Desahogo

Marcelo Antonio Angriman

*Abogado, Profesfor Nacional de Educación Física, docente universitario. angrimanmarcelo@gmail.com

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Pasaron 5.753 días entre el debut de Lionel Messi con la selección nacional mayor y la obtención de la Copa América por 1-0 frente a Brasil el 10 de Julio de 2021.


Casi 16 años desde aquel día frente a Hungría, donde el por entonces Nro. 18 fuera expulsado insólitamente a poco de ingresar, a pesar de los airados ruegos del capitán Sorín (3) y de un ignoto Lionel Scaloni (4).


La mueca de frustración de aquel pibe al salir del campo de juego, tras haber sido camiseteado por un rival, desnudaba su esfuerzo por no llorar.


Quizás fue el preludio de otras decepciones que Messi debió atravesar a lo largo de más de una década y media, en los que la pérdida de la final frente a Alemania en el Mundial de Brasil 2014 y de la Copa América del Centenario en EEUU 2016, tuvieron sus puntos culmines.


Con 34 años de edad y luego de un largo peregrinar que incluyó cuatro mundiales, Messi siente por fin que ha cumplido con su gente. Algo que muchos ya no le exigían pero que él, en su interior, no se permitía.


Por ello las lágrimas del final del partido con Bolivia- tras su hat trick y récord goleador de selección sudamericana con 79 conquistas- dicen tanto. Hablan de un hombre que contuvo su emoción por mucho tiempo y que hoy puede soltarla sin tapujos en su casa y con los suyos.


Es que nuestras motivaciones en la vida, están organizadas por funciones emocionales subyacentes, como la búsqueda de aprobación, de la autosuficiencia y de la comparación.


Esos componentes, aun sin saberlo, todos absolutamente todos, los llevamos incorporados desde que nacemos. Pero en el caso de un monstruo competitivo como es el rosarino, tales expresiones del cerebro se potencian aun más.
Su confesión resquebrajada: “Siempre lo busqué y no se me daba”, habla de alguien que se siente en paz, luego de haber pagado la última cuota de la hipoteca de su casa. Esa que tanto le costó construir.


Pero el del jueves pasado, no solo fue el momento de desahogo del capitán argentino, sino también el de las 21.000 almas que pudieron asistir al Monumental.


Con un aforo del 30% y tras más de dos años en que la Selección no se presentaba con público en tierras argentinas –la última fue el 5-1 frente a Nicaragua el 7/6/19– , la fría noche del Río de la Plata mutó en cálido aliento desde el mismísimo Himno nacional.


La necesidad de la gente de gritar, de celebrar y de abrazar a su ser querido, como producto de las graves secuelas emocionales que está dejando la pandemia del Covid-19, ha sido quizás la expresión más genuina de comunión entre argentinos de los últimos tiempos.


Una olla a presión que precisa abrirse, tras un año y medio de vivir confinados, agrietados e “infodemiezados”.
Es que en nuestras selecciones nacionales –aun cuando genere cierta escozor admitirlo– encontramos a una de las escasas manifestaciones donde confluimos en un sentir. ¿Habría que preguntarse el porqué?


Quizás la respuesta radique en su pureza. Aunque parezca banal darle ese sitial, ni los gobernantes, ni los políticos, ni la dirigencia en general, han logrado dar a los argentinos un liderazgo, un motivo de orgullo, un querer pertenecer.
En tiempos donde tantos jóvenes emigran buscando un mejor futuro, ver a nuestros deportistas defender la camiseta albiceleste con pasión y sentido de pertenencia, es la quimera de lo que podríamos ser y no somos.


Por ello el llanto sincero de quien tanto ha intentado y consigue, pega tanto. Algo de lo que debiera tomar debida nota, nuestra arrumbada clase política.


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