Democracia y socialismo

Redacción

Por Redacción

Las recientes directivas impartidas a la Asamblea Nacional por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en orden a aprobar varias leyes revolucionarias para «terminar de demoler las viejas estructuras del Estado burgués y crear las nuevas del Estado del proletariado bolivariano» reinstalan un antiguo debate. ¿Es posible instaurar un sistema de economía en que los medios de producción pasen a manos del Estado conservando al mismo tiempo las formas democráticas? ¿Es compatible el socialismo de Estado con la democracia? Formulando la misma pregunta de otro modo, ¿la democracia es posible solamente en una economía capitalista y es incompatible con el socialismo que elimina el mercado?

Todos estos interrogantes formaron parte de un debate entablado a mediados del siglo pasado entre el jurista alemán Hans Kelsen («Escritos sobre la democracia y el socialismo», Editorial Debate) y el Nobel de Economía Friedrich Hayek, autor del conocido ensayo «Caminos de servidumbre». La tesis de Hayek consistía en afirmar la absoluta incompatibilidad entre democracia y socialismo. La economía planificada exige, para funcionar adecuadamente, un poder discrecional y, como consecuencia, una limitación del Poder Legislativo incompatible con un Estado democrático. Si los medios económicos se encuentran bajo el control de una autoridad central, la realización de cualquier fin cultural, religioso o político depende de la decisión de esa autoridad.

Por otra parte -sostenía Hayek- la socialización de los medios de producción, entre ellos los medios de prensa, impedirían la existencia de una libertad indispensable en toda democracia. Si el gobierno controla la producción y la distribución de las máquinas impresoras y del papel, no permitirá la publicación de periódicos o libros que se dirijan contra la política del gobierno. La experiencia de lo acontecido en la Unión Soviética y actualmente en Cuba son argumentos fuertes a favor de esta tesis.

La tesis de Kelsen, por el contrario, consistía en defender la compatibilidad entre la democracia y el socialismo. En su opinión, ni el capitalismo ni el socialismo (en su versión centralizada) están conectados esencialmente con un determinado sistema político. Ambos pueden funcionar tanto bajo un régimen democrático como en un régimen autocrático. Dado que un sistema político es, básicamente, un método o procedimiento para aplicar un orden jurídico, mientras que los sistemas económicos forman parte del contenido de ese orden, no hay una relación necesaria entre el sistema político y determinado sistema económico.

Naturalmente, las afirmaciones de Kelsen estaban condicionadas a que se mantuviera inalterable el respeto por las formas democráticas. Diferenciaba, en este sentido, la libertad positiva de la negativa. La primera consiste en la celebración de elecciones periódicas donde todos los ciudadanos emiten libremente su sufragio eligiendo el partido político de su preferencia. Este tipo de libertad es compatible con un sistema económico socialista como con uno capitalista.

La otra que Kelsen exigía preservar es la libertad negativa, entendida como libertad frente a la coerción de los que ejercitan el poder, garantizada por medio del respeto a ciertos derechos ciudadanos. No hablamos ya de la libertad económica, sino de la intelectual, de religión, de ciencia, de prensa, que son esenciales para la democracia. Para Kelsen «la nacionalización de los medios de producción no excluye de por sí instituciones jurídicas que garanticen la libertad de prensa y estas garantías pueden ser no menos efectivas que garantías análogas en una democracia capitalista».

La opinión de Kelsen ha sido en cierta forma recogida no hace mucho tiempo por el ex ministro de Defensa de Venezuela, el general Baduel. «Debe estar claro que un sistema socialista de producción no es incompatible con un sistema político profundamente demócrata, con controles y separación de poderes», dijo el general en un discurso en la Academia Militar de Caracas. Baduel señaló también que el carácter popular del movimiento chavista no justificaba que la implantación del modelo socialista se hiciera en forma anárquica. Lamentablemente, pese a tan optimista opinión, el general Baduel fue, al poco tiempo de esas declaraciones, llevado a prisión acusado de «conspiración» contra el régimen.

La esencia de la democracia es la posibilidad de sustituir, sin derramamiento de sangre, un gobierno por otro. Como señala David Held, mientras los gobiernos puedan cambiarse, y mientras el electorado pueda elegir entre (al menos dos) plataformas de partido muy distintas, la amenaza de una tiranía puede ser controlada. La teoría nos dice que socialismo centralizado y democracia son compatibles, pero el registro histórico no nos suministra hasta ahora ningún ejemplo donde esta teoría se hubiera comprobado. Los datos de la realidad parecen confirmar las opiniones de un marxista desencantado cuando señalaba que en teoría, teoría y práctica coinciden, pero en la práctica, luego nunca coinciden.

 

 

ALEARDO F. LARÍA (*)

Especial para «Río Negro»

 

(*) Abogado y periodista

ALEARDO F. LARÍA


Las recientes directivas impartidas a la Asamblea Nacional por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en orden a aprobar varias leyes revolucionarias para "terminar de demoler las viejas estructuras del Estado burgués y crear las nuevas del Estado del proletariado bolivariano" reinstalan un antiguo debate. ¿Es posible instaurar un sistema de economía en que los medios de producción pasen a manos del Estado conservando al mismo tiempo las formas democráticas? ¿Es compatible el socialismo de Estado con la democracia? Formulando la misma pregunta de otro modo, ¿la democracia es posible solamente en una economía capitalista y es incompatible con el socialismo que elimina el mercado?

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