Derechos pisoteados

A juicio de alguna gente, no importa lo que efectivamente hace un régimen, sino su presunta coloración ideológica.

Redacción

Por Redacción

Por tratarse de los amos y señores de los feudos que tiranizan, personajes que están acostumbrados a castigar con crueldad a quienes se animan a discrepar con sus puntos de vista, los dictadores son naturalmente proclives a insultar burdamente a los dirigentes de otros países, razón por la cual no debería haber sorprendido a nadie en la Cancillería oír decir a Fidel Castro -Fidel” para los que le tienen cariño- que si el gobierno argentino vota otra vez contra su régimen en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU será porque le gusta “lamer las botas de los Estados Unidos”. Después de todo, así suelen expresarse los dictadores caribeños y otros de la misma calaña en el Medio Oriente y Africa: como capos mafiosos, interpretan todo cuanto sucede en términos de intrigas, “traiciones” o pruebas de “lealtad”, de modo que es poco probable que se le haya ocurrido que el voto argentino pudiera tener alguna relación con el desprecio sistemático por los derechos humanos del régimen más represivo del hemisferio occidental.

El canciller Adalberto Rodríguez Giavarini optó por contestar de forma un tanto más solemne que la elegida por el dictador, repudiando por “graves e injustos” sus comentarios, además de dar al episodio el status de lo que se llama un “incidente diplomático” llamando en consulta al embajador Oscar Torres Avalos, pero es de suponer que entiende muy bien que le sería inútil esperar que las relaciones bilaterales “se normalicen” en los próximos días. Es que no puede ser “normal” la relación de una democracia comprometida con ciertas reglas básicas con una dictadura unipersonal cuyo régimen se enorgullece de su voluntad de aplastar el disenso porque en tal caso la “amistad” equivaldría a solidarizarse con los victimarios en su guerra sin cuartel contra sus víctimas.

Por supuesto que muchos se niegan a reconocer esta realidad evidente. Desde su punto de vista, “Fidel” es bueno porque se dice izquierdista, mientras que sus críticos son malos porque son “objetivamente” los aliados de los exiliados cubanos “derechistas” que viven en los Estados Unidos. A juicio de esta gente, lo que importa no es lo que efectivamente hace un régimen sino su presunta coloración ideológica, actitud ésta que ha servido para legitimar las matanzas más atroces del siglo XX. Irónicamente, algunos que piensan de tal manera se afirman fervorosos “defensores de los derechos humanos” en la Argentina, pero es patente que su militancia tiene mucho menos que ver con su eventual respeto por la dignidad humana que con la suposición de que el grueso de los torturados y asesinados bajo la dictadura militar más reciente habían simpatizado con sus propias actitudes políticas. En el fondo, los derechos humanos no les importan un bledo.

Si Castro se hubiera declarado fascista o falangista a comienzos de su reinado interminable, los que están ensañándose con el gobierno del presidente Fernando de la Rúa por haberse negado a pasar por alto las violaciones sistemáticas a los derechos humanos perpetradas por el régimen cubano, para no hablar de su hostilidad hacia la democracia tal como la conocemos, estarían exigiéndole una postura mucho más agresiva y condenando con furia santa a cualquiera que osara mencionar la palabra “abstención”. Puesto que “Fidel” decidió ser “marxista” -al uso nuestro, se entiende-, lo único que los ofende es la beligerancia de los exiliados cubanos y el conservadorismo del flamante presidente estadounidense George W. Bush, como si dichos factores fueran más que suficientes como para justificar la represión en la isla. Demás está decir que su actitud es virtualmente idéntica a la asumida por el régimen del Proceso, que trató -con cierto éxito- de convencer a la ciudadanía de que los únicos que reivindicaban el respeto por los derechos fundamentales de los argentinos eran los enemigos de la Nación, “malos argentinos” que colaboraban con potencias foráneas, entre ellas los Estados Unidos, lo cual puede entenderse porque, al fin y al cabo, tanto los represores de los años setenta como aquellos que a pesar de todo lo sucedido desde entonces siguen considerando los derechos humanos un detalle secundario que, con un mínimo de astucia, puede usarse como arma en alguna guerra ideológica, son productos de la misma cultura política autoritaria.


Por tratarse de los amos y señores de los feudos que tiranizan, personajes que están acostumbrados a castigar con crueldad a quienes se animan a discrepar con sus puntos de vista, los dictadores son naturalmente proclives a insultar burdamente a los dirigentes de otros países, razón por la cual no debería haber sorprendido a nadie en la Cancillería oír decir a Fidel Castro -Fidel” para los que le tienen cariño- que si el gobierno argentino vota otra vez contra su régimen en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU será porque le gusta “lamer las botas de los Estados Unidos”. Después de todo, así suelen expresarse los dictadores caribeños y otros de la misma calaña en el Medio Oriente y Africa: como capos mafiosos, interpretan todo cuanto sucede en términos de intrigas, “traiciones” o pruebas de “lealtad”, de modo que es poco probable que se le haya ocurrido que el voto argentino pudiera tener alguna relación con el desprecio sistemático por los derechos humanos del régimen más represivo del hemisferio occidental.

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