Deudas sociales…

Por Redacción

Lo mismo que a tantos otros países latinoamericanos, entre ellos Ecuador y Perú, Colombia y Venezuela, a Bolivia le está resultando todavía más difícil adaptarse a las exigencias de este comienzo del siglo XXI de lo que le fue encontrar un camino adecuado en el siglo XX. Sin embargo, mientras que en el pasado quienes se rebelaron contra el statu quo lo hicieron en nombre de «alternativas» tal vez poco realistas pero aun así de apariencia coherentes, en la actualidad escasean los convencidos de la eventual eficacia de un planteo radicalmente distinto del ya vigente. Por eso, las convulsiones que en la actualidad están concretándose en países como Ecuador y Bolivia son aún más preocupantes que los alzamientos de las décadas anteriores. Son básicamente anárquicas, sin otro propósito que el de poner fin a una situación considerada intolerable, aunque puesto que las están protagonizando organizaciones aborígenes, bien podrían convertirse en rebeliones étnicas.

Por ahora, los sectores que están protestando contra el gobierno del general Hugo Banzer, ex dictador reciclado en mandatario constitucional, están reclamando concesiones limitadas: el no aumento del precio del agua en Cochabamba, aumentos salariales en el caso de los suboficiales del Ejército. Aunque las autoridades optaran por batirse en retirada por temor a ver multiplicarse los disturbios, sólo trasladarían el malestar a otros sectores que con toda probabilidad protestaría también. Por desgracia, tanto en Bolivia como en Ecuador, lo único que hay en abundancia es miseria y, para colmo, si el gobierno elige exigir un aporte mayor a los ricos y a los relativamente acomodados, el resultado sería una crisis económica todavía peor.

Desde luego que el movimiento de repudio al gobierno de Banzer se ha visto potenciado por la extrema pobreza en la que viven por lo menos las dos terceras partes de la población. Consciente de que la condición económica de su país está en la raíz de la ola de protestas que amenaza con hacerlo ingobernable, Banzer ha ensayado una suerte de autocrítica afirmando que «es verdad que hay una deuda social acumulada», declaración que para muchos sólo expresa lo que es evidente, pero que en realidad refleja una actitud discutible por basarse en el presupuesto de que el gobierno de turno debería ser capaz de solucionar todos los problemas de la sociedad. Sin embargo, ni en Bolivia ni en ningún otro país de la región podrá el gobierno ordenar medidas que sirvan para modificar mucho la situación desesperada en la cual se encuentran tantas personas. Las «soluciones», si es que se producen, surgirán de las decisiones tomadas por centenares de miles, cuando no de millones, de individuos independientes. Que sea así no complacerá a los «dirigentes» que, a pesar de la experiencia desalentadora de las décadas últimas, siguen convencidos de que las eventuales mejoras se deberán a su propia astucia, sabiduría o voluntad de «luchar», pero a esta altura parece indiscutible.

A los gobernantes les corresponde preocuparse por lo macroeconómico, tema nada sencillo pero claramente fundamental, aunque, como ya sabemos muy bien, tener un presupuesto equilibrado y una moneda estable no son suficientes para garantizar el crecimiento, el cual depende en última instancia de un sinnúmero de iniciativas microeconómicas que un buen gobierno puede estimular pero que ninguno estará en condiciones de emprender. Lo que sí pueden hacer los gobernantes, claro está, es eliminar aquellas trabas que con tanta frecuencia frustran los esfuerzos de los agentes económicos, tarea ésta no muy fácil porque todo cambio perjudicará a determinados intereses creados, aunque sólo se trate de los defendidos por los comprometidos con alguna que otra tradición burocrática, además de encargarse de facilitar la difusión de información que podría impulsar la formación y expansión de empresas productivas. Aunque pocos gobiernos latinoamericanos han procurado repensar así su función, ya debería serles evidente que si continúan como antes lo único que harán será profundizar las crisis en que tantos países se han visto empantanados.