorio, debería preocupar a todos.

Redacción

Por Redacción

Según ciertos obispos, la deuda pública es «inmoral» y aunque no lo fuera sería criminal sacrificar al país en un intento de pagar la parte correspondiente a los acreedores extranjeros: puede que tengan razón, pero ocurre que los costos de desconocerla bien podrían resultar más onerosos que los supuestos por la alternativa que insinúan. Asimismo, si bien a esta altura es dolorosamente evidente que en la raíz del desastre financiero que estamos viviendo está el clientelismo corrupto de generaciones de políticos provinciales que se las han ingeniado para crear un sector público a la vez carísimo e inoperante, solucionar este problema reemplazando dicho sector por otro no sólo requeriría dotes administrativas que sencillamente no se encuentran aquí, sino que también tendría consecuencias trágicas para millones de personas. Otro dilema tremendo está planteado por los empresarios que, como es su costumbre, están aprovechando la oportunidad para reclamar medidas proteccionistas: señalan que sin ellas la depresión se hará abismal, y es bien posible que estén en lo cierto, pero a menos que la industria nacional aprenda a manejarse sin subsidios aportados por el resto del país, el futuro de la economía será con toda seguridad negro. Estos tres dilemas constituyen tres de una lista interminable encabezada por el enfrentado por el mundo exterior: si presta a la Argentina varios miles de millones de dólares, lo único que logrará será permitir que un esquema inviable consiga prolongar su vida inútil algunos meses más, pero si rehúsa desembolsar una suma suficiente podría desatar una catástrofe que, no obstante el optimismo reciente, no tardaría en ocasionar estragos en la región, en otros países «emergentes» y, quizás, en el mundo desarrollado también.

El que todas las opciones sean malas y que por lo tanto sea tan extraordinariamente difícil formular un «plan» que de aplicarse permitiría que la Argentina vuelva a ser un país promisorio, es una realidad que debería estar preocupando no sólo a «los conejillos de Indias» mismos sino también a todos los demás. Significa que la idea de que todas las naciones latinoamericanas, africanas y musulmanas podrían seguir sin problemas las huellas de las ya desarrolladas era excesivamente ingenua. Por supuesto, ha sido previsible que en aquellos países en los que los movimientos conservadores, para no decir reaccionarios, se aglutinaran en torno de credos religiosos determinados, el eventual avance hacia el capitalismo democrático no podría concretarse antes de producirse una convulsión política y cultural en gran escala. En otros países, entre ellos la Argentina, empero, las barreras han sido mucho menos imponentes, pero así y todo el progreso hacia lo que a juicio de norteamericanos y europeos constituye la «normalidad» ha sido inesperadamente lento.

Se han subestimado las dificultades porque hay una diferencia muy grande entre lo que dicen «los dirigentes» y lo que en el fondo creen. A pesar de la presencia de una minoría locuaz de intelectuales y eclesiásticos que por motivos muy distintos se oponen al capitalismo como tal, la mayoría parece firmemente comprometida con el «modelo» occidental, si bien muchos están dispuestos a subrayar sus reparos en cuanto a los méritos de la versión local. Sin embargo, una cosa es declararse en favor de la clase de sociedad que se da en la mitad próspera de Europa, digamos, y otra muy distinta es hacer un esfuerzo auténtico para que la Argentina se asemejara más a países como Francia, España e Italia. Desgraciadamente para todos, hasta hace muy poco el discurso «modernizador» de la mayoría moderada logró convencer tanto a los técnicos del FMI y los funcionarios de los gobiernos del «Primer Mundo» como a los argentinos mismos, creando la ilusión compartida de que el país avanzaba con rapidez hacia los objetivos que los más aceptaban como los mejores. Sin embargo, a la larga sus acciones -o su inacción- resultaron ser decisivas, de ahí el desconcierto que ha causado el triunfo del «país real» que nadie ya reivindica sobre el discurso que pareció contar con la aprobación general.


Según ciertos obispos, la deuda pública es "inmoral" y aunque no lo fuera sería criminal sacrificar al país en un intento de pagar la parte correspondiente a los acreedores extranjeros: puede que tengan razón, pero ocurre que los costos de desconocerla bien podrían resultar más onerosos que los supuestos por la alternativa que insinúan. Asimismo, si bien a esta altura es dolorosamente evidente que en la raíz del desastre financiero que estamos viviendo está el clientelismo corrupto de generaciones de políticos provinciales que se las han ingeniado para crear un sector público a la vez carísimo e inoperante, solucionar este problema reemplazando dicho sector por otro no sólo requeriría dotes administrativas que sencillamente no se encuentran aquí, sino que también tendría consecuencias trágicas para millones de personas. Otro dilema tremendo está planteado por los empresarios que, como es su costumbre, están aprovechando la oportunidad para reclamar medidas proteccionistas: señalan que sin ellas la depresión se hará abismal, y es bien posible que estén en lo cierto, pero a menos que la industria nacional aprenda a manejarse sin subsidios aportados por el resto del país, el futuro de la economía será con toda seguridad negro. Estos tres dilemas constituyen tres de una lista interminable encabezada por el enfrentado por el mundo exterior: si presta a la Argentina varios miles de millones de dólares, lo único que logrará será permitir que un esquema inviable consiga prolongar su vida inútil algunos meses más, pero si rehúsa desembolsar una suma suficiente podría desatar una catástrofe que, no obstante el optimismo reciente, no tardaría en ocasionar estragos en la región, en otros países "emergentes" y, quizás, en el mundo desarrollado también.

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