Destinos paralelos

Es notable el paralelismo con Cuba: hay una pequeña elite opulenta y una gran mayoría miserable.

Redacción

Por Redacción

Fidel Castro acaba de cumplir los 75 años, más de la mitad de los cuales ha pasado como dictador absoluto de Cuba, pero a pesar de que según virtualmente todos los criterios concebibles su gestión haya sido un fracaso rotundo, dicho detalle no le ha impedido seguir siendo el máximo símbolo de la rebelión contra «los mercados» y «la hegemonía yanqui». El que antes de la toma de poder por los castristas Cuba haya figurado entre los países más prósperos de la región, equiparable a su modo con la Argentina del general Juan Domingo Perón, ya ha sido olvidado no sólo por sus partidarios sino también por otros que dan por descontado que en aquel entonces se asemejaba a Haití. Por cierto, en nuestro país escasean los enemigos del «liberalismo» que se nieguen a expresar su viva simpatía por «Fidel» por considerarlo un paladín de los pobres y de la justicia social, artífice de una serie de logros admirables que serían aún más impresionantes si no fuera por «el bloqueo» comercial norteamericano – es decir, por el embargo cuyas víctimas principales son las empresas estadounidenses-, razón por la que en las manifestaciones callejeras que organizan suelen abundar banderas que llevan el retrato de su socio más célebre, el «Che» Guevara. Con todo, si bien hay muchos individuos que de tener la oportunidad tratarían de imponer por la fuerza una versión local del «modelo cubano», es de suponer que sus motivos tienen más que ver ya con la nostalgia por las fantasías de otro tiempo, ya con su entusiasmo por la idea de una revolución cruenta y xenófoba que con la igualdad, porque la Cuba actual dista de ser un país equitativo. Por el contrario, el resultado más llamativo de más de cuatro décadas de comunismo en la isla ha sido la conformación de una sociedad que podría considerarse típicamente latinoamericana en la que una minoría privilegiada que, huelga decirlo, incluye a «los políticos», disfruta de un estilo de vida parecido al habitual en los países occidentales más prósperos, mientras que la mayoría abrumadora ha de manejarse con recursos que hasta en el Africa subsahariana serían considerados magros.

Como todos los visitantes extranjeros a Cuba pronto descubren, los que tienen acceso al mundo exterior cuyo emblema más evidente es el dólar estadounidense están en condiciones de disfrutar de ingresos decididamente más generosos que los disponibles al resto de sus compatriotas. Lo mismo que en nuestro país, algunos se las han arreglado para separarse de los demás para ganar veinte veces o más que los atrapados en la economía cubana propiamente dicha. Desde luego que en Cuba la brecha es mucho más nítida de lo que es aquí, por no existir en la isla una economía nacional privada que sea parcialmente actualizada en que algunas empresas sean plenamente comparables con las empresas manejadas por extranjeros sino un sector estatal que es tan inmenso como ineficaz, pero aun así el paralelismo es notable.

También es aleccionador porque supone que es absurdo atribuir a las teorías económicas en boga las deficiencias que son tan características de América Latina y que últimamente se han hecho cada vez más patentes en la Argentina. A juzgar por los resultados concretos, cualquier sistema que se ensaye en la región, sea capitalista o socialista, liberal o totalitario, terminará produciendo países crasamente divididos entre una pequeña elite opulenta y corrupta por un lado y una gran mayoría miserable, de nivel educativo reducido, por el otro. Así las cosas, a los interesados en mejorar la condición de los países latinoamericanos, todos los cuales están «en crisis», les convendría prestar menos atención a los defectos reales o hipotéticos del «capitalismo liberal» que a factores culturales más profundos.

Es más: parece evidente que en el caso de muchos, sobre todo de los voceros eclesiásticos y de políticos comprometidos con el orden tradicional, las diatribas en ocasión histéricas con las que intentan convencer a la ciudadanía de que todos sus problemas se deben al accionar siniestro de los «neoliberales» -especie que llegó bastante tarde al escenario-, lo que quieren hacer es distraer la atención de las causas fundamentales de la debacle regional.


Fidel Castro acaba de cumplir los 75 años, más de la mitad de los cuales ha pasado como dictador absoluto de Cuba, pero a pesar de que según virtualmente todos los criterios concebibles su gestión haya sido un fracaso rotundo, dicho detalle no le ha impedido seguir siendo el máximo símbolo de la rebelión contra "los mercados" y "la hegemonía yanqui". El que antes de la toma de poder por los castristas Cuba haya figurado entre los países más prósperos de la región, equiparable a su modo con la Argentina del general Juan Domingo Perón, ya ha sido olvidado no sólo por sus partidarios sino también por otros que dan por descontado que en aquel entonces se asemejaba a Haití. Por cierto, en nuestro país escasean los enemigos del "liberalismo" que se nieguen a expresar su viva simpatía por "Fidel" por considerarlo un paladín de los pobres y de la justicia social, artífice de una serie de logros admirables que serían aún más impresionantes si no fuera por "el bloqueo" comercial norteamericano - es decir, por el embargo cuyas víctimas principales son las empresas estadounidenses-, razón por la que en las manifestaciones callejeras que organizan suelen abundar banderas que llevan el retrato de su socio más célebre, el "Che" Guevara. Con todo, si bien hay muchos individuos que de tener la oportunidad tratarían de imponer por la fuerza una versión local del "modelo cubano", es de suponer que sus motivos tienen más que ver ya con la nostalgia por las fantasías de otro tiempo, ya con su entusiasmo por la idea de una revolución cruenta y xenófoba que con la igualdad, porque la Cuba actual dista de ser un país equitativo. Por el contrario, el resultado más llamativo de más de cuatro décadas de comunismo en la isla ha sido la conformación de una sociedad que podría considerarse típicamente latinoamericana en la que una minoría privilegiada que, huelga decirlo, incluye a "los políticos", disfruta de un estilo de vida parecido al habitual en los países occidentales más prósperos, mientras que la mayoría abrumadora ha de manejarse con recursos que hasta en el Africa subsahariana serían considerados magros.

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