Diálogo inútil
Para que Colombia salga de la situación en que está, será necesario que el ejército legítimo recupere el control del territorio.
Lo mismo que en el Medio Oriente antes del triunfo electoral de Ariel Sharon, en Colombia «el proceso de paz» ha adquirido una vida propia, de suerte que cuando los jefes de los grupos en pugna se reúnen para «dialogar» son felicitados por su actitud constructiva aunque sus seguidores sigan sembrando la muerte. Por eso, el presidente colombiano Andrés Pastrana pudo pronunciarse satisfecho con los resultados de su «cumbre» reciente con el caudillo guerrillero Manuel Marulanda Vélez, un personaje mejor conocido por su apodo «Tirofijo», a pesar de que los logros concretos conseguidos por el mandatario fueron nulos: al fin y al cabo, a su entender el «proceso de paz» ha sido salvado otra vez a cambio de permitirles a las «Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia» (FARC) consolidarse en una zona que es tan grande como Suiza, resultado que, según parece, considera muy positivo.
Para que un «proceso de paz» sea auténtico es necesario que los participantes compartan la voluntad de alcanzar un arreglo equitativo y que por lo tanto estén dispuestos a hacer concesiones que el interlocutor juzgue adecuadas, pero en el caso de Colombia no hay ningún arreglo concebible que conforme al gobierno legítimo por un lado y a los guerrilleros por el otro. Aunque Pastrana ha hecho gala de un grado de flexibilidad realmente asombroso al entregar a los marxistas una «patria» virtualmente independiente sin preocuparse por la opinión de sus habitantes, las FARC continúan exigiendo cada vez más, lo que es lógico porque nunca han disimulado que su objetivo consiste en apoderarse de toda Colombia, les guste o no a los colombianos. Así las cosas, el «diálogo» es forzosamente una farsa a la que se presta Pastrana con la esperanza de que el ejército legal finalmente resulte capaz de derrotar a las huestes de «Tirofijo» y éste por creer que tarde o temprano «el pueblo» optará por la alternativa comunista.
De los reclamos tácticos de las FARC, el de apariencia más razonable consiste en que el gobierno liquide a los paramilitares, es decir, a los guerrilleros derechistas que cuentan con aliados en las fuerzas armadas. Sin embargo, una consecuencia previsible del «proceso de paz» ha sido el crecimiento de las «Autodefensas Unidas de Colombia» (AUC) paramilitares, que ya están en condiciones de luchar casi en pie de igualdad como los hombres de las FARC. Por lo tanto, al ejército regular le sería tan difícil derrotar a las AUC como le sería terminar con las FARC mismas o con la otra organización guerrillera izquierdista, el «Ejército de Liberación Nacional» (ELN).
Cuando un gobierno no posee la capacidad para garantizar cierta tranquilidad, grupos privados se formarán con miras a llenar el vacío de poder así supuesto. Al ceder frente a las FARC y al ELN, tratándolos como organizaciones representativas legítimas a pesar del escaso interés por sus planteos de la ciudadanía en su conjunto, Pastrana se las arregló para que las bandas paramilitares se transformaran en fuerzas temibles reacias a tomarlo en serio. Para que Colombia logre sustraerse de la situación en la cual se encuentra, será necesario que el ejército legítimo, subordinado como es debido al gobierno constitucional, recupere el control de todo el territorio nacional. ¿Podrá hacerlo? Gracias en buena medida a un «proceso de paz» que ha servido para fortalecer a la guerrilla y desmoralizar a los comprometidos con el imperio de la ley, no parece demasiado probable que mejore lo bastante como para lograr este objetivo básico sin ayuda masiva de otros países democráticos. De éstos, el único interesado en apoyar al gobierno colombiano ha sido Estados Unidos, pero por ahora cuando menos la nueva administración del presidente George W. Bush se ha mostrado reacia a arriesgarse poniendo plenamente en marcha el Plan Colombia, ideado por su antecesor Bill Clinton. En cuanto a los gobiernos latinoamericanos, todos han preferido considerar la guerra civil de baja intensidad que está librándose en el «país hermano» un problema estadounidense, de forma que no están dispuestos a aportar mucho más a una eventual solución para el embrollo sanguinario que está destruyéndolo que sermones elocuentes sobre lo buena que es la paz y lo mala que sería la intervención foránea.
Lo mismo que en el Medio Oriente antes del triunfo electoral de Ariel Sharon, en Colombia "el proceso de paz" ha adquirido una vida propia, de suerte que cuando los jefes de los grupos en pugna se reúnen para "dialogar" son felicitados por su actitud constructiva aunque sus seguidores sigan sembrando la muerte. Por eso, el presidente colombiano Andrés Pastrana pudo pronunciarse satisfecho con los resultados de su "cumbre" reciente con el caudillo guerrillero Manuel Marulanda Vélez, un personaje mejor conocido por su apodo "Tirofijo", a pesar de que los logros concretos conseguidos por el mandatario fueron nulos: al fin y al cabo, a su entender el "proceso de paz" ha sido salvado otra vez a cambio de permitirles a las "Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia" (FARC) consolidarse en una zona que es tan grande como Suiza, resultado que, según parece, considera muy positivo.
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