Denuncias criminales
La sociedad sigue siendo presa fácil de demagogos e improvisados. Una de las causas de la larga sucesión de desastres políticos y económicos en el país.
Justo cuando la Argentina tambaleaba al borde de un precipicio financiero y el gobierno, respaldado por el grueso de la clase política nacional, se esforzaba por convencer al resto del mundo de que era plenamente consciente del peligro y que estaba dispuesto a tomar todas las medidas necesarias para impedir un colapso, la diputada radical Elisa Carrió y sus allegados se encargaron de difundir la versión de que el ministro de Economía, Domingo Cavallo, compartía con el banquero estadounidense David Mulford, el hombre que había actuado de intermediario en la negociación del brevemente célebre «megacanje» de la deuda, una cuenta millonaria en un banco ubicado en las islas Bahamas, un paraíso fiscal archiconocido. Asimismo, la diputada sigue calificando de «delincuente» al asesor de Cavallo y candidato a senador Horacio Liendo, sobre la base de la información que dice poseer.
De haber resultado ciertas estas versiones y también las insinuaciones que han sido formuladas por Carrió y sus compañeros, nos hubiéramos visto frente a un caso de corrupción realmente extraordinario por la participación de dos de las figuras más respetadas del escenario mundial, pero, para sorpresa sólo de los más crédulos, la «evidencia» esgrimida por la diputada y por sus laderos, de los cuales el más locuaz ha sido el es de suponer ex peronista y diputado Mario Cafiero, no tardó en derretirse. Además, según Cavallo, Carrió no fue víctima de su propia ingenuidad e ignorancia sino que falsificó adrede una «prueba» con pleno conocimiento de lo que hacía, motivo por el cual el Ministerio de Economía ha estado preparando demandas penales y civiles contra ella y contra otros políticos que apoyaron el «informe preliminar» de la comisión sobre lavado de dinero que tanto ha contribuido al ascenso político de la chaqueña.
Antes de formular Cavallo su contradenuncia, Carrió era la estrella más brillante del firmamento político nacional, una persona que conforme a las encuestas de opinión arrasaría sin dificultad en cualquier contienda electoral, porque «la gente» la creía la encarnación de la honestidad y una luchadora contra la corrupción a un tiempo heroica y óptimamente informada. Ahora bien: en buena lógica sería de prever que la carrera de esta diputada fogosa y pintoresca terminará muy pronto: aunque un político del montón puede darse el lujo de cometer «errores» de este tipo, a los que alcanzan la fama por su compromiso presuntamente inflexible con la virtud no les es permitido entregarse a maniobras tan cuestionables. Sin embargo, no hay ninguna seguridad de que la acusación de Cavallo la ponga en apuros. En nuestro país, la lógica sencilla raramente ha incidido mucho en la actitud de «la gente» ante los ídolos políticos de turno, de manera que no extrañaría que sus muchos simpatizantes optaran por perdonarla, convenciéndose de que a lo sumo fue mal asesorada y que su uso entusiasta de «pruebas» obviamente dudosas debería tomarse por evidencia de su voluntad indomable de luchar contra la corrupción financiera.
Por desgracia, la ciudadanía está tan acostumbrada a que campañas sensacionalistas supuestamente destinadas a aclarar absolutamente todo e inaugurar una época mejor se desvirtúen en un mar de confusión que por lo común el interés de algunos por la verdad puede menos que el deseo de confiar en la sinceridad de quienes cumplen el papel de paladines de la justicia y de sospechar de la honestidad de los sindicados como villanos. Esta actitud, propia de una sociedad que a pesar de la experiencia sigue siendo presa fácil de populistas, demagogos e improvisados, está entre las causas fundamentales de la larga sucesión de desastres políticos y económicos que se han producido en el curso de las décadas últimas. A menos que en esta oportunidad por lo menos la verdad triunfe y aquellos que la hayan tergiversado tengan que pagar un precio muy alto por su desprecio por la decencia, el país continuará hundiéndose cada vez más en el pantano viscoso en el que ha caído a raíz de los errores perpetrados no sólo por «los políticos» sino también por un electorado que, una y otra vez, ha repudiado a los pocos que le han hablado con honestidad en favor de profesionales de la mentira.