El día que Buenos Aires se volvió sepia

Tras la carta de adiós de Lionel Messi, un recorrido por las calles, los bares y las esquinas de una ciudad anestesiada por la noticia. El impacto del retiro en un país que se quedó sin su gran ilusión colectiva.

Redacción

Por Hernán Panessi

Más de veinte años defendiendo con honores los colores albicelestes.

Más de veinte años defendiendo con honores los colores albicelestes.

¿Qué estabas haciendo cuando se retiró Lionel Messi de la Selección? El asfalto de Avenida Corrientes sangra. El Obelisco está más tonto que de costumbre. El Microcentro habla y siente. La ciudad entera transita con la jeta dura, pasmada, como si a este mediodía le hubieran asestado una trompada: algo pasa cuando todo esto pasa. Lionel Messi anuncia que se va y lo hace con una carta hecha a puño y letra, una demostración de amor y sentimiento genuino. En un pasaje, Leo tachó la palabra “pienso” y puso la palabra “entiendo”.

Por ahí, la cara de los fulanos que transitan por San Martín es la de aquellos que recibieron una noticia que no esperaban. No hoy. O no, al menos, este mediodía sin sol del 31 de agosto de 2026. Messi no jugará más con la celeste y blanca. En los rayos catódicos de los bares, la palabra del periodista Sebastián “El Pollo” Vignolo: “Este día no me gusta, no me gusta”. La noticia ya rodó por todos los grupos de WhatsApp. Hay que seguir.

En ese instante, mientras transitan sus segundas decepciones (la primera fue la de la final versus España hace poco más de un mes), los hermanos Federico y Julieta, en la zona sur del conurbano bonaerense, tienen una certeza: hoy irán al colegio con la remera de la Selección y con la 10 en la espalda. El posteo en Instagram de Leo cayó como un yunque de mil kilos arrojado desde la cúpula del Palacio Barolo.

En alguna esquina de Scalabrini Ortíz, David deja su saxo y escribe el siguiente WhatsApp: “Nos vamos quedando más solos, pucha”. Enviar. Del otro lado, el titilar seco, desconcertado, anestesiado bajo el absurdo previsible. “Sí”, le responden. Los ojos extraviados de Buenos Aires tienen la misma opacidad de aquellas viejas derrotas. ¿Qué estabas haciendo cuando se retiró Diego Armando Maradona?

Sobre la calle Paraguay, el joven Maxi, pibe barista, futbolero, buen chico, salmodia un lamento breve, digno de su ascendencia japonesa: “Qué bajón. ¿Qué va a pasar ahora?” ¿¡Qué va a pasar ahora!? Por acá, todos nos creíamos dueños de esa zurda mágica y quedábamos amparados a la ilusión de que Messi exista. Y que sea argentino. A estas horas de la tarde, parece, no habrá juntada en Congreso, ni en Plaza de Mayo, ni sobre el costado del Obelisco, ese que lo supo campeón del mundo en 2022 y que celebró sus goles en 2006, 2010, 2014, 2018 y 2026. El que todavía comprime el griterío, aquella fábula casi de ciencia ficción, que tuvo a toda la ciudad loca de contenta después de la victoria frente a Inglaterra, en semifinales y con dos asistencias venenosas, su último gran regalo al pueblo argentino.

Desde la red social X, el empresario de la carne Alberto Samid tuitea algo que, hoy, ahora, en este preciso instante de la historia, se huele como la más lejana de las fantasías: “El clamor popular tiene que ser inmenso. Todos debemos pedir ante su retiro que siga jugando en la selección 10 años más. Quedate Messi, te necesitamos. Jugá en pantuflas si te sentís cómodo. Pero jugá”. Ayer, hace unas horitas nomás, Leo Messi anotó cuatro goles y dio una asistencia para la victoria del Inter Miami por 7 a 1 frente al FC Montreal. “Messi” y “jugar”, el mismo correlato, sinónimos que tomamos de hecho y que no tienen otras acepciones.

Ahora el ídolo tiró la toalla y nos deja desnudos en mitad de la calle, expuestos a la pura mediocridad del destino o a lo que nos toque suerte. En el barrio de Retiro, Julieta llora mientras empaca unos discos que más tarde enviará por correo. Ella, como todos, vio a Messi. A todos los Messis posibles y llora por las alegrías, pero también por las tristezas. Abre la ventana que da al pulmón de su edificio, saca afuera el olor a bife ancho, mira la pantalla de su celular y repite como un loro las palabras trágicas: “No puede ser, no puede ser”.

Los porteros de edificio, los arrugados como higo seco y los recién llegados, cargan con un peso específico: tendrán un tema menos de conversación. Mismo destino recibirán los mozos, los gallegos panzones y los cafeteros cancheritos. En Plaza Constitución, Juan Manuel, periodista y ducho con las palabras pero más con los sentimientos, dice: “Esto es más que perderlo en la Selección. Es anoticiarnos que efectivamente todo termina y que no podemos hacer nada para evitarlo”.

Buenos Aires asume desde aquí el ritmo más monocorde y más aburrido que tuvo su vida pendular en años. La vida de Messi en la Selección fue motor de luz, de alegría, de encuentros. De cervecitas y salamines. De gritos agónicos. De bares facturando. De charlas grotescas y fabulosas. Ahora la calle parece suspendida en una huelga silenciosa. El sonido de los bocinazos no tapa el dolor. “¿Por qué hay dolor?”, pregunta una streamer, desde Palermo, un poco con desdén, otro poco liberándose de la posibilidad de querer al ser más querible de la historia de nuestro país. Hay dolor porque Messi regaló felicidad, le dio un sentido a los socios y socias de esta gran caldera urbana.

La renuncia de Messi a la Selección Argentina no deja un tendal de pendientes porque ya dio todo. Nos dio todo. Cumplió con todo lo prometido: ser brillante hasta el final. Y sobre las fauces de estas mismas esquinas, entre casas de cambio y locales de empandas low cost, el dolor de aquellos desviados con ínfulas de sabios que alguna vez le regalaron una mala palabra al 10 de la Selección. Incluso, a ellos también les cae la maldición de la bancarrota moral.

Desde San Telmo, sobre la esquina de Av. Brasil y Defensa, en la puerta del mítico Bar Británico, el periodista deportivo Flavio Azzaro tira: “Menos mal que jugó en la Selección Argentina. Y menos mal que Messi es argentino. Habrá que ver quién viene ahora después de Messi. Cuando se fue Maradona decían… ‘después de Maradona no hay nada’. Vino Messi. ¿Y ahora? ¿Quién vendrá?”

Buenos Aires necesitaba a Messi, también, por lo que representó en lo espiritual: si el sueldo no alcanzaba, si los porteños andaban despojados de dignidad y si la existencia se erguía como un engranaje oxidado de oficinas y muelas cariadas, Leo fue un páramo. Por la tarde, en alguno de los bares de la calle Reconquista, aquella que supo juntar a la cultura del after office y hoy apenas le queda una mueca, los brindis serán por el 10, por el tipo que les regaló algunos de los mejores momentos de su vida.

Al toque, un turista con la remera celeste y blanca frena sobre la calle Florida y pregunta por unos “cuellos” (una especie de bufanda pero muchísimo más fea) con diseños de Messi. “5 reales”, responde la empleada, mientras de refilón mira el teléfono celular. “Obrigado”, dice el turista y se va. El camino errante también obliga a los demás, a tooodos los demás, a arrastrar los pies como si llevaran grilletes. Como si también cayeran engallolados y presos de lo que queda por delante: la vulnerabilidad, el sentido de trascendencia, ese latir peligroso que nos deja a todos más débiles, más solos, más frágiles, sin ese Gokú, Ash Ketchum o He-Man de la vida real que es Messi, el último superhéroe nacional.

Ahora, Buenos Aires se mira al espejo y no se gusta. Ella, que es siempre presumida, hoy se siente fea, feísima. Sin su chiche, sin esa máquina de soft power, sin el pecho ancho. Sin la ilusión del salvador mesiánico ideal para esta aldea gigantesca y ruidosa que, en este preciso momento de la historia, anda triste. Los hombres grises que habían tomado color vuelven a su tono sepia habitual. Los desdichados seguirán masticando veneno. Por un buen rato, no habrá comedias ni bromas. Tumba y cemento, drama y pasión. Goles que se escurren en los sueños. Y eso que todavía no llegó la noche. ¿Qué estabas haciendo cuando se retiró Lionel Messi de la Selección?


¿Qué estabas haciendo cuando se retiró Lionel Messi de la Selección? El asfalto de Avenida Corrientes sangra. El Obelisco está más tonto que de costumbre. El Microcentro habla y siente. La ciudad entera transita con la jeta dura, pasmada, como si a este mediodía le hubieran asestado una trompada: algo pasa cuando todo esto pasa. Lionel Messi anuncia que se va y lo hace con una carta hecha a puño y letra, una demostración de amor y sentimiento genuino. En un pasaje, Leo tachó la palabra “pienso” y puso la palabra “entiendo”.

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